Coincidiendo con la inminente celebración del Día de Difuntos quiero recomendar, dada su temática, Las luces azules, excepcional novela, contenida e intensa, lúcida y emotiva, de la escritora irlandesa Jennifer Johnston, publicada a finales de 2024. Las luces azules pasa por ser, para muchos críticos, la obra mayor de una que autora se incorporó tardíamente al mundo literario, pues publicó su primer libro después de cumplir los cuarenta años.
La trama es, en apariencia, mínima. Constance Keating, de cuarenta y cinco años, ha sido diagnosticada de leucemia terminal y decide abandonar Londres, donde vive independiente, solitaria y voluntariamente alejada de su familia y de su Irlanda natal, para regresar a la casa dublinesa, vacía tras la muerte de sus padres, y pasar allí sus últimos días. Rechaza el inútil y doloroso tratamiento hospitalario, no quiere compasión ni espectadores; desea, simplemente, esperar la muerte paciente y resignadamente.
La novela se abre con una larga carta, fechada el 18 de diciembre de 1978, en vísperas de Navidad -el título original del libro es The Christmas Tree-, dirigida a Jacob Weinberg, un judío polaco con quien Constance mantuvo dos años atrás una fugaz pero intensa relación amorosa durante unos días estivales en Italia. Sin garantía de que llegue a su destinatario, le comunica la existencia de una hija en común y le pide que se haga cargo de ella, pues ha dejado a la pequeña al cuidado de su hermana Barbara -Bibi-, casada, con cuatro hijos y una existencia convencional, muy alejada del desarraigo, el desconcierto y la búsqueda de sentido que han caracterizado la suya. También le informa, sin dramatismo alguno, de su fatal diagnóstico y su próximo desenlace. La ausencia de tono lacrimógeno, patetismo subrayado o sentimentalismo en el tratamiento de la enfermedad constituye uno de los grandes aciertos del libro.
En sus escasas doscientas páginas, la novela cuenta la espera de Constance. Apenas sucede nada externamente: se instala en la casa; recibe las visitas cariñosas de Bill, su único amigo, médico cuya petición de matrimonio rechazó en su juventud, cuando abandonó Irlanda y a su familia para explorar su identidad en Londres; habla con su hermana, que le trae comida y la insta a someterse al tratamiento; encuentra en Bridie, una huérfana reclutada de un orfanato cercano, una acompañante amable y afectuosa; escribe, duerme, bebe whisky para mitigar el dolor, reflexiona, divaga y recuerda su infancia, sus padres y su vida. Mientras la enfermedad avanza inexorablemente, llega la Navidad, que quiere presente en su casa mediante un pequeño árbol iluminado por luces azules, de significativo valor simbólico y muy acertadamente escogidas para titular la edición española.
En este recorrido por sus últimos días, Johnston entrelaza con maestría distintos hilos narrativos. Por un lado, describe la cotidianidad, desde la limpieza de la casa, la comida y el jardinero que acude los martes hasta los reconfortantes tés, las botellas de whisky, el frío invernal, el calor de la chimenea, la entrega de Bridie, las visitas diarias de Bill y la presencia intermitente de Bibi, empeñada en acomodar el mundo a su gusto. Esa rutina muestra también su vertiente más amarga: el desgaste físico, los vaivenes de la enfermedad, el miedo, la pérdida del control del tiempo, el olor a muerte, la imposibilidad de salir a la calle, el dolor, el alcohol y la paulatina confusión mental.
Afloran sobre todo los recuerdos: la madre exigente y severa, el padre incapaz de expresar sus emociones, la distante Bibi, la infancia familiar, las jornadas despreocupadas en la playa, las fiestas juveniles, el romance con Bill, el abandono del Trinity College y de sus estudios de Literatura Inglesa y Francesa, el ansia de libertad y la marcha a Londres. También el encuentro con Jacob, cuyo recuerdo acaba constituyendo una historia paralela que reconstruye los exultantes días italianos, el descubrimiento del sexo y la maternidad deliberadamente ocultada al padre, al tiempo que indaga en la vida del hombre, su condición de escritor, el sufrimiento, la presencia constante de la muerte, el pasado terrible de su familia y la culpa de haber sobrevivido al Holocausto. Se evocan asimismo el parto, la llegada de la niña junto con el funesto diagnóstico y la terrible comunicación de la noticia médica, pero también momentos de felicidad, y esa Navidad cargada de simbolismo.
Conforme avanza la enfermedad, se diluyen las fronteras entre conciencia y ensoñación: pequeños fogonazos que entran y salen de mi mente, como fotogramas de película, sueños, escenas y fantasmas que aparecen y desaparecen. Entre ellos, la madre, cuya agonía de tres meses en un hospital, tratada de cáncer con sufrimientos indecibles, representa precisamente lo que Constance no quiere para sí; reaparece espectral, rigurosa, exigente y siempre dispuesta al reproche.
Sin embargo, Constance conserva el discernimiento casi hasta el final, lo que le permite reflexionar lúcidamente sobre su decisión, el sentido de la vida, la libertad, la independencia y la dificultad del compromiso; sobre las dudas que suscita su búsqueda de una existencia propia y el conformismo de aceptar un trabajo insulso como agente de publicidad para sobrevivir; sobre las renuncias inevitables de la vida, la soledad, la añoranza del hogar y la búsqueda de seguridad. Se pregunta por la inutilidad de un Dios incapaz de atender simultáneamente su petición de un final rápido y la de su hermana, que deseaba prolongar la vida de su madre; por su elección poco convencional de la maternidad y el futuro de su hija, cuyo padre quizá nunca lea la carta, y por la muerte inminente, evocada bellamente mediante versos de Antonio y Cleopatra, de Shakespeare, que reaparecen en su mente declinante.
Queda, finalmente, su voluntad de escribir, otro elemento sustancial de la novela. Los recuerdos revelan la vocación literaria que impulsó a la joven Constance a trasladarse a Londres, sus intentos de vender historias a distintas editoriales, los fracasos y las dudas sobre su capacidad. En sus últimas semanas sigue escribiendo y, cuando el deterioro físico se lo impide, piensa en Bridie para transcribir sus reflexiones y en Bill para ordenar el manuscrito, que quizá -no quiero revelar este ni otros aspectos que solo conoceremos al final- resulte ser el libro que, emocionados, conmovidos y deslumbrados, acabamos de leer.
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Jennifer Johnston. Las luces azules. Editorial Automática. Barcelona, 2024. Traducción Lucía Barahona. 208 páginas. 20 euros.
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