Sábado, 10 de octubre de 2026
Volver Salamanca RTV al Día
Una tarjeta postal
X

Una tarjeta postal

La tarjeta postal estaba de nuevo en la mesa de centro, donde yo la había puesto, para que él la tomara. «Léela tú», me pidió. Su cónyuge había tomado asiento en un sillón al lado. «Sí, léela»

Recientemente, he dado inicio a una práctica de escritura nueva para mí. Surgió de una manera casual, espontánea, con base en la depuración de papeles archivados y la limpieza del salón, que en mi caso parece un estudio. Consiste en la redacción de tarjetas postales literarias, imaginarias, sin ningún destinatario en específico. La primera la tengo en la mano. Carece de una fecha real. Para continuar hablando de ella más adelante, por ahora referiré otra actividad previa, que condujo a esa forma de escritura postal.

Tenía un archivador de papel, Moleskine, en folio, del tamaño de una hoja doblada por la mitad. Francamente, no recuerdo quién me lo compró, ni quién me lo regaló, pero puedo aventurar cuánto tiempo llevaría en la caja embalada. Frente a la tarea que tenía por delante (cuántas cosas tengo, en qué desorden, empezando por las innecesarias, como recibos viejos, calendarios caducos, paños rotos), decidí actuar con sensatez depurar y limpiar paso a paso: de papel en papel, de fotocopia en fotocopia, de carpeta en carpeta, un par de minutos por la mañana, otro par de minutos por la noche, al volver del trabajo. Guardé el primer billete, que tenía un valor afectivo, en el archivador Moleskine. Lo rotulé con palabras clave.

A continuación, cuando topé con otro recibo de valor igualmente sentimental, usé otra técnica para marcarlo y archivarlo: no redacté las racionales palabras clave, sino que bordé un verso alusivo. Con el recibo siguiente, un par de días después, hice algo parecido. Entre esos papeles, di con una bolsa de plástico con tarjetas postales de Xalapa, Cuetzalan, Tijuana, otra más, de una ciudad de Oriente. En lugar de guardarlas en un lugar escogido, tomé la primera: Unidad de Servicios Bibliotecarios y de Información (USBI), Universidad Veracruzana, un edificio con estructura piramidal, oblicuo, vertical, que custodia y resalta el paisaje natural del entorno. Por mi parte, en apego al ritual mencionado, me di a la tarea de escribirla poco a poco, anotando un saludo hoy, un recuerdo inventado mañana, una pregunta retórica al inicio de la semana siguiente, así hasta hoy.

Cuando perfilo esta postura de vida, la mitad del auditorio tomará sus pertenencias y se retirará de la sala. Podemos esperar incluso a que terminen de abandonar el recinto, para recuperar el silencio y continuar. En la pantalla imaginaria del escenario, proyectaremos unas diapositivas de Quevedo, Montaigne, la pastora Marcela, Antonio de Pereda, Elsa Cross, autores que por medio de una bibliografía directa o a través de sus biógrafos, reflejaron la natural condición del retiro y la prudencia como medio para la confección de una obra —de la índole que haya sido— original.

Nosotros ahora cuando mencionamos al autor francés, Michel de Montaigne, pensamos también en las y los estudiantes de esa nación que se manifiestan por mejores condiciones educativas. En las siguientes diapositivas del PPT, ahí en el recinto de la charla, donde ha quedado medio auditorio, porque la otra mitad ha preferido retirarse, presentaremos, por último —en lo que queda del párrafo—, a Blaise Pascal, la noche que bordó el billete del misterio de sus pensamientos, en el interior de su vestido, junto a la estufa, y a Sor Juana Inés de la Cruz, con sus autómatas, que a imagen y semejanza de una campana, o el péndulo de reloj, imprimen en el tiempo anónimo la estampa del ritmo y la actividad humana. Ellos también, decimos por último, pudieron reducir el número de sus ocupaciones a unos cuantos volúmenes, igual que Séneca con una conciencia de autoría a flor de página.

