La llegada de “Juan, el espíritu del amor”, escrita y dirigida por Denis Rafter y promovida por el Área de Cultura de la Diputación de Salamanca, convirtió la tarde de sábado en una experiencia nueva para los vecinos de la localidad salmantina.
En un pueblo de menos de 80 habitantes, cualquier acontecimiento cultural adquiere una dimensión especial. Pero lo sucedido en Sanchón de la Ribera fue todavía más lejos: por primera vez, la iglesia de San Cristóbal abrió sus puertas a un montaje teatral de estas características y permitió a sus vecinos descubrir hasta qué punto un espacio conocido puede transformarse cuando la cultura entra en él.ç
La llegada de “Juan, el espíritu del amor”, escrita y dirigida por Denis Rafter y promovida por el Área de Cultura de la Diputación de Salamanca, convirtió aquella tarde de sábado en una experiencia nueva para los espectadores. No se trataba únicamente de sentarse a contemplar una obra. Desde que entraron en la iglesia, los vecinos encontraron un escenario, iluminación y sonido propios de una producción profesional, junto a un auténtico despliegue musical.
Piano, órgano, violín, dos clarinetes, flautas e instrumentos tradicionales ocupaban un espacio que habitualmente tiene otra función. Y frente a ellos, cinco intérpretes capaces de tocar diferentes instrumentos, cantar, recitar y asumir distintos personajes demostraban que el teatro puede multiplicarse cuando la música y la palabra trabajan juntas.
Para muchos espectadores, aquella imagen debió de resultar tan sorprendente como la propia historia de San Juan de la Cruz. La iglesia de todos los días se había convertido, de repente, en un lugar de descubrimiento. Y eso tiene un valor especial en los pequeños municipios, donde no siempre existe la posibilidad de asistir a espectáculos profesionales sin desplazarse a otros lugares.
La propuesta, posible gracias a la invitación del Ayuntamiento, la colaboración de la Parroquia y el apoyo de la Diócesis de Salamanca, volvió a demostrar que acercar la cultura a los pueblos no consiste simplemente en llevar hasta ellos una función. También significa ofrecer a sus vecinos la posibilidad de vivir experiencias que, de otro modo, quedarían lejos de su vida cotidiana.
Aquella tarde de finales de octubre tenía además algo de simbólico. Mientras fuera la luz del día empezaba a desaparecer cada vez antes y el cambio al horario de invierno estaba a las puertas, dentro de San Cristóbal se encendían las luces del escenario. Sanchón descubría así que también sus paredes podían contener música, poesía, teatro y emoción.
Cuando terminó la representación, la ovación del público puso el punto final a una experiencia inédita. La obra se marchó, los instrumentos volvieron a sus estuches y el escenario desapareció. Pero durante unas horas, un pueblo pequeño había comprobado que también puede convertirse en escenario de una gran experiencia cultural.
Documentos adjuntos