Sábado, 24 de octubre de 2026
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La mirada del otro
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La mirada del otro

Federico García Lorca, en su «Romance sonámbulo», que en nada se aleja de la estética de la vida y la muerte de la novela de Juan Rulfo, Pedro Páramo, puso de relieve una realidad diferente, pocas veces conquistada, que sostiene a esta y posibilita, además, su continuidad

a. Billete de entrada

En ocasiones, nos gusta lo que conocemos. Con el pulso de esa frase (en ocasiones, nos gusta lo que conocemos, repetimos), sin ninguna cuerda musical ni ninguna yema de los dedos buscaremos afinar el instrumento material de la columna. No nos puede gustar lo desconocido, por razones obvias, aunque lo desconocido está en condiciones de despertar una fascinación no sabida. Esta magia, encanto, simple curiosidad, no la despierta aquello que ya ha mostrado su semblante, y no conserva nada en el misterio. Nos gusta solo lo conocido, entonces. Y eso mismo conocido, con base en su repetición y uso puede descubrir, probablemente, otra fascinación imprevista.

b. Representación

Hace un par de semanas en clases, una estudiante a quien por el momento no llamaremos por su nombre, escribió una tarea para un curso internacional. La primera frase era una cita: «Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de su solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es.» Junto, había otra frase, la glosa: «La vida es un largo proceso de búsqueda de uno mismo. Todo lo que ocurre y todas las personas que conocemos sirven para que comprendamos mejor quiénes somos.»

Guardé el documento en una carpeta rotulada con la fecha y la nota «Relecturas». Ese mismo día, deshice el camino de vuelta a casa, por la noche. Me detuve en el semáforo en rojo. Vi la lluvia caer en el parabrisas, observé a las personas con impermeables amarillos, rojos, negros, algunas botas llamativas, un portafolios. Cruzaban la calle evitando los charcos. Adentro, sonaba una música ligera, que no era argentina, pero sí reproducía una letra castellana, acompañada por un coro en inglés. El tránsito vehicular se puso en marcha de nuevo. Repetí para mis adentros la frase leída: «uno mismo… para que comprendamos mejor».

La semana pasada, había visto una película sobre una excursión a un lago cerca de la ciudad. En realidad, me parecía ya haberla visto antes, o por lo menos haber leído la sinopsis. El contraste entre lo sucedido en el lago y la vida habitual en la urbe ponía de manifiesto con cuánta facilidad cambiaba todo. A poca distancia de la cabaña donde el grupo preparaba el asado y conversaba, una señora interpretaba una pieza musical en un instrumento parecido a una flauta, con una calabaza. La melodía dulce y constante de esa pieza, parecida al lago del paisaje, que no mudaba su forma e hipnotizaba con su cuerpo de agua, contrastaba con la transformación experimentada en la cabaña. A cada pincho de res, pollo, cerdo, las personas sacaban afuera lo que llevaban dentro, por medio de miradas sesgadas y comentarios recelosos.

En esa película, que databa de finales de los noventa, había habido un intercambio de regalos sorpresa, con un límite de precio bajo. Una compañera de la escuela secundaria le había obsequiado a otro chico una calculadora sin pilas, y en un curso superior, casi universitario, otra compañera le había regalado a un chico el libro ¿Quién eres?, de Enrique Rojas. Ambos regalos habían dejado a los jóvenes mirándose entre sí, sin los cromos de los demás regalos de los otros jóvenes, ni los casetes, ni alguna playera ciberpunk o algún póster sugerente. Cada persona, en estos casos, parecía conocer a su destinatario. Habían preparado la ocasión de brindar un obsequio a la medida.

Ya en casa, la noche después del trabajo, dejé el documento de la tarea en la repisa de un librero. Mientras preparaba un té y aprovechaba la ocasión para retirar unas motas de polvo de la mesa de noche, junto a la cortina, al pie de una ventana oscura con lo que había quedado del aguacero, dirigí la mirada al librero y releí la frase, «Todo lo que ocurre y todas las personas que conocemos sirven para que comprendamos mejor quiénes somos.» En ese momento, todavía pasando el paño para retirar el polvo de la mesa de noche, cuánto eché en falta los vinilos de unas amistades, que tenían por costumbre poner la aguja del tornamesa para acompañar la segunda parte de las veladas, donde las bebidas fuertes eran sustituidas por otras suaves, como un té de importación, que no producía ningún efecto perceptible, salvo acompañar el paladar con un sabor amargo nuevo.

Al final de la película, la señora que interpretaba la música de flauta cerraba sus partituras y guardaba su instrumento, sin voltear a ver a la cabaña. Cuando subía a su moto eléctrica para marcharse a casa, solo una persona parecía notar su ausencia, un gato, mejor dicho, que brincaba al lugar que ella ocupaba y se echaba ahí. Las demás personas, a unos metros de distancia, seguían fingiendo interés en las conversaciones ajenas o continuaban ignorando a quienes debían mostrarles gratitud por algún detalle del pasado. Todo saltaría a la luz, en realidad, más adelante, en los mensajes intercambiados entre ellos por teléfono.

Federico García Lorca, en su «Romance sonámbulo», que en nada se aleja de la estética de la vida y la muerte de la novela de Juan Rulfo, Pedro Páramo, puso de relieve una realidad diferente, pocas veces conquistada, que sostiene a esta y posibilita, además, su continuidad. El mocito gitano, con sus trescientas rosas morenas, comunica una verdad imperecedera, donde las partes convergentes, sin conflicto de intereses, saben frente a quién están y frente a quién, asimismo, desean permanecer por siempre. Sí, pensé cuando pasaba el paño con un brocado floral sobre la mesa de noche, para retirar la última mota de polvo, debajo de la cadena que tiraba de la bombilla: no somos nosotros quienes podemos conocernos solamente: la mirada del otro nos completa. Tiré la cadenilla de la luz.

Juan Angel Torres Rechy

24 de octubre de 2026

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