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La urgencia de vivir
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LA OPINIÓN DE MARÍA FUENTES

La urgencia de vivir

Publicado 05/11/2026 11:07

"Librada sabía vivir, y lo hacía sabiendo exprimir cada minuto, apurando los días con una intensidad luminosa, casi como si en su interior albergara la intuición secreta de que su paso por esta tierra iba a ser breve y no podía permitirse el lujo de desperdiciar un solo segundo"

La vida tiene una forma sobrecogedora de recordarnos su extrema fragilidad. A veces nos creemos dueños del tiempo, planeamos el mañana con total seguridad y olvidamos que todo puede cambiar en el lapso de un solo minuto. En apenas un suspiro, la rutina se quiebra, los proyectos se detienen y la existencia se apaga. Lo estamos viviendo estos días con el corazón encogido tras el trágico accidente ferroviario ocurrido en Toledo. Una catástrofe que, con 69 fallecidos y centenares de heridos, vuelve a dejarnos la imagen de una España rota por el dolor en las vías de un tren.

Duele profundamente asomarse a las noticias y contemplar tantas vidas truncadas de golpe, tantos viajes que nunca llegaron a su destino. Y ese dolor colectivo resuena con un eco aún más hondo cuando en tu propia casa acabas de convivir con la despedida. El pasado 19 de octubre, apenas unos días antes de que el país entero enmudeciera por la tragedia, la muerte nos visitaba en mi familia para llevarse a mi tía, Librada Fuentes. Todavía no nos habíamos recuperado de nuestro propio desgarro y el luto de todo un país se ha fundido con el nuestro.

Este mes, mi tía ya no leerá este artículo con la ilusión con la que siempre me leía. Aún cuesta asimilar su ausencia. Si las vías del tren nos han mostrado la cara más abrupta del destino, con ella el cáncer nos ha vuelto a enseñar su versión más cruel e indiscriminada: la de una enfermedad despiadada que no entiende de méritos ni de justicias, y que parece tener una macabra predilección por llevarse antes de tiempo a la gente buena. Es un ladrón sin escrúpulos que irrumpe en los hogares para arrancar de cuajo abrazos y futuros que aún tenían mucho por ofrecer.

El calendario, a veces, escribe coincidencias que sobrecogen el alma. Fue un 20 de octubre de 2023 cuando a Librada le diagnosticaron aquel cáncer de páncreas, y fue exactamente tres años después, el 20 de octubre de 2026, cuando llegó la despedida final. Tres años exactos de un camino empinado que ha culminado demasiado pronto, porque 59 años no es edad para apagar la luz, y menos aún cuando esa luz iluminaba con tanta fuerza a todos los que teníamos la inmensa fortuna de rodearla.

Si algo definió a mi tía fue su manera de habitar el mundo. Vivió siempre sabiendo exprimir cada minuto, apurando los días con una intensidad luminosa, casi como si en su interior albergara la intuición secreta de que su paso por esta tierra iba a ser breve y no podía permitirse el lujo de desperdiciar un solo segundo. Llevaba la sonrisa como bandera innegociable, era la primera en apuntarse a todos los planes y poseía ese don tan escaso de la bondad pura: el de estar siempre para todos, entregándose por completo a los demás sin pedir absolutamente nada a cambio, haciendo fácil lo difícil por el simple hecho de estar presente. Hoy, en el vacío que deja, me doy cuenta de que la quería aún más de lo que creía.

Cuando llegó el golpe de la enfermedad, lejos de doblegarse, nos regaló la última y más grande de sus enseñanzas. Afrontó cada etapa del proceso con una dignidad sobrecogedora y una entereza que desarmaba a cualquiera que se acercara a intentar consolarla. Jamás hubo un reproche al destino ni una queja que empañara su mirada; al contrario, mantuvo intacta su esencia mientras su cuerpo libraba la batalla más dura, repartiendo amor incluso cuando las fuerzas flaqueaban.

En esa serenidad admirable tuvo mucho que ver su fe, de la que siempre hablaba con orgullo. Fue el refugio que la sostuvo en las noches más oscuras y en las salas de espera más frías. Creía con una convicción limpia, de las que no necesitan grandes artificios porque se demuestran en las obras diarias, en el consuelo al prójimo y en la paz interior de quien se sabe en manos de algo más grande. Esa confianza trascendente fue su bastón invisible durante tres años de lucha y el puente sereno por el que finalmente cruzó hacia el descanso.

Con su marcha, en nuestra familia —la familia Fuentes de Vitigudino, tan dura en apariencia— perdemos mucho más que a una hermana, una madre o una tía; perdemos a una suerte de matriarca, al motor vital que siempre nos convocaba alrededor de la alegría. Nos hemos quedado huérfanos de su energía y profundamente desubicados.

En lo más íntimo de mi duelo, pesa la pena de saber que no podrá ver crecer a mis hijos, para quienes ella ejercía con orgullo y ternura ese papel único de tía-abuela que tanto disfrutaba. Justo unas horas antes de que se apagara su aliento, el mayor, de tan solo dos años, se puso a hacer un dibujo para ella. Al terminarlo, desde esa inocencia limpia que aún no sabe nada de la muerte, pero lo entiende todo sobre el cariño, me miró y me pidió que incluyéramos una sonrisa dentro del sol que habíamos pintado juntos. “Para que Librada se ponga contenta”, me dijo. Es la pureza de un gesto hacia una mujer a la que adoraba y a la que ya no volverá a abrazar, aunque sé que cada vez que miremos al cielo buscaremos su estrella, que brillará muy cerca de la del abuelo.

Ante el silencio que se impone tras la pérdida de las personas que amamos, y ante el golpe seco de tragedias como la de Toledo que nos hielan la sangre, solo nos queda aprender la lección más urgente de todas. Aquí abajo nos toca mantener vivo su legado de solidaridad, de puertas abiertas y de unión familiar, cuidando de los que quedan —como jamás dejaremos caer a sus tres hijas: Clara, Andrea y Raquel—. Pero, sobre todo, estas ausencias tan dolorosas deben servirnos para despertar. Para entender que la vida es hoy. Que debemos exprimirla con la misma pasión con la que Librada habitaba cada día; que tenemos que saborear los pequeños instantes, perdonar las banalidades, decir más veces “te quiero” y abrazar mucho más fuerte a los nuestros. Porque nunca sabemos cuándo será la última estación, y el único homenaje verdadero que podemos rendir a los que ya no están es vivir con plenitud el tiempo que nos queda.

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