El tamborilero ultima los preparativos para coronar por cuadragésima vez la torre de la Catedral Nueva de Salamanca este sábado 31 de octubre y repasa una vida consagrada al folclore charro
En el corazón del barrio antiguo late la memoria de un niño que aprendió a escuchar el latido de su tierra antes de comprender el alcance de sus propios pasos. Es Ángel Rufino de Haro, para el que la música tradicional no fue una simple elección, sino un destino escrito en las piedras de la casa latina donde se crió, el mismo hogar que siglos atrás habitó doña Beatriz Galindo, la célebre consejera de Isabel la Católica.
Cuando el joven Ángel apenas contaba con ocho o nueve años, un vecino providencial, Manuel Barrios, le abrió las puertas de un universo que transformaría su existencia para siempre al hablarle de una recién creada escuela de tamborileros. Aquella iniciativa se convirtió en el escenario de sus primeras andanzas musicales.
Aquellos años de infancia transcurrieron entre el asombro y el descubrimiento, viajando en el coche oficial de la Diputación por los caminos de la sierra y las hermosas riberas del Duero. “Fue una experiencia maravillosa para mí”, recuerda hoy con una mirada cargada de nostalgia y gratitud, rememorando cómo absorbió la esencia de una provincia que se entregaba a su arte.
Tras un paréntesis en el que vistió el uniforme de la Brigada Paracaidista, el destino volvió a reclamar su presencia en los altares del folclore cuando el folclorista Ángel Carril le propuso convertirse en profesor de tamboril. Ángel no lo dudó y tomó la determinación de abandonar la carrera militar para entregarse por completo a la docencia y la preservación de la identidad charra. Desde la antigua escuela de tamborileros, pasando por la escuela de folclore, hasta el actual Instituto de las Identidades, su magisterio ha sido un faro para generaciones de alumnos.
El día a día de Ángel Rufino sigue siendo un viaje constante por la geografía salmantina, un compromiso diario con las aulas rurales donde se resiste a que muera el folclore. Los lunes imparte sus enseñanzas en Madroñal, los martes se desplaza hasta Herguijuela de la Sierra para hacer el cierre de la sierra, los miércoles enseña en Miranda del Castañar y los jueves regresa a su cuna, Linares de Riofrío. “Cogí los pueblos de la sierra por veteranía, porque es lo que más identidad me produce”, confiesa con orgullo.
Para comprender la magnitud de la hazaña que Ángel Rufino realiza cada año, es preciso retroceder en el tiempo hasta el fatídico 1 de noviembre de 1755, fecha del devastador terremoto de Lisboa. Aquel temblor hizo temblar los cimientos de Salamanca, provocando el pánico entre una población que buscó refugio en el interior de la Catedral Nueva mientras las campanas tañían solas por la fuerza del seísmo. Al comprobar que no se habían producido víctimas mortales, el cabildo catedralicio promulgó un edicto que ordenaba que, cada víspera de Todos los Santos, alguien subiera a tocar la campana del reloj para dar gracias a Dios y evaluar si la inclinación de la torre progresaba.
Aquella misión recayó históricamente en la familia de los Mariquelos, quienes habitaban en el propio templo y se encargaban de su cuidado y de los toques de campana. Con el paso de las décadas, la costumbre cayó en el olvido hasta que un joven Ángel, conocedor de la historia por haberse criado en el barrio antiguo, decidió rescatarla en 1985. Tras reunirse con Don Eugenio, presidente del cabildo de la época, obtuvo las llaves del templo y, acompañado por su amigo y excompañero paracaidista Mario Dudes, se enfrentó por primera vez a la imponente altura de la torre.
“Miré abajo y dije: madre mía, aquí arriba yo no subo”, relata Ángel al recordar el vértigo de aquella primera ascensión, superado gracias al aliento de su compañero. Tras alcanzar el cupulín y encaramarse a la bola, descolgó la gaita y la porra que llevaba en la cintura y las ató a la veleta, un gesto audaz que al día siguiente abrió las portadas de la prensa local anunciando la recuperación de la tradición. Desde entonces, el apodo de Mariquelo quedó indisolublemente ligado a su figura, como un homenaje de respeto a la familia que originariamente custodiaba el templo.
A lo largo de estos 40 años, Ángel Rufino no ha faltado a su cita ni un solo año, desafiando temporales de nieve, granizo y heladas extremas que entumecían sus manos sobre el metal de la torre. Incluso la gravedad de un gravísimo accidente doméstico en Villanueva del Conde, donde sufrió la rotura de la vena aorta tras caer de un árbol el mismo día del fallecimiento del papa Juan Pablo II, no le impidió cumplir con su promesa. “Celebro dos cumpleaños, el de mi nacimiento y el 2 de abril”, afirma, consciente de haber sobrevivido a una lesión de la que se salva una persona entre un millón.
La dimensión internacional de su personaje le ha llevado a emular la ascensión en templos y monumentos de todo el planeta, desde la cabeza del Cristo del Corcovado en Río de Janeiro hasta la iglesia que alberga al Cristo Negro en Salamanca de Guanajuato, México, pasando por Nueva York y la ciudad brasileña de Santos, donde su intervención sirvió para volver a iluminar una cruz que llevaba dos décadas apagada. Sin embargo, el verdadero motor de su esfuerzo sigue estando en el carácter solidario y devocional de la subida a la Catedral de Salamanca, convertida en un altavoz para los más vulnerables.
Este año, en su cuadragésima ascensión, Ángel Rufino elevará sus plegarias y su música al cielo en nombre de los niños enfermos de cáncer de la asociación Pyfano, así como de los afectados por diferentes daños cerebrales y por la enfermedad del párkinson. “Es una acción de gracias, pero también hago las peticiones de los enfermos que a lo largo del año me lo han pedido”, explica con emoción, destacando que representantes de estas asociaciones le acompañarán en la Plaza de Anaya portando globos y pancartas para visibilizar sus respectivas luchas.
El ritual comenzará a las 10:00 horas de este sábado 31 de octubre, con dos comitivas que partirán desde el Puente Romano y la Plaza Mayor para confluir en la Plaza de Anaya, donde se instalará la megafonía antes de que Ángel inicie el ascenso a las 11:30 horas. Tras rezar un Padre Nuestro y soltar la paloma de la paz, el Mariquelo ofrecerá un recital arropado por grupos folclóricos llegados de toda España, incluyendo dulzaineros de Segovia como Juan José Cid ‘Patones’, andaluces, gallegos, extremeños, vascos o valencianos que aportarán el estruendo de sus tradicionales tracas.
A sus 63 años, Ángel reconoce que las mayores dificultades no son físicas ni psicológicas, sino las trabas burocráticas y de seguridad que complican la organización del evento y la presencia de su caballo en el casco histórico. A pesar de toro, el Mariquelo mantiene intacta su ilusión de alcanzar las 50 ascensiones en el futuro. “No importa subir más arriba o más abajo, lo verdaderamente importante es dar gracias a Dios y cumplir con la tradición”, concluye con la fe inquebrantable de quien ha hecho del cielo de Salamanca su hogar espiritual.