Los caballistas lograron encerrar, no sin dificultad, las cuatro vaquillas de El Pilar en una tarde de otoño que terminó ofreciendo un espectáculo tan campero como entretenido
En pleno Campo Charro, a orillas del Yeltes, el cielo amenazaba agua en una tarde ya plenamente otoñal, aunque de temperatura agradable. A las afueras de Alba de Yeltes, en la finca donde se encuentra instalada la Plaza de Toros, todo estaba dispuesto para uno de los últimos grandes acontecimientos taurinos de la temporada festiva de los pueblos de la comarca de Ciudad Rodrigo.
Centenares de albinos y forasteros se dieron cita para contemplar el último Encierro a Caballo del calendario festivo comarcano, buscando acomodo y refugio en los remolques estratégicamente situados a lo largo del recorrido y tras las destartaladas alambradas que, dadas las dimensiones de las reses de El Pilar destinadas al festejo, podían parecer a priori suficientes para contener cualquier eventualidad.
El escenario, de marcado carácter campestre, aportaba al festejo ese sabor de las antiguas faenas de campo. Las nubes de tormenta, que durante buena parte de la tarde parecieron querer descargar sobre la ribera del Yeltes, finalmente dieron una tregua y permitieron que el encierro se desarrollase sin lluvia.
Cuatro vaquillas de la ganadería de El Pilar fueron las protagonistas de este último encuentro entre equinos y vacunos, en una tarde que, por momentos, tuvo más de faena campera que de encierro convencional. Incluso hubo ocasión para el derribo de una de las vacas, en una escena que evocó directamente algunas de las labores propias del campo charro.
Se trata de una faena habitual en determinadas labores relacionadas con el manejo y herraje de los animales, y uno de los jinetes aprovechó la circunstancia para poner en práctica sus conocimientos cuando una de las cornúpetas se desvió del camino previsto y no tomó la dirección hacia los corrales.
La tarde, eso sí, comenzó con una espera más prolongada de lo previsto. El público tuvo que aguardar cerca de cuarenta minutos sobre la hora inicialmente señalada debido a una confusión burocrática relacionada con el destino de las reses. La demora, sin embargo, terminó quedando en un segundo plano cuando comenzó el espectáculo.
Mientras tanto, la charanga "Helmántica" se encargó de poner música y ambiente a la espera, acompañando una tarde campestre que, contra lo que amenazaban las nubes, acabaría transcurriendo finalmente sin lluvia.
Una vez iniciado el encierro, las cuatro reses de El Pilar no pusieron las cosas fáciles. Las vaquillas se resistían a entrar por la portera que daba acceso a los corrales de la Plaza, obligando a los caballistas a emplearse a fondo y a demostrar su experiencia en este tipo de menesteres.
La labor de los jinetes resultó determinante para reconducir a las reses, aunque también fue de mucha utilidad la intervención de los mozos a pie. Su presencia permitió cerrar espacios, orientar a las vaquillas y colaborar con los caballistas en una tarea que, por momentos, exigió paciencia, pericia y no poca destreza.
Así, entre caballos, corredores y reses bravas, el encierro fue avanzando hasta conseguir finalmente su objetivo: conducir las cuatro vaquillas hasta los corrales. Una faena larga y entretenida que dejó sobre el terreno ese inconfundible sabor de campo que caracteriza a los encierros a caballo de esta comarca.
Concluido el festejo, el público abandonó la finca para desplazarse hasta el casco urbano de Alba de Yeltes, donde todavía quedaba una cita taurina especialmente pensada para los más pequeños.
Allí tendría lugar un encierro de minibueyes que volvió a congregar a un numeroso público, formado tanto por niños como por adultos. Los más pequeños se convirtieron en protagonistas de una tarde en la que el juego, la emoción y la tradición taurina se dieron la mano, en una de esas estampas que, más allá del propio espectáculo, contribuyen a mantener viva la afición desde las edades más tempranas.
Porque si los mayores habían disfrutado poco antes de un encierro con auténticos aires de faena de campo, los pequeños tuvieron su particular manera de acercarse al mundo del toro, corriendo delante de los minibueyes y dejando una imagen que bien podría ser el primer capítulo de futuras aficiones.
Las fiestas comenzaron el pasdo viernes con los actos solemnes en honor a los Santos Ángeles Custodios