Convivimos con realidades absurdas, insultantes y perjudiciales a las que, sin embargo, damos la espalda y otorgamos la impunidad de nuestra indiferencia. En cuestiones de patriarcado y machismo, tan presentes, tan incorregibles, tan lacerantes, una de las realidades más asentadas, por su presencia en nuestra vida (y nuestra salud) y por tan desatendida socialmente, es la que afecta a la medicina y la farmacología en relación con la mujer.
Aunque durante tiempo lo haya ocultado bajo la bata blanca, el prestigio de los laboratorios y la supuesta neutralidad de la ciencia, la medicina tiene su patriarcado, su machismo. Durante siglos, el cuerpo masculino se ha erigido en medida universal de la humanidad (y de la investigación científico-médica), como si el hombre encarnara la norma y la mujer fuera apenas una desviación de esa regla. No se trata de una metáfora feminista, sino de una realidad con graves consecuencias: se ha investigado menos sobre las mujeres, se las ha excluido de numerosos ensayos y se han extrapolado a sus cuerpos resultados obtenidos fundamentalmente en cuerpos de hombres.
El androcentrismo médico ha permitido que esa ignorancia se convierta en norma, que la experiencia masculina se confunda con la experiencia humana y que las consecuencias recaigan sobre quienes menos capacidad han tenido para decidir cómo se investigaba su salud. Se arguyó, como si se tratase de defectos, que las fluctuaciones hormonales femeninas complicaban los resultados, que los ciclos menstruales introducían variables indeseables o que el embarazo era un problema para alumbrar resultados. Tan lamentable como ridículo.
Hay una pregunta que debería avergonzar a una ciencia orgullosa de su rigor: ¿cómo podía conocerse la seguridad de un medicamento para las mujeres si se las excluía de las investigaciones destinadas a determinarla? La realidad biológica no se contemplaba en los laboratorios. La composición corporal, la distribución de la grasa, el volumen de agua, las hormonas y la actividad de determinadas enzimas pueden modificar la absorción, la distribución y la eliminación de los medicamentos. No se trata de una abstracción ideológica, sino de una diferencia farmacológica con consecuencias cotidianas. ¿No lo sabían? ¿No querían saberlo? O, peor, lo sabían y lo despreciaban (las despreciaban).
La desigualdad no siempre adopta la forma de una puerta cerrada: a veces consiste en una pregunta que no se hace, una prueba que no se solicita o un diagnóstico que llega demasiado tarde. El infarto, por ejemplo, puede manifestarse en las mujeres con dolor torácico, pero también con náuseas, fatiga, molestias en la espalda o dolor mandibular, y si los profesionales se aferran a un patrón clínico demasiado estrecho, el diagnóstico se retrasa. O en cuanto al dolor crónico, que afecta de manera desproporcionada a las mujeres en numerosas afecciones, persisten preguntas científicas sobre las diferencias en los mecanismos del dolor y en la respuesta a los tratamientos, que no han sido formuladas.
No basta con que las mujeres estén más presentes en la investigación, porque eso no equivale a una investigación correcta, sino que hace falta que los ensayos incluyan a quienes después recibirán los tratamientos, que los resultados se analicen por sexo cuando sea científicamente pertinente y que se investiguen las diferencias relevantes; también revisar los estudios preclínicos para evitar que los animales macho de experimentación se conviertan sistemáticamente en el modelo exclusivo de la respuesta biológica. El feminismo (vamos a decir la igualdad, vamos a decir la razón, vamos a decir la justicia) no pide privilegios ni una ciencia distinta para las mujeres, y su inclusión en la investigación no puede depender de la buena voluntad de cada laboratorio ni quedarse en una declaración de principios. Debe traducirse en financiación específica, protocolos rigurosos, resultados desglosados por sexo, formación sanitaria y mecanismos de supervisión que permitan detectar y corregir las desigualdades.
La ciencia, y la investigación científica, no puede desarrollarse sobre la experiencia parcial de una humanidad a medias. El cuerpo de las mujeres debe dejar de ser una nota al pie en los manuales de medicina y ha de ocupar, con pleno derecho, el lugar que siempre debió tener en la investigación, el diagnóstico y el tratamiento. La igualdad también se mide en miligramos, en diagnósticos acertados, en efectos adversos evitables y en vidas salvadas. Una medicina que obliga a las mujeres a pagar con su salud las consecuencias de una investigación incompleta no es neutral, rigurosa ni justa. Ni universal.
La medicina tiene una deuda pendiente con la mitad de la Humanidad. Saldarla exige algo más que reconocer el error, exige cambiar las prioridades, revisar las prácticas y garantizar que ninguna mujer vuelva a ser tratada, ni en la investigación, ni en la atención, ni en detalle alguno, como una excepción en una ciencia que hoy asegura, en falso, hablar en nombre de todos.
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