Los vecinos recorrerán el trayecto entre el teso del Calvario y la plaza del pueblo con sus ramos en llamas, en una celebración que enlaza tradición, memoria colectiva y ritual del fuego.
La localidad de Barquilla, perteneciente al municipio de Villar de la Yegua, volverá a celebrar el próximo 31 de octubre su tradicional Día de los Ramos, una manifestación festiva de profundas raíces populares que reúne a vecinos y visitantes en la víspera de Todos los Santos. La celebración, que mantiene vivo un singular legado etnográfico, tiene en la procesión nocturna de los ramos en llamas su momento culminante.
Una tradición que la localidad busca declarar BIC al tratarse de un festival ígneo de gran singularidad en la provincia de Salamanca y en toda la Península Ibérica. El ritual simboliza la llegada del "fuego nuevo" para combatir las tinieblas y el frío invernal.
La esencia de esta manifestación popular queda reflejada en unos versos dedicados a la festividad, que describen cómo las antorchas silenciosas descienden desde el Calvario portadas por los vecinos. Estas antorchas se elaboran con escobas enrolladas en vástagos de encina.
Los actos comenzarán a las 19.00 horas del 31 de octubre con la salida desde el teso del Calvario. Desde allí, los participantes portarán las estructuras vegetales encendidas hasta el casco urbano, donde el recorrido concluirá en la plaza del pueblo.
La preparación de los ramos exige un trabajo previo y el conocimiento de una técnica transmitida de generación en generación. Los vecinos han recogido ya los vástagos de encina y las escobas secas que constituyen el armazón de estas estructuras. En los días previos a la celebración se completará la labor con la recogida de escobas verdes, destinadas a recubrir su parte exterior.
Una vez concluida la procesión, los ramos se arrojarán a la hoguera común. En torno al fuego, vecinos y visitantes compartirán los bailes y la celebración, que se prolongará hasta pasada la medianoche.
El origen del Día de los Ramos se remonta, según un texto dedicado a esta costumbre y escrito hace algunos años por un vecino de la localidad, al tiempo de montanera. Durante aquella época, los jóvenes que aún no habían cumplido el servicio militar aprovechaban los momentos de descanso mientras cuidaban el ganado para reunirse y preparar los ramos con varios días de antelación a la festividad de Todos los Santos.
El relato describe con detalle la selección de los materiales y la elaboración de unas estructuras cuya factura requería destreza, paciencia y cierta competencia entre sus artífices.
«Primero buscaban un “vástago” de encina de una longitud de unos cuatro metros, lo más recto posible y de un grosor que no le causara mucho peso y fuera manejable para el cometido a que iba a ser destinado», explica el documento. La elección del palo constituía el primer paso de una pugna amistosa entre los jóvenes por confeccionar el ramo más logrado.
La elaboración definitiva se realizaba en grupos de tres o cuatro mozos. El procedimiento, lejos de ser improvisado, respondía a una técnica precisa, en la que cada detalle influía tanto en la consistencia de la estructura como en el comportamiento de las llamas durante el recorrido.
El vástago se revestía con escobas de un grado intermedio de madurez, ni demasiado secas ni excesivamente verdes, dispuestas a modo de espiga a lo largo de casi toda su extensión. Se dejaban libres los dos palmos inferiores, correspondientes a la parte más gruesa del tronco.
Para sujetarlas se empleaban cinchos elaborados con cáscara de «torcisco», separados entre sí por unos treinta o cuarenta centímetros. Las púas del tronco se conservaban para afianzar las escobas y evitar que se desprendieran antes de tiempo. La elección de la vegetación resultaba igualmente decisiva: las escobas debían arder de manera sostenida, sin consumirse demasiado deprisa ni apagarse antes de alcanzar su destino.
El documento vecinal sitúa en el teso del Calvario el comienzo del ritual. Al caer la tarde, los jóvenes trasladaban allí los ramos, en un lugar visible desde el pueblo, y los disponían para que los vecinos pudieran contemplarlos. El ejemplar considerado mejor ocupaba una posición destacada, colocado sobre una peana de piedra. De esta práctica procede, según el relato, la expresión local «poner el ramo».
Con la llegada de la noche comenzaba la procesión. «Cada mozo cargaba con su ramo al hombro y estaba acompañado de un ayudante que era el que lo prendía por detrás», recoge el texto. La función del acompañante no terminaba al encender la estructura: también debía cortar las ligaduras de las escobas a lo largo del trayecto, favoreciendo la combustión.
Una vez prendidos, los ramos descendían hacia el casco urbano. Según la descripción de la antigua celebración, el cortejo podía reunir al menos ocho ejemplares, mientras los vecinos aguardaban en la plaza para presenciar la llegada de las llamas.
Al alcanzar el centro de la localidad, los mozos arrojaban los ramos al suelo y formaban con ellos una gran hoguera colectiva. El fuego se convertía entonces en el centro de la celebración. Cuando las ramas se habían consumido, los jóvenes saltaban sobre las llamas con ayuda del palo de encina, en una última demostración de destreza y arrojo. La fiesta concluía cuando el fuego terminaba por apagarse.
Hoy, la celebración del Día de los Ramos mantiene vivo el vínculo entre la comunidad y una tradición en la que confluyen el trabajo compartido, la destreza artesanal y el simbolismo del fuego. Su continuidad permite preservar no solo una manifestación festiva singular, sino también la memoria de las formas de vida, los conocimientos y las relaciones sociales que contribuyeron a darle origen.