Hay un malestar común entre los jóvenes europeos que protestan porque “no nos escuchan” (dicen) En Europa hay un poso de fondo que tiene su origen en la crisis financiera de 2008 y los estragos de la consecuente recesión económica a partir de 2011. Consecuencias a las que no ha habido ningún partido ni opciones políticas que hayan dado respuesta positiva suficiente, lo que ha llevado a un incremento del descontento y caldo de cultivo abonado para el resurgir de partidos y movimientos extremistas.
Cada país tiene sus particularidades, en el caso de España, los movimientos de izquierdas como Podemos alcanzaron en 2015 el 20,68 % del censo electoral traducido a 69 diputados, rompiendo el tradicional bipartidismo; en 2016 superaron los cinco millones de votos y con 71 diputados entraron a formar parte del Gobierno. De otro lado, el partido de centro Ciudadanos con su expansión nacional alcanzó en las elecciones generales de 2019 el 15,86 % del censo electoral y 57 diputados, siendo la tercera fuerza política del país. Pero ni uno ni el otro consolidó sus posiciones en eso niveles, ni tampoco aportaron nuevas formas políticas de resolución de los problemas de los ciudadanos.
Por su parte, el movimiento de extrema derecha que nació en el 2013 y que tomó el nombre de Vox, se subía a la ola neoconservadora que despertaba en Europa tras la crisis de 2008 y más tarde tomó auge con el trumpismo venido de Estados Unidos, alcanzando su máximo histórico en las elecciones generales de noviembre de 2019 con más de tres millones de votos (15,08 % del censo electoral) y 52 diputados, consolidando posteriormente su alianza con el centro derecha.
Los movimientos que acabamos de comentar, nos han llevado a que el antiguo bipartidismo de alternancia en el poder se ha convertido en un bibloquismo con el centro izquierda y las izquierdas más extremas por un lado y el centro derecha con la extrema derecha por el otro. Pero hasta ahora, ni los partidos ni los bloques han dado respuestas satisfactorias, ni en España ni en Europa, a las demandas sociales requeridas por la población.
Vivimos momentos de gran incertidumbre para Europa. Puede que sea la crisis más profunda desde la creación de la Unión Europea (UE) Además de lo que acabamos de comentar, común a otros países, la UE se ve asediada por las presiones geopolíticas de quienes quieren acabar con ella, llámese Estados Unidos con Trump o Rusia con Putin. Así, los disturbios que suelen sumarse al final de las protestas están dando combustible a la extrema derecha. En Francia se fortalece la Agrupación Nacional con Marine Le Pen que en seis meses podría ganar la Presidencia, llegando a ella con un planteamiento que ha evolucionado desde la salida de la Unión Europea a reducir sustancialmente la vinculación con la misma. La ultraderecha Alternativa para Alemania (AfD) sigue ganando terreno con un plan para desmantelar la Unión Europea, dinamitando las instituciones como la Comisión y la Eurocámara, relegando el papel del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) y terminar con la solidaridad financiera entre países. Los avances de la ultraderecha en Italia, España o Portugal, por citar algunos, quieren acabar con el Estado de bienestar.
Ante tal situación, una generación sin futuro calienta y enciende las calles de Europa. Son las protestas de la generación Z que trasciende las fronteras y que han convertido el malestar juvenil en uno de los grandes desafíos políticos y sociales de Europa. Francia, Italia, Alemania, Albania, Bélgica, Portugal, Serbia, Grecia o España, viven movilizaciones de distinta naturaleza, pero con un denominador común: la frustración de unos jóvenes que encuentran cada vez más dificultades para vivir y que no ven claro su futuro.
La precariedad salarial, la crisis de la vivienda y las dificultades para emanciparse, el desencanto político, y la incertidumbre sobre el mercado laboral agravada por el avance de la inteligencia artificial, generan una angustia en la población que está convirtiéndose en una crisis social de gran alcance.
Se trata de un malestar generacional que no responde a las divisiones ideológicas tradicionales. No es necesariamente una cuestión ideológica, ni tampoco algo que emana de las particularidades nacionales de cada país. Es una cuestión vital para estos jóvenes que quieren unas condiciones de vida dignas que los gobiernos no son capaces de facilitárselas. Hay países como Francia que no pueden responder a las demandas de sus ciudadanos porque el endeudamiento y los presupuestos no dan para ello.
Harían bien los dirigentes europeos en escuchar y atender la voz de las protestas por toda Europa, para poder frenar el creciente malestar del ciudadano paciente. Estas protestas, con tintes revolucionarios, habría que interpretarlas como un aviso a los políticos de que la paciencia personal y social también se agotan.
Ante el panorama existente con las protestas y movilizaciones sociales que recorren Europa, cabe reflexionar sobre si se trata de una protesta generalizada o de una revolución. Pensamos y observamos que se trata de una profunda protesta transversal que se extiende por suelo europeo y por otras latitudes. Lo de revolución nos suena a tiempos lejanos, pero hemos de tener en cuenta de que los conceptos también evolucionan para adaptarse a los tiempos. Al igual que los golpes de Estado ya no son violentos dados desde fuera, sino que se dan desde dentro erosionando las instituciones cuando los autócratas llegan al poder y se comportan como tales, tampoco el concepto de “revolución” ya no requiere una respuesta violenta contra la carestía, especialmente de los elementos básicos de la vida como el pan y la vivienda, pero estos sí son la espoleta de las revoluciones, motor fundamental de las protestas.
No obstante, las revoluciones no surgen por un suceso único, como la mala gestión del gobierno de turno, sino por la concordancia de una serie de crisis o factores globales. La globalización es uno de los elementos que ha ahondado en las desigualdades, fragmentado las sociedades y descuidado las necesidades materiales y emocionales de la población. Desde hace unos años en las sociedades democráticas con economía de mercado las clases medias han ido empobreciéndose, hasta caer en la precariedad, no es de extrañar que la población se revele contra ello. Como también una gran parte de la sociedad ha sido relegada a lo digital y es justo que luche por la recuperación de un espacio y unas relaciones que le pertenecen.
No es fácil para una persona contemporánea determinar de forma objetiva si lo que estamos viviendo en Europa es una revolución social. La historia y los movimientos sociales han de verse con una cierta perspectiva de tiempo. Pero la gente está cansada porque no se la escucha, porque no ve empatía, transversalidad, ni preocupación por sus problemas y eso provoca estallido.
No hay recetas mágicas frente a las amenazas e incertidumbres que se ciernen en torno a las democracias occidentales, y, en particular sobre Europa: el desmantelamiento del viejo orden mundial, el auge del odio y la polarización, la deriva autoritaria o la inteligencia artificial. Mas, ante quienes tratan de acabar con el espacio comunitario europeo y sus instituciones, se levantan los ciudadanos ofreciendo la esperanza y la confianza en el mantenimiento de un Estado de bienestar que les proporcione libertad y una vida digna a las actuales y próximas generaciones.
Escuchemos el Himno de la Alegría:
https://www.youtube.com/watch?v=8fFZaWMHaqw&t=1s
© Francisco Aguadero Fernández, 7 de noviembre de 2026
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