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Estudiantes del IES Mateo Hernández visitan el Museo del artista bejarano que da nombre a su centro
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Estudiantes del IES Mateo Hernández visitan el Museo del artista bejarano que da nombre a su centro

Publicado 30/10/2026 10:31

A punto de celebrar los cincuenta años de su apertura, el instituto de Garrido organiza una visita escolar al Museo de Mateo Hernández en Béjar.

Un día de otoño luminoso y pleno de castañas, un grupo de estudiantes que han aprendido muchas cosas sobre el artista que da nombre a su centro. Y mucho entusiasmo. Visitar un Museo tiene algo siempre expectante, y más cuando se dan cuenta de que Mateo Hernández no solo es el nombre de su centro, “el Mateo”, sino el de un artista muy especial nacido en la tierra que ahora alberga su museo.

Un museo recién reformado que fue inaugurado en el 1980 en el solar de la antigua iglesia de San Gil, ahí antes de la Plaza Mayor, en el corazón de la calle más hermosa de la capital bejarana. Un museo que merece la visita obligada y que es el punto de partida de un día de excursión lleno de descubrimientos: la cámara oscura, el Castañar, el parque de la Corredera, el Bosque… Nuestros alumnos están fascinados con todo lo que ven y en la primera etapa del viaje atienden las espléndidas explicaciones de Ana, la guía que les lleva a través de la vida y la obra de un bejarano ilustre, de un empecinado Mateo Hernández.

Nacido en familia de canteros en 1884, nuestro artista acompañaba a su padre muy tempranamente, a la edad de los alumnos, al trabajo de la talla de piedra. Piedras que se muestran en el museo y que se caracterizaban por su dureza. Piedra que marca el trabajo y el talante de un joven inquieto que encontró en su padre y en su hermano, Román Manuel, su interés por la materia viva y el dibujo. Su temprano talento mereció una beca de la Diputación de Salamanca para estudiar en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, pero la necesidad de someterse a la enseñanza del diseño previo de la escultura y el modelado no era del agrado de este joven cantero, que ya había realizado importantes trabajos en su localidad natal junto a su padre. La talla directa, tan dura y difícil, no estaba de moda, ni en Madrid ni en el París al que viaja decidido a seguir los pasos de los artistas de la época. Será en Francia donde, gracias al apoyo de su esposa y de su empeño, deje sus inicios durísimos por el éxito de un trabajo al margen de la academia y de las modas. El artista que iba al zoo acarreando piedras, recibe la Legión de Honor del gobierno francés en 1930. Rodeado de animales, obra que no desea vender y reconocimiento, el artista bejarano muere en su querido Paris dejando muy claro que quiere ser enterrado en su tierra, que recibirá el legado de su obra. Esa obra personal que se niega a ser compartida en la tarea de diseño y modelaje. Mateo Hernández talla directamente la piedra dura, como aprendió de los canteros como su padre y se dedica a los retratos, a la figura humana y al animal que sirvió de modelo en sus tiempos difíciles.

Son los animales, precisamente, los que despiertan el interés de nuestros visitantes más especiales. Incluso, frente a las amables indicaciones de la guía, alguna mano acaricia la piedra pulida hasta el brillo, la cabecita del chimpancé infantil que se refugia junto a su madre. Los animales de Mateo Hernández despiertan admiración y cariño, son de una perfección absoluta, y de una dignidad que asombra. Los perros parecen atentos a nuestros pasos, las focas fluir en su brillo, las madres, acoger en su seno al cachorro sonriente. Cada pieza es solemne y digna, de una frialdad inicial que se vuelve amable, cálida, sorprendente. Están vivos estos seres de piedra aparente, de dureza inicial. De ahí la necesidad de ver este museo prodigioso, de visitar cada pieza y dedicarle tiempo a este legado generoso que se guarda en una localidad que merece visita detenida, paseo por las vías verdes, por las fábricas quietas, por las calles de hermoso comercio. Calles que ahora tienen el ruido inevitable de nuestros alumnos, los que quizás hayan acariciado la cabecita sonriente de una foca resbaladiza, hayan admirado la rotundidad del coloso negro o encontrado el búho que les acompaña en forma de réplica todos los días. Absolutamente felices, y por supuesto, dispuestos a repetir. Un museo que merece visita y que nos abre las puertas recién reformadas a la obra de uno de los artistas más importantes de la escultura española. Mateo Hernández, bejarano.

Charo Alonso.