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Jefes y maestros que no se olvidan
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Jefes y maestros que no se olvidan

Publicado 05/11/2026 11:29

En una reciente comida muy informal con amigos, lo que parecía una reunión más en la que siempre afloran los recuerdos de épocas pasadas y momentos compartidos, terminó resultando de gran interés por el tema central que finalmente ocupó la sobremesa.

Nos referimos a ese momento en el que cada uno de nosotros hacía un recordatorio de sus primeros años de ejercicio profesional y, especialmente, del infaltable legado de los maestros, profesores y jefes, para bien o para mal. Lamentablemente, algunos pocos buenos y una gran mayoría regulares.

No es que lo digamos solo nosotros, sino que parece ser un sentimiento bastante arraigado, toda vez que recuperamos estas experiencias pasadas con algunos colegas. Las conclusiones que hemos obtenido no dejan indiferente a nadie. Es evidente que el recuerdo viene dirigido simultáneamente por la mente y las emociones que nos provoca recordar tiempos pasados.

Siempre es agradable evocar a aquellas personas que fueron auténticos maestros, no solo en el trabajo, sino también los que nos “marcaron” con sus enseñanzas y ejemplos (maestros de primaria y secundaria) y algunos pocos profesores universitarios.

Porque todos ellos, cada uno con su cuota de responsabilidad, nos sirvieron para adentrarnos como personas experimentadas en la rápida evolución que fueron teniendo las organizaciones y sus formas de trabajo durante las últimas tres décadas. Nos ayudaron a ver el mundo en su exacta dimensión, no en la que por falta de experiencia con frecuencia soñábamos.

Porque esos buenos jefes y maestros nos iban señalando el camino y “gritándonos” que la sociedad ya había operado un cambio profundo que había que entender bien para no perderse. Como decía el gran escritor Ernesto Sábato, “ir por el camino real, no por senderos desconocidos”. Y justamente son esos buenos jefes, maestros y profesores los que se convirtieron en auténticos líderes de nuestras vidas, que como se dice coloquialmente “nos abrieron los ojos”.

La sociedad ha cambiado en su conjunto, entendemos que, para mejor, por lo que algunos atributos perennes de las personalidades que nos han impactado y recordábamos los voy considerar a continuación.

1º) La creencia firme en su equipo

Cuando nos referimos a personas corrientes, hablamos de las que responden, en una empresa, o en un colegio, o en la universidad, a unas características comunes que pasan por trabajar duro, responsablemente y con un sentido de pertenencia a la organización y/o institución en la que trabajaban.

Con este patrón también nos encontramos, a lo largo de nuestra vida de estudiantes y posteriormente laboral, con muchos docentes y jefes que ejercían con responsabilidad y conocimiento el trabajo que realizaban, porque ponían mucha pasión en ello. Del mismo modo, la manera en que tenían de dirigir su personal a cargo.

La cuestión es que, ninguno de nosotros se acordaba de ese tipo de personas comunes, que pasan casi de manera inadvertida por nuestras vidas, por su irrelevancia, porque no nos han dejado nada… porque ni siquiera… con frecuencia…recordamos sus nombres.

Lo que sí recordábamos era a aquellos jefes y profesores que habían destacado, incluso siendo muy severos y exigentes, pero que nos dejaron una impronta que nos ha resultado de gran utilidad a lo largo de nuestro desempeño profesional en años futuros, pero muy especialmente nos dejaron ese legado de principios y valores que han echado raíz en nuestro ser. Y esto no se destruye así porque sí. Este es el tipo de personas que seguimos necesitando en el futuro más próximo y más lejano, para garantizar que la convivencia en las sociedades del orbe pueda ser pacífica, sin guerras y con un sentido humanista en la que las personas sean el auténtico centro de todo.

