Miércoles, 23 de septiembre de 2026
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Son los días tranquilos de septiembre
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DESDE LA CIUDAD DE LA LUZ

Son los días tranquilos de septiembre

Publicado 23/09/2026 08:00

Quizá porque septiembre siempre parece llegar despacio, como si antes de marcharse el verano quisiera dejarnos unos días para acostumbrarnos a su ausencia. Todavía quedan tardes luminosas, cielos azules y una cierta tibieza en el aire, pero algo ha empezado a cambiar. Las sombras se alargan, la luz adquiere otra tonalidad y las primeras hojas comienzan a desprenderse de los árboles para revolotear por los suelos en un giro infinito.

Hoy, 23 de septiembre, comienza el otoño.

Las hojas amarillas son quizá la primera señal. Las miro y pienso que hay algo profundamente humano en esa transformación. Durante meses han sido verdes, han recibido la luz, han acompañado el movimiento del viento y el paso de las estaciones. Ahora cambian de color antes de caer. No hay tragedia en ello. Solo una forma distinta de permanecer.

Tal vez la vida sea también eso: aprender a cambiar de luz. Septiembre tiene esa capacidad de despertar la memoria. Hay meses que parecen pertenecer solamente al presente, pero septiembre trae consigo algo que viene de lejos. Una calle, una tarde, una determinada luz sobre una fachada pueden devolvernos de pronto un rostro, una voz, una casa, un tiempo que creíamos perdido.

Los recuerdos regresan así: sin avisar. No vuelven como una historia completa, sino como una imagen. Una impresión. Un olor. La sombra de un árbol sobre una pared. El sonido lejano de una ciudad al caer la tarde. Y durante un instante comprendemos que la memoria no conserva las cosas tal como fueron, sino tal como permanecen dentro de nosotros.

Quizá por eso la memoria conoce tan bien los claroscuros. Hay días en los que la vida parece una fábula y otros en los que apenas conseguimos reconocer aquello que fuimos. Somos, muchas veces, cautivos de las raíces del tiempo, atrapados en las paredes húmedas de los relojes, intentando recuperar la inocencia de una mirada que ya no tenemos.

Pero septiembre no es solamente memoria. También es luz. La luz de septiembre ya no tiene la violencia del verano. Es más baja, más oblicua, más serena. Se posa sobre las piedras de otra manera y transforma las fachadas, los árboles, las calles. Hay una hora, especialmente al final de la tarde, en la que la ciudad parece desprenderse de su apariencia cotidiana y convertirse en otra. Es entonces cuando uno comprende que una ciudad nunca es exactamente la misma.

Cambia con las estaciones, con las nubes, con la lluvia y con la luz. Pero cambia también con nosotros. Una calle que hemos recorrido cientos de veces puede aparecer de pronto desconocida porque somos nosotros quienes la miramos de otra manera.

Una ciudad no es solamente aquello que vemos. Es también aquello que hemos visto en ella. Por eso la memoria pervive en sus calles. En esos pasos que regresan una y otra vez a los mismos lugares. En las esquinas donde alguna vez esperamos. En los parques que amamos sin saber exactamente por qué. En los muros, en las piedras, en las ventanas y en los árboles que han permanecido mientras nosotros cambiábamos.

La ciudad guarda nuestras vidas sin saberlo. Guarda nuestros abrazos y nuestros crepúsculos, las lluvias y los soles, las conversaciones que ya no recordamos enteras y las personas que alguna vez caminaron junto a nosotros. Guarda también nuestras ausencias. Quizá por eso recorrer una ciudad sea una forma de recorrer nuestra propia memoria.

Hay lugares que no necesitamos nombrar. Basta regresar a ellos para que algo dentro de nosotros vuelva a ocupar su sitio. Septiembre conoce ese secreto.

Mientras el viento empieza a mover las hojas, la ciudad parece escuchar. Los cielos se llenan de nubes caprichosas y las primeras lluvias borran durante un instante el polvo del verano. Después vuelve la luz, diferente, más limpia, y las piedras parecen recuperar una memoria que siempre estuvo allí. Camino entonces sin buscar nada. Y quizá sea ese el momento en que aparecen las cosas verdaderamente importantes.

Una luz sobre una fachada. El vuelo de unas aves. Una hoja amarilla que atraviesa la calle. La sombra de un árbol sobre el suelo. Una ventana iluminada cuando comienza a caer la tarde.

Hay instantes que no parecen significar nada y, sin embargo, contienen una vida entera. La memoria se alimenta de ellos. Y también la poesía. No de las grandes respuestas, sino de esas pequeñas revelaciones que suceden cuando dejamos de buscar. Porque quizá mirar sea precisamente eso: estar dispuesto a encontrar aquello que no sabíamos que estábamos buscando.

Hoy, mientras septiembre se despide lentamente, vuelven a mí algunas de aquellas tardes. Vuelven las calles, las plazas, los jardines y las piedras. Vuelven los cielos encendidos de otros años y las sombras que alguna vez cruzaron la ciudad.

En el vuelo de las aves. En la luz rosada de una tarde. En ese hermoso cuento de luces que se extiende sobre las colinas y los valles que rodean la ciudad. Vuelven los nombres y las voces, incluso aquellos que el tiempo parecía haber borrado. Y comprendo entonces que quizá nada desaparece del todo. Cambia de lugar. Cambia de forma. Cambia de luz.

Hoy comienza el otoño. Las hojas seguirán cayendo y los días irán perdiendo poco a poco su calor. Llegarán las lluvias, las tardes más cortas y los cielos grises. La ciudad seguirá su curso, indiferente y eterna, mientras nosotros seguimos dejando en ella pequeñas huellas de nuestra existencia.

Pero habrá algo que permanecerá. La luz sobre la piedra. El viento entre los árboles. Una calle al atardecer. La memoria de una mirada. Y esa extraña certeza de que el tiempo, aunque todo lo transforme, no consigue llevarse aquello que alguna vez aprendimos a mirar.

Son los días tranquilos de septiembre. Los días en que el verano se despide y el otoño comienza. Los días en que las hojas caen y la memoria despierta. Los días en que la ciudad parece hablarnos en voz baja.

Quizá para recordarnos que vivir no consiste en detener el tiempo, sino en aprender a reconocer, mientras pasa, aquello que merece permanecer.

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