Miércoles, 04 de noviembre de 2026
Volver Salamanca RTV al Día
El privilegio de estar aquí
X

El privilegio de estar aquí

Publicado 04/11/2026 08:01

«No sabemos cuántos amaneceres nos quedan, pero todavía podemos aprender a mirar el que tenemos delante».

Cada mañana, cuando despierto y descubro que la luz comienza nuevamente a dibujar las formas del mundo, hay una expresión que me acompaña desde hace tiempo: «Otro amanecer más. ¡Qué bello!».

No es una frase extraordinaria. Apenas unas palabras pronunciadas en la intimidad de quien comienza un nuevo día. Y, sin embargo, cada vez estoy más convencido de que en ellas se esconde una de las grandes revelaciones de la existencia: el privilegio de seguir aquí.

Vivimos como si el tiempo nos perteneciera. Hacemos planes, aplazamos encuentros, dejamos palabras para otro momento. Damos por supuesto que mañana volveremos a despertar, que las personas queridas seguirán a nuestro lado, que tendremos nuevas oportunidades para expresar lo que sentimos.

Y quizá sea necesario vivir así, confiando en la continuidad de los días. Pero hay momentos en los que comprendemos que nada de cuanto poseemos es tan seguro como imaginábamos. Entonces descubrimos que lo verdaderamente extraordinario no es que sucedan grandes acontecimientos, sino que continúe sucediendo la vida.

Que una ventana vuelva a iluminarse. Que escuchemos una voz familiar. Que alguien pronuncie nuestro nombre con cariño. Que podamos abrazar a quienes amamos. Que una nueva mañana nos encuentre todavía formando parte de este mundo.

He pasado buena parte de mi vida contemplando la luz. La he buscado en las calles de Salamanca, sobre la piedra dorada de sus edificios, en los reflejos del Tormes, en los silencios de sus plazas y en esos instantes fugaces en los que una sombra transforma por completo la apariencia de las cosas.

He esperado amaneceres que parecían no llegar nunca. He contemplado atardeceres cuya belleza me hubiera gustado prolongar indefinidamente. He aprendido que la fotografía exige paciencia, atención y, sobre todo, una disposición interior para recibir aquello que el mundo nos ofrece. Pero con los años he comprendido algo que quizá sea más importante que cualquier fotografía: antes de contemplar la belleza de un amanecer, existe otra belleza todavía mayor, la de estar vivos para poder contemplarlo.

Porque hay una edad en la que cada amanecer deja de ser solamente el comienzo de un día y se convierte en una celebración de la existencia. No hablo de resignación ni de nostalgia. Mucho menos de vivir pendientes del final. Hablo de una forma diferente de mirar, de una conciencia más profunda del valor de cuanto nos rodea.

La vida no pierde intensidad cuando comprendemos su fragilidad. Puede suceder precisamente lo contrario: que cada instante adquiera una importancia que antes desconocíamos.

Una conversación aparentemente insignificante puede convertirse en un recuerdo imborrable. Un paseo sin destino puede regalarnos una felicidad inesperada. La sonrisa de un niño puede iluminar una jornada entera. Y un abrazo, ese gesto tan sencillo que tantas veces ofrecemos sin pensarlo, puede contener más verdad que muchas palabras.

Hay algo que me conmueve especialmente: nuestra capacidad de acostumbrarnos a los milagros cotidianos. Nos acostumbramos a la luz, al aire, a las estaciones, a las personas que nos acompañan. Nos acostumbramos incluso a la felicidad, cuando tenemos la fortuna de encontrarla.

Y quizá una de las tareas más hermosas de la madurez consista en recuperar la capacidad de asombro. Volver a mirar lo que siempre estuvo delante de nosotros como si acabáramos de descubrirlo. Comprender que ninguna mañana es exactamente igual a la anterior. Que cada encuentro es irrepetible.

Que el tiempo no solamente nos arrebata cosas; también nos enseña a reconocer su verdadero valor. A veces pensamos que vivir plenamente significa hacer muchas cosas, viajar a lugares lejanos, acumular experiencias extraordinarias. Y, sin embargo, puede que la plenitud se encuentre mucho más cerca. En una mesa compartida. En una mano que busca otra mano. En una conversación que se prolonga sin mirar el reloj. En el silencio de dos personas que ya no necesitan palabras para comprenderse. En la certeza de que nuestra presencia todavía puede hacer feliz a alguien.