En otro nivel de lectura, lo anterior nos conduce a considerar bajo una mirada distinta el acceso a la información masiva, la acumulación de bienes y males, el juego a distintas bandas, muchas veces a oscuras, sin poner de relieve lo escondido. En una estrofa del Martín Fierro, me parece recordar, se alude al atesoramiento de los verdaderos bienes, cuando se pueden nombrar, contar, reducir a un número plausible —sí me parece haberlo visto en ese libro—. Esta semana, he añadido recibos, papeles varios, algún recorte, incluso, de la prensa diaria, en el archivador, pero no en cifras de doble dígito, sino en cantidades pequeñas: un recorte, un papel raro, un recibo extendido por un empleado humano.

El afán, incluso, reduce el tamaño del suspiro. «Yo leo a Heródoto, Vitruvio, Petrarca y algún libro imprevisto, como Gavin Menzies», dijo mi librero mexicano. «Le he dado un respiro a Isidoro de Sevilla», continuó diciendo. Por aquel entonces, había sustituído el café por el té. Incluso la vajilla había cambiado: «es el recipiente también el responsable de brindarle su cuerpo y sabor a la bebida.» Levantó la taza pequeña y me señaló unos caracteres chinos, impresos en lo que parecía ser cerámica, junto con unos motivos florales y un pájaro apoyado en una piedra. «Los caracteres enfocan nuestra atención, y dirigen tanto el cuerpo con la mano como la mente con la vista al aprecio del té.» Le dio un sorbo. Escuché la taza apoyada en el plato. No había ninguna cuchara para ninguna medida de azúcar. «Mira el color». Los últimos rayos del sol caían en la taza. Un mantel bordado sostenía el servicio.

«Yo he pensado una imagen más ingenua», agregué a la conversación. «Mi mochila, ahora, no pesa. No es como las mochilas de los niños, ni los jóvenes, ni los estudiantes universitarios o incluso de posgrado, que cargan cinco o más libros y llevan incluso más cosas.» En la calle, no lejos de la ventana, habían abierto una sucursal de una empresa dedicada a la venta de artículos de ingeniería, como amplificadores de señales inalámbricas, o transistores de usos varios. También, había una agencia automotriz, relativamente desconocida. Más allá, en las siguientes calles, los establecimientos eran los comunes para una ciudad como aquella. La cónyuge del librero se acercó para servirnos la última taza y dejó una jarra más, llena, a un lado. «Él ahora lee a Menzies», me dijo. Se está volviendo sinólogo.

En esa conversación, evitamos la mención de Enrique Dussel. Estábamos convencidos de la obviedad de su relevancia. Una ocasión anterior, con una bebida diferente, que no era té, habíamos comentado algo sobre Bagdad, por su poesía antigua. En aquella otra ocasión, a propósito de relecturas y reescrituras, yo había referido algo de Sor Juana Inés de la Cruz, Luis de Góngora, Cristóbal Cabrera, Garcilaso de la Vega, Horacio, etc. «Sí», refirió él. «Existen temas o motivos literarios con una continuidad infinita. Incluso, los biógrafos pueden estar hablando de sí mismos, cuando relatan la vida de sus personajes. Eso representaría otra forma de vidas paralelas.»

El rayo de sol que doraba el té, con un equilibrio no buscado, rozó la punta del zapato del librero. Pasó por su bastón. Dejó el salón en penumbra. Cuando recobramos la palabra, le mostré la tarjeta postal literaria que llevaba conmigo, dirigida a nadie en específico, con una imagen de la USBI, Universidad Veracruzana, Xalapa. «He escuchado hablar de esa ciudad», me dijo. «Tú la has mencionado, a pesar de mis esfuerzos, o sugerencias, por conservar nuestra amistad en un anonimato sobrio y austero.» Examinó la tarjeta postal. Palpó el papel, incluso pasó los dedos por encima de las letras. Con la luz de la lámpara del buró le dio lectura en voz alta.

