El aura también la comunican las flores.
En ocasiones, pienso que un escrito, al margen del contenido e incluso de la forma, pretende comunicar no un mensaje directo, sino otro indirecto: la estética intelectual de la autora, el autor. Probablemente —esto lo desconozco, pues nunca he redactado algo del género—, una biografía participe de la idea citada, en cuanto a que puede reflejar no tanto la vida en sí del personaje, cuando la visión del autor en relación con él. En última instancia, he escuchado decir, en una biografía se habla más de sí mismo que del personaje biografiado. Con esto queremos decir, entonces, que probablemente carezca de interés el sentido vertido por la pluma desde el tintero hasta la hoja de papel, debido a que no es ese sentido, sino la relación que guarda con el autor lo que importa.
Cuando pensamos de manera general en la obra de un autor, concebimos aparejado a la persona el dispositivo intelectual correspondiente. Resulta distinto, por ejemplo, contemplar un retrato de Juan Rulfo y uno de Octavio Paz. Elena Poniatowska nos evoca sensaciones distintas, si la comparamos con Concha Urquiza. Carlos Monsiváis, al lado de Carlos Fuentes, al margen del atuendo y las mascotas, o de la vida en un país u otro, nos inspira una idea de México ligeramente distinta. Sergio Pitol y Ernesto de la Peña pueden reflejar nociones del mundo diferentes. Alfonso Reyes, por ejemplo, frente a José Agustín, también podría conducirnos a un barrio distinto. Lo que pretendemos decir, en todo caso, es que el aura es otra. Y así como acontece con las letras, puede suceder con las demás ocupaciones del pueblo en general.
Este planteamiento seguramente no ofrecerá ninguna novedad a primera vista, pues todas y todos aquí lo han sabido desde siempre. En qué podría consistir la novedad, por lo tanto, si acaso alguna existiera. En el acto de la creación literaria, o en el coleccionismo de libros, pongamos por caso, el autor de manera consciente expresa y diseña un aura en torno suyo, con lo que ha acumulado, descartado, olvidado e imaginado. Surge el punto cuando quizá pasa a segundo término el qué, si lo comparamos con el porqué; incluso el para qué, en estas condiciones, podríamos desplazarlo a un segundo o tercer término. En una clase de literatura, por ejemplo, aunque yo al menos en teoría pretendo dedicarle mis desvelos, dije que no sirve para nada. En ese momento, cuando el auditorio escuchó que tal vez la literatura no sirve para nada, pareció corresponder con benevolencia y paciencia a la exposición de un tema de los Siglos de Oro preparado un día antes.
Los mismos Siglos de Oro, si los pensamos así, transmiten un halo, una atmósfera, que parece tangible, como si fuera un cuadro de Antonio de Pereda. Esa música también, a pesar de que carece de un cuerpo como el humano, casi se acerca al sentido del tacto y permite apreciar su constitución robusta. En el teatro, por ejemplo, con Juan Ruiz de Alarcón, un día pude palpar con el oído su arquitectura rítmica y sonora, que casi en nada se diferenciaba de las demás arquitecturas, de otros materiales, que sí podía tocar con la mano. Pero más allá de las construcciones materiales o inmateriales de la humanidad, que despiertan en los sentidos nociones no sabidas, lo que nos importa poner de relieve es aquello de la estética intelectual como vocación o finalidad del artesano del oficio.
Nosotros, por Pessoa, o seguramente desde antes por otros autores a quienes jamás leeremos, sabemos que el poeta finge el dolor que en verdad siente. Ese drama depositado en el verso, la conciencia elevada, que contempla a quien escribe, e incluso se percibe a sí misma desde otra altura diferente, comporta la sustancia comunicada por el intelecto en el oficio arremetido. Sin esa conciencia, difícilmente existe un contorno definido de la persona creadora. La creación recurre a tal conciencia para verter con el néctar del intelecto el artificio de la realidad.
Por consiguiente, qué podemos hacer nosotros ahora con esto. Qué inutilidad práctica podríamos rescatar de la exposición abreviada. Francamente, no lo sé. No intentaré convencer a nadie de nada. Menos recurriré a la figura de un Macedonio Fernández, que ocultaba con ambas manos lo que su pluma redactaba. Tampoco diré por qué yo en realidad no pretendo convertirme en escritor. La poesía —esto no lo saben los poetas— no se escribe con versos ni estrofas, ni con toda Helena Beristáin y María Moliner vibrantes en las páginas. En eso radica una postura vital ante las letras, nuestra postura vital, queremos decir, nuestro retrato no colorido ni que engaña a los sentidos, como el cantado por Sor Juana Inés de la Cruz, en un camino que iba de Horacio a Luis de Góngora, pasando por Garcilaso de la Vega.
Nuestra identidad letraherida pretende simplemente recoger lo que el sueño y la noche deja caer en la hoja en blanco. Eso, al menos, los sábados, o este sábado. Mañana y el lunes y el martes, así como el 2025, 2024, 2023 será distinto. La palabra «Estética de la inteligencia» la escuchamos referida a Pedro Cátedra García, por Jimena Gamba Corradine.
Omitiré por el momento la cita de otra estética de la inteligencia, compartida por dos personas, que en su correspondencia más reciente refirieron conceptos sobre Clío, Euterpe, Talía, Melpómene, Terpsícore, Erato, Polimnia, Urania y Calíope, de Los nueve libros de la Historia, de Heródoto: mi librero mexicano y su cónyuge restauradora de libros. Ese envío suyo lo respondí con unas palabras parecidas a estas.
Con Heródoto había sucedido algo similar a lo de Dante Alighieri y Giovanni Boccaccio: la belleza del título Divina comedia también se debió a Boccaccio, no solo a la decisión del autor, Dante Alighieri. En el caso de Heródoto, fueron sus editores alejandrinos quienes optaron por esos nombres. Lo que diré a continuación, lo tacharé, pues yo no soy nadie para elevarme a tal altura: en ocasiones, por el bien común, conviene más ser poeta que filólogo. Lo digo por el aura que tenía Dante Alighieri antes de su publicación en Acantilado. Para mí, continúa siendo divino, a pesar de que el título solo le pertenezca a Fernando de Herrera. Pero volviendo a lo nuestro, no resta más que decir que nos hemos extendido más de la cuenta y conviene cerrar el argumento. Un día, en Salamanca, escuché decir al traductor de Dante que ya tenía preparada la parte del Infierno. Lo expuso en una conferencia en el Aula Magna de la Facultad de Filología. Mi librero mexicano y su cónyuge restauradora de libros abrigan un aprecio y respeto profundo por su obra, que tienen leída, subrayada y anotada.
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