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Siniestro ferroviario
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Al cabo de la calle

Siniestro ferroviario

Publicado 31/10/2026 09:12

España está de luto por la tragedia ferroviaria ocurrida en Urda, provincia de Toledo. En menos de un año hemos tenido dos accidentes ferroviarios que afectan a uno de los símbolos del desarrollo económico y social de España en las últimas décadas, como es el tren de Alta Velocidad. Los españoles no nos merecemos algo así, supone un quebranto en la confianza ontológica de nuestro ser. Hoy España nos duele a todos.

No resulta nada fácil escribir en caliente cuando se produce una tragedia de gran magnitud como la ocurrida en Urda, causada por un tren que circulaba a alta velocidad y arremetió a otro que estaba parado, ambos cargados con más de 400 pasajeros a bordo. Y, aún resulta más difícil, cuando todavía hay muchas preguntas por contestar. Pero las víctimas y sus familias requieren nuestra atención, apoyo y consideración.

La reciente tragedia ferroviaria ocurre en un momento de alta sensibilidad, e incide directamente en el esquema de campaña electoral de cara a las Elecciones Generales del 29 de noviembre (29N) Más allá del luto, cabe pensar que los partidos políticos lo utilizaran, lamentablemente, según sus respectivos intereses. Lo ocurrido es inasumible y la catástrofe marcará la precampaña y la campaña electoral.

El accidente, que arroja unas cifras provisionales de 69 fallecidos y 77 heridos, además de la conmoción emocional para la ciudadanía en su conjunto, es el segundo en mortalidad en la alta velocidad ferroviaria española en apenas nueve meses. Después de esta catástrofe de Urda nada será igual. Los partidos políticos se verán obligados a reorientar sus estrategias y adaptar las agendas al siniestro y sus consecuencias. Todo queda abierto en una campaña cada vez más imprevisible.

Nuestra sociedad, la sociedad española moderna, la de la democracia, se ha ido construyendo silenciosamente mientras que su eficacia iba pasando desapercibida, pero calando y aportando elementos fundamentales en los distintos ámbitos de la vida. Entendiendo que cada profesional sabía hacer su trabajo y lo llevaba a cabo con los recursos de los que disponía.

Esa confianza ontológica, interpretada como un modo de ser y de verse la persona a sí misma, ver a los demás y al futuro, nos fue dando una seguridad sobre la que se asienta buena parte de nuestra vida cotidiana. Una seguridad en la que ni siquiera pensábamos porque se sostenía o se nos daba de forma automática.

Dos accidentes de tren tan seguidos, generadores de sendas catástrofes con más de 100 fallecidos, rompen ese hilo de seguridad y confianza en uno de los baluartes del servicio público español altamente valorado, tanto dentro como fuera de España y que es el sistema de transporte ferroviario.

A la espera de lo que digan y confirmen las investigaciones ya iniciadas, para saber las causas del accidente, pero que, como es habitual en estos casos irá par largo, la investigación se orienta, básicamente, en detectar cómo y por qué colapsaron las tres capas del sistema de seguridad de Alta Velocidad previstas y qué responsabilidades puede haber en cada una de ellas.

El fallo de la primera capa fue una caída, casi desconocida por su magnitud, del sistema de señalización LZB, que dejó de funcionar sin que fuera remplazado y seis trenes se detuvieron en un perímetro de unos 50 kilómetros, entre ellos los dos implicados en el accidente.

La segunda capa de seguridad falló en unas comunicaciones confusas y un tanto incomprensibles entre el gestor de infraestructuras de Adif y los conductores de los dos trenes implicados en el fatal accidente, referidas a la reanudación de la marcha y las condiciones de reincorporación con normalidad a la circulación. El tren que estaba detrás arrancó y no así el que estaba delante que no logró arrancar.

Y, el fallo de la tercera capa de seguridad fue que, durante los 17 minutos en que el tren AVE estaba circulando a una velocidad de entre 160 y los 200 kilómetros por hora permitida en el tramo, nadie, ni los sistemas de seguridad, ni los operadores del centro de control, ni los maquinistas, se percataron de la catástrofe que se venía encima y, en consecuencia, no se hizo nada por evitarla. Si ha habido algún fallo humano, todo empezó con un fallo del sistema de señalización. Lo que pone en evidencia de que el riesgo cero no existe, para nada.

A tenor de esta mala experiencia, la idea de que vivimos en una sociedad en la que las cosas no funcionan como debieran es muy común y, además, cierta. En el caso de España, parece que no seamos conscientes de que hemos pasado de 37 millones de habitantes en 1980 a casi 50 millones en 2026, más casi otros 100 millones de turistas. Parece que no seamos conscientes de que en 1993 la flota de trenes de Alta Velocidad era de 24 unidades y hoy es de 250 sumando todas las compañías que operan; que la frecuencia de circulación de trenes de Alta Velocidad en 1993 era de 12 diarios y que actualmente es de 331, circulando diariamente por el territorio nacional; que cada controlador gestionaba 15 trenes simultáneamente y ahora gestiona 40. Y, que todo eso, requiere de mucha inversión para mantenerlo, crear nuevos servicios y reforzar los existentes.

No es España el único país que funciona con estructuras e instituciones infradotadas, con menos personal del necesario y en las que se invierte o se gasta menos de lo que sería necesario. Además, cuando se aborda una reorganización buscando una mejora, lo habitual es pedir un plan a una consultora, y, en lugar de poner el acento en mejorar el servicio, se pone en reducir costes. El resultado nos lo podemos imaginar. Esta es una realidad, tanto en lo público como en lo privado.

En el caso que nos ocupa, además de los fallecidos, el dolor, la tragedia y el orgullo de país herido, los hechos también señalan cómo se va perdiendo la confianza en un sistema ferroviario que estuvo denostado, que con mucho tesón se recuperó a finales del siglo XX y principios del XXI hasta llegar a ser la joya de la corona y referencia mundial positiva. Pero que desde la crisis financiera del 2008 entró en una insuficiente inversión de mantenimiento.

Invertir en el ferrocarril no sólo no da votos, sino que además exige esperar muchos años para ver los resultados, un imposible en el cortoplacismo de nuestra clase política. La consecuencia es que aumentan los riesgos, se deteriora la reputación y se daña la confianza en el servicio. Habrá que cambiar de parámetros y prioridades, porque lo que parecía imposible que sucediera, sucedió.

Desde aquí, nuestras condolencias a las víctimas de tan lamentable tragedia. Vuestro dolor es nuestro dolor.

Les dejo con el Requiem de Mozart:

https://www.youtube.com/watch?v=G-kJVmEWWV8

[email protected]

© Francisco Aguadero Fernández, 31 octubre 2026

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