La obra de San Juan de la Cruz sirve para acercar a los personajes, para romper la solemnidad y para mostrar que las personas que atraviesan situaciones difíciles también necesitan momentos de alegría.
Hay asuntos que parecen incompatibles con el humor. La cárcel de San Juan de la Cruz, la injusticia, la soledad, la búsqueda de la verdad o las dudas sobre el sentido de la vida pertenecen, aparentemente, al territorio de la solemnidad. Pero el teatro tiene la capacidad de recordarnos que incluso cuando hablamos de las cosas más serias seguimos siendo personas. Eso fue lo que ocurrió en la iglesia de San Martín de Tours de Martín de Yeltes con “Juan, el espíritu del amor”, escrita y dirigida por Denis Rafter. La obra no renuncia a la dureza de la historia de San Juan, pero tampoco permite que esa dureza lo ocupe todo. Entre la poesía y la música aparece el humor, y Sor Amma, interpretada por Tita Reyes, se convierte en una de las principales responsables de que el espectador pueda respirar, sonreír y volver después a la historia desde otro lugar. Es una decisión teatral, pero también profundamente humana. El humor crea confianza. Cuando alguien consigue que sonriamos, aunque sea durante unos segundos, deja de hablarnos desde la distancia y empieza a hablar con nosotros. Por eso una escena aparentemente ligera puede preparar al público para escuchar después una reflexión mucho más profunda. En “Juan, el espíritu del amor” esa combinación funciona porque no convierte el humor en un adorno. Sirve para acercar a los personajes, para romper la solemnidad y para mostrar que las personas que atraviesan situaciones difíciles también necesitan momentos de alegría. Incluso San Juan, rodeado de conflictos y dificultades, aparece como alguien cuya humanidad está por encima de la imagen solemne que muchas veces tenemos de las figuras históricas.La actuación en Martín de Yeltes, promovida y patrocinada por el Área de Cultura de la Diputación de Salamanca, contó con la invitación del Ayuntamiento, la colaboración de la Parroquia y el apoyo de la Diócesis de Ciudad Rodrigo. La iglesia de San Martín de Tours se convirtió así en un espacio donde una pequeña comunidad pudo compartir una historia que habla de siglos pasados, pero también de problemas y sentimientos que continúan acompañándonos. El humor permite además algo que resulta esencial en el teatro: que el público participe emocionalmente. No todo tiene que ser explicado. A veces una sonrisa compartida basta para crear una complicidad que después hace más fácil aceptar una pregunta, una duda o una verdad incómoda. La respuesta de Martín de Yeltes llegó al final con una prolongada ovación y el reconocimiento a los cinco intérpretes. Quizá esa sea una de las lecciones más interesantes que deja la obra: que la profundidad no siempre tiene un rostro grave. A veces puede llegar disfrazada de humor, sentarse entre nosotros y conseguir que abramos la puerta antes de decirnos algo que realmente importa. Porque una sonrisa no siempre significa que algo sea menos serio. A veces significa que ya estamos preparados para escucharlo.