«Llevaba tiempo sin escribirte. Parecerá mentira, o un guion cinematográfico: una bolsa de té me recordó aquellas tardes cuando la música nos inspiraba recuerdos inacabados. También, en ese momento, cuando bebía el líquido de la planta, concebía en la forma de la bóveda celeste tu manera de llevarme por lugares vagabundos para perdernos en una inmensidad terrestre. Fingíamos ignorarnos unos a otros.

¿También tú, en ocasiones, sueles visitar el teatro de la memoria? ¿No te parece que la cantidad de estímulos del mundo natural iguala a las sensaciones provocadas por la palma de tus manos ¿O esta tarjeta postal, por último, no equivale ninguno de aquellos besos que nunca me robaste ni nunca yo te confié, debido a un misterio transparente? No lo sé, en realidad.»

Ahí terminaba la tarjeta postal. Noté que mi librero se había sonrojado. Sus mancuernillas reflejaban la luz de la lámpara inmóvil. Yo percibía una fragancia a maderas. Noté que mi librero, además, tenía una pulsera gruesa, con las cuentas de un rosario gordo carmesí. No vi cuándo se la había puesto. También aprecié que llevaba corbata. No supe en qué momento había cambiado, o cómo no lo había visto antes. Me invitó a apurar la taza de té. La tarjeta postal estaba de nuevo en la mesa de centro, donde yo la había puesto, para que él la tomara. «Léela tú», me pidió. Su cónyuge había tomado asiento en un sillón al lado. «Sí, léela».

[email protected]

10 de octubre de 2026

Presentamos, además, un par de descartes encontrados entre los papeles mencionados en la columna. Para el caso del ábaco de la imagen, remitimos a otro escrito, del mismo autor de la columna. Asimismo, debido a la relevancia de la materia salmantina, presentamos un escrito compuesto en la semana.

I

En la escritura, hace falta cerrar el documento para encontrar los errores. Cuando se tiene el documento a la vista, inacabado, en el procesador de textos, o en PDF, o incluso en papel impreso, no se aprecian. Pero cuando el escrito ha sido publicado, aparecen. La tradición atribuye los errores a los duendes de la imprenta. Yo quiero creer, no obstante, que la escritura —al menos en ese sentido— copia a la vida: por eso apreciamos la variante afortunada cuando las últimas pruebas han alcanzado la imprenta.

II

Recientemente, en los ratos perdidos al cabo de las jornadas de trabajo, me he dado a la tarea de la recuperación de descartes literarios, que en el mejor de los casos dormían su sueño manuscrito en una caja de zapatos. Es cierto que la lectura diaria de la prensa, en esos mismos momentos arrancados al paso del día, o en el trayecto en autobús o metro al trabajo o a la Biblioteca de Nanjing, infunde un desánimo que venzo a duras penas. Esas noticias del mundo, menos optimistas que pesimistas, robustecen las amarras del barco de la creatividad y el arte, pero al final de cuentas favorecen la creación de esos contenidos culturales, como en el caso presente, con una inspiración rara y curiosa.

Esas noticias abren un espacio para la imaginación de un mundo donde todavía resulta posible hacer una pausa y apreciarlo con la mirada del artesano, que indaga la manera de infundir vida a su pieza con las manos. Por eso nosotros ahora nos detenemos frente a los descartes que hemos encontrado y procuramos descubrir el sentido que requieren.

La empresa Diario de Salamanca S.L, No nos hacemos responsables de ninguna de las informaciones, opiniones y conceptos que se emitan o publiquen, por los columnistas que en su sección de opinión realizan su intervención, así como de la imagen que los mismos envían.

Serán única y exclusivamente responsable el columnista que haga uso de nuestros servicios y enlaces.

La publicación por SALAMANCARTVALDIA de los artículos de opinión no implica la existencia de relación alguna entre nuestra empresa y columnista, como tampoco la aceptación y aprobación por nuestra parte de los contenidos, siendo su el interviniente el único responsable de los mismos.

En este sentido, si tiene conocimiento efectivo de la ilicitud de las opiniones o imágenes utilizadas por alguno de ellos, agradeceremos que nos lo comunique inmediatamente para que procedamos a deshabilitar el enlace de acceso a la misma.