Porque el privilegio de estar aquí no consiste únicamente en seguir respirando, caminando o contemplando el mundo. Consiste también en poder seguir amand . Y en sentirnos amados.

Hace unos días reflexionábamos sobre *la belleza de lo que no sucede*. Sobre las posibilidades que nunca llegaron a realizarse, las palabras que quedaron sin pronunciar y los instantes que solamente existieron en nuestra imaginación.

Hoy quisiera detenerme en el otro lado de esa reflexión. En la belleza de cuanto todavía sucede. En las oportunidades que permanecen abiertas. En las palabras que aún estamos a tiempo de decir. En los abrazos que todavía podemos ofrecer.

No todas las ausencias son hermosas. Algunas nos acompañan con un dolor que el tiempo apenas consigue aliviar. Y precisamente por eso deberíamos aprender a cuidar con mayor ternura las presencias. A veces basta una noticia inesperada, un acontecimiento doloroso, para recordarnos que la vida es mucho más vulnerable de lo que quisiéramos creer. Pero no deberíamos necesitar una tragedia para descubrir el valor de un día tranquilo. Ni una despedida para comprender la importancia de un encuentro. Ni el silencio definitivo de una voz para reconocer cuánto significaba escucharla.

Quizá la verdadera sabiduría consista en aprender todo eso mientras todavía estamos a tiempo.

Hay tres palabras que últimamente me acompañan y que, de alguna manera, resumen cuanto quisiera expresar:

Vida, Luz y Amistad

La Vida, que nos concede el tiempo.

La Luz, que nos enseña a contemplarlo.

Y la Amistad, que convierte cada instante en algo que merece ser compartido.

Porque la belleza no alcanza toda su dimensión cuando la descubrimos, sino cuando sentimos el deseo de compartirla.

He llegado a pensar que mirar también puede ser una forma de amar. Amar la ciudad que nos acoge, las personas que nos acompañan, los pequeños acontecimientos que construyen nuestra existencia. Amar incluso la imperfección de los días, porque también ella forma parte de nuestra historia. No se trata de negar el sufrimiento ni de imaginar una vida sin sombras. La luz no impide que existan, pero puede ayudarnos a atravesarlas sin sentirnos solos. Y quizá ahí resida uno de los mayores privilegios de nuestra existencia: saber que todavía podemos iluminar, aunque sea modestamente, la vida de quienes caminan a nuestro lado.

Mañana volverá a amanecer. La luz recorrerá lentamente las fachadas de Salamanca. Las primeras sombras dibujarán sus geometrías sobre la piedra. El Tormes recogerá en sus aguas los colores del cielo y la ciudad comenzará, una vez más, su conversación silenciosa con el tiempo.

No sé qué nos traerá ese nuevo día. Nadie puede saberlo. Pero mientras tenga la fortuna de contemplar cómo nace la luz, mientras pueda emocionarme ante la belleza, escuchar una voz querida, compartir una palabra o estrechar una mano, seguiré encontrando razones para agradecer este extraordinario regalo de la existencia.

Porque quizá la vida no necesite ser extraordinaria para que resulte extraordinario estar vivos. Y cuando mañana abra los ojos y descubra que el mundo sigue ahí, volveré a decir, con la misma emoción de siempre:

«Otro amanecer más. ¡Qué bello!» Qué inmenso privilegio estar aquí.

La empresa Diario de Salamanca S.L, No nos hacemos responsables de ninguna de las informaciones, opiniones y conceptos que se emitan o publiquen, por los columnistas que en su sección de opinión realizan su intervención, así como de la imagen que los mismos envían.

Serán única y exclusivamente responsable el columnista que haga uso de nuestros servicios y enlaces.

La publicación por SALAMANCARTVALDIA de los artículos de opinión no implica la existencia de relación alguna entre nuestra empresa y columnista, como tampoco la aceptación y aprobación por nuestra parte de los contenidos, siendo su el interviniente el único responsable de los mismos.

En este sentido, si tiene conocimiento efectivo de la ilicitud de las opiniones o imágenes utilizadas por alguno de ellos, agradeceremos que nos lo comunique inmediatamente para que procedamos a deshabilitar el enlace de acceso a la misma.