Llevan años recorriendo juntos las carreras populares de Salamanca junto a una silla de ruedas, demostrando que cuando la vida obliga a cambiar el paso, siempre se puede encontrar una nueva forma de avanzar
Hay veces en las que la vida obliga a cambiar la manera de avanzar. Hay caminos que dejan de ser como uno los había imaginado y otros que aparecen sin haberlos elegido. Pero hay algo que no cambia: las ganas de seguir adelante. Moisés Muñoz lo sabe bien. También lo sabe Pablo, su hijo.
Desde hace años, ambos comparten una particular manera de recorrer Salamanca y de hacerse presentes en sus calles: juntos, en las carreras populares. Pablo lo hace en silla de ruedas a causa de una enfermedad. Moisés corre a su lado, empujándolo. Y entre los dos han construido una imagen que ya forma parte del deporte popular salmantino.
No necesitan presentación para muchos de los corredores que participan habitualmente en las pruebas de la ciudad. Cuando aparecen, son reconocidos. Hay quien les saluda, quien les anima y quien ya espera encontrárselos durante el recorrido. Porque Moisés y Pablo no son simplemente dos participantes más. Son padre e hijo compartiendo kilómetros.
Moisés lleva décadas vinculado al atletismo popular. Su historia con las carreras comenzó a principios de los años 90 y, desde entonces, ha vivido prácticamente todas las formas posibles de entender este deporte. Ha competido, ha organizado, ha estado ligado a la Federación de Atletismo de Castilla y León y ha visto pasar generaciones enteras de corredores.
Pero correr junto a Pablo es diferente. “Corro con mi hijo Pablo que va en silla de ruedas. Nos hace mucha ilusión correr juntos, especialmente en la San Silvestre”, cuenta Moisés. Una frase sencilla que encierra mucho más de lo que parece. Porque detrás de cada carrera hay entrenamiento, esfuerzo, organización y, sobre todo, una decisión: seguir compartiendo una afición que para ellos se ha convertido en algo mucho más grande que el deporte.
Pablo pone el entusiasmo. Moisés pone las piernas. “Pablo pone el entusiasmo, la alegría y la emoción, y yo pongo las piernas por los dos”, explica su padre. Es probablemente la mejor definición de lo que son cuando salen a correr. No se trata de que uno lleve al otro. Corren los dos. Cada uno aporta lo que puede aportar y los dos llegan a la meta.
Y quizá ahí esté la verdadera fuerza de su historia. Porque una silla de ruedas puede cambiar la forma de desplazarse, pero no tiene por qué decidir hasta dónde puede llegar una persona. Las circunstancias pueden obligar a modificar los planes, a buscar otras soluciones y a aprender a recorrer caminos diferentes. Pero también pueden aparecer nuevas formas de disfrutar, de compartir y de mirar la vida.
En el caso de Moisés y Pablo, una de esas formas ha sido correr. Y Salamanca se ha convertido en testigo. Moisés habla con especial emoción de lo que sucede cuando atraviesan determinados puntos de las carreras. Los espectadores reconocen a Pablo, lo animan y el ambiente cambia. “A Pablo le conoce muchísima gente y es espectacular”, relata. “Hay tramos del recorrido de una carrera donde se te ponen los pelos de punta e incluso se escapa alguna lágrima que no se nota porque se mezcla con el sudor”. Es difícil imaginar una declaración que explique mejor lo que significa para un padre compartir algo así con su hijo.
A veces Pablo se gira hacia él durante el recorrido. Busca una mirada, una complicidad. Quizá no haga falta decir nada. Después de tantos kilómetros juntos, hay gestos que hablan por sí solos. “En alguna ocasión Pablo se gira hacia mí buscando una complicidad. Es indescriptible con palabras”, reconoce Moisés.
También lo son los aplausos. Los gritos de ánimo. Las personas que les conocen y las que, sin conocerles, terminan contagiándose de esa energía cuando los ven pasar. Moisés podría hablar durante horas de tiempos, recorridos, carreras y kilómetros. Pero cuando habla de Pablo, el deporte queda en un segundo plano. Lo importante ya no es cuánto tardan. Es que llegan juntos.
Y quizá esa sea la lección que ambos llevan años dejando sin necesidad de pronunciar ningún discurso: que no todas las carreras consisten en llegar primero; algunas consisten simplemente en seguir avanzando. En encontrar una manera diferente de recorrer el mismo camino. En no renunciar a aquello que hace feliz. Y, sobre todo, en tener a alguien al lado con quien compartir cada metro.
Moisés corre por los dos. Pablo corre con él. Y Salamanca, cada vez que los ve pasar, recuerda que hay victorias que no aparecen en ninguna clasificación.