La diferencia entre aquellos líderes (jefes y profesores) que han mostrado una faceta de liderazgo clara, no está solo en cumplir objetivos y alcanzar la meta que se perseguía, sino en haberse comportado de manera energizante. Nos abrieron la mente y nos ensancharon el corazón, porque su energía contagiosa lograba que todos los que dependíamos de sus enseñanzas y metodología, creyésemos, al igual que ellos, que lo que parecía imposible o inalcanzable, podía llevarse adelante.

Que aquello que decían nuestros abuelos que “el saber no ocupa lugar” sí se convertía en nuestro activo intangible más valioso, porque habían formado hombres y mujeres con capacidad no solo para ocupar un puesto de trabajo o desempeñar una posición de liderazgo, sino en haber empoderado a personas que, con una visión humanista, con marcos de referencia clara en valores en los que la decencia, honestidad, en fin…una integridad a “prueba de bombas” es lo que siempre ha sacado adelante en los momentos más críticos que las sociedades han atravesado, caso de la Europa reconstruida después de la Segunda Guerra Mundial, y haberlas colocado en la “senda de expansión” que únicamente se logra con el crecimiento y desarrollo.

2º) La firme creencia en lo que se hace

Lo destacable de estos comportamientos de auténticos líderes es que esperan siempre mucho más de los demás y de ellos mismos, a pesar de la dificultad de los retos y problemas que se ponen por delante. Y esto es lo que abre el camino del éxito, porque nada hay que se oponga a la férrea voluntad cuando está sustentada en la firme creencia en lo que se hace, en cómo se hace y por qué se hace.

Y esta diferencia también la marcan este tipo de líderes (jefes y maestros que nos marcaron) porque supieron explicar oportunamente dichos cómo y por qué. Sabían hacia dónde se tenía que ir, pero lo transmitían tanto desde el punto de vista técnico (explicación imprescindible) como del emotivo, ya que alimentaban nuestras respectivas actitudes con un nivel de motivación envidiable. Sabían gestionar las emociones. Todos ellos, los buenos que recordábamos, tenían una característica común: eran empáticos.

El mérito de ellos es que, primero éramos empujados (en el buen sentido) y luego (lo más importante) surgían nuestras individuales automotivaciones gracias a esa enseñanza, capacidad didáctica y energía que nos transmitían. Ellos eran pasión viva y nos la transmitían.

3º) Aprovechar las oportunidades

Del mismo modo que cuando sobreviene una crisis, el líder efectivo es el que mantiene a flote la moral y la credibilidad de equipos, personas y departamentos, en momentos aparentemente normales en los que no haya sobresaltos también están muy pendientes de que no se malgasten oportunidades de negocio.

¿Por qué es importante no dormirse sobre los éxitos del pasado? Porque nos quita la perspicacia para detectar las oportunidades del presente. Porque el mal maestro y profesor que no se ha actualizado desde hace diez años, no puede transmitir los conocimientos que hoy se requieren para que sus alumnos sepan defenderse en la vida. Menos mal que cada tres o cuatro malos maestros, profesores y jefes, pesa mucho más ese bueno al que hoy otorgamos el mérito de haber contribuido decididamente a que seamos como somos.

En cierto sentido, esta tipología de líderes sociales (de las aulas y las empresas) mantiene el músculo entrenado y los reflejos como un atleta de élite. La comparación no es exagerada desde el mismo instante en que el propio mercado y la sociedad en su conjunto se ha convertido desde la década de los 90 en un imparable crecimiento como consecuencia de la globalización e internacionalización de los negocios. Ello lleva a una fuerza de huracán tipo 5 (una manera de decirlo) en la que todo crece y se mueve a un ritmo desenfrenado, condicionado no porque las políticas sean públicas o privadas, sino por la celeridad y profundidad de la innovación tecnológica, así como en las consecuencias que ello tiene en personas, empresas y también en los gobiernos. Porque si alguien tiene que tener más recuerdos positivos y buscarlos esos buenos ejemplos y enseñanzas en los viejos maestros y jefes, es justamente la clase política que requiere actualmente y a escala global, una buena dosis de humildad.

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