«Vivimos siempre en despedida»
RAINER MARIA RILKE
«El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza; pero es una caña que piensa».
BLAISE PASCAL
Hay momentos en los que la vida nos recuerda, casi sin avisar, que no somos eternos. Puede ocurrir cuando perdemos a alguien querido, cuando recibimos una noticia que no esperábamos o, sencillamente, cuando miramos atrás y nos damos cuenta de lo rápido que han pasado los años. Entonces surge una pregunta que quizá llevábamos mucho tiempo evitando: ¿qué estamos haciendo con nuestra vida? Sabemos que nuestro tiempo es limitado, pero no siempre vivimos de acuerdo con esa realidad. A menudo actuamos como si tuviéramos todo el tiempo del mundo y dejamos para mañana palabras, encuentros y decisiones que quizá no deberíamos aplazar.
Pensar en la muerte no resulta agradable. Es comprensible que intentemos apartarla de nuestra mente. Tenemos obligaciones, preocupaciones y proyectos que nos mantienen ocupados. Sin embargo, por mucho que intentemos olvidarlo, somos seres finitos. Nuestra vida tiene un comienzo y tendrá un final. Esta certeza puede producir miedo, pero también puede ayudarnos a comprender mejor lo que significa estar vivos. Porque, aunque parezca extraño, quizá sea precisamente el hecho de que la vida no dure para siempre lo que la hace tan valiosa.
La filósofa Françoise Dastur invita a mirar la finitud de otra manera. No se trata de vivir pensando constantemente en la muerte ni de convertir la existencia en una espera triste del final. Se trata de aceptar que la muerte forma parte de nuestra condición humana y que no podemos vivir al margen de ella. Cuando dejamos de considerar la finitud como un enemigo del que debemos escapar, podemos empezar a mirar la vida con más atención. No tenemos asegurado el mañana, pero sí contamos con este presente, con las personas que nos acompañan y con las pequeñas cosas que, a veces, damos por sentadas.
Quizá por eso conviene recordar unas palabras atribuidas a Séneca: «No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho». No significa que debamos llenar cada minuto de actividades ni convertir nuestra vida en una carrera para aprovecharlo todo. También necesitamos descansar, distraernos y, de vez en cuando, no hacer nada. La cuestión es otra: aprender a distinguir entre lo que de verdad importa y aquello a lo que dedicamos nuestras energías casi por costumbre. Podemos pasar años preocupados por cosas que, con el tiempo, apenas recordaremos, mientras dejamos en segundo plano a quienes necesitan nuestra presencia o a quienes queremos decirles cuánto significan para nosotros.
Vivir plenamente no consiste en tener una vida perfecta, sin problemas ni decepciones. Esa vida no existe. Todos conocemos la incertidumbre, el dolor y la frustración de ver cómo algunos planes no salen como esperábamos. Hay situaciones que no podemos controlar y pérdidas que nunca terminamos de comprender. La conciencia de nuestra finitud no elimina esas dificultades, pero puede enseñarnos a afrontarlas de otra manera. Nos recuerda que somos vulnerables y que necesitamos a los demás. Nadie se construye por sí solo ni tiene todas las respuestas. Vivimos gracias a los vínculos que establecemos, a las personas que nos cuidan y a quienes, en los momentos difíciles, permanecen a nuestro lado.
En este sentido, Joan-Carles Mèlich en su reflexión sobre la finitud nos ayuda a comprender algo esencial: ser humanos significa vivir con límites, dudas y fragilidad. Nos recuerda que la vida es un don y no una propiedad. Que estamos de paso. Que habitamos el mundo sin poseerlo. No llegamos con la vida resuelta. Heredamos una historia, una lengua, unas costumbres y unos afectos, y a partir de ahí vamos construyendo nuestro propio camino. Nos equivocamos, cambiamos de opinión, perdemos cosas y descubrimos otras que no habíamos imaginado. Vivir es aprender a caminar sin tener todas las certezas. Y quizá madurar consista, en buena medida, en aceptar que no podemos controlarlo todo sin renunciar por ello a seguir adelante.
Esta manera de entender la existencia también cambia nuestra relación con los demás. Cuando comprendemos que todos somos frágiles y que nadie tiene garantizado el tiempo, resulta más fácil mirar al otro con comprensión. Detrás de cada persona hay una historia que desconocemos, heridas que quizá no vemos y dificultades que no siempre sabe expresar. No podemos evitar todo el sufrimiento, pero sí podemos acompañar, escuchar, pedir perdón y ofrecer ayuda. A veces, un gesto sencillo tiene más valor que un gran discurso. Y en ocasiones descubrimos demasiado tarde que una conversación pendiente, un abrazo o una palabra amable eran mucho más importantes de lo que pensábamos.
Aceptar que la vida tiene un final tampoco significa vivir con angustia o aprovechar cada instante de forma impulsiva. Significa estar más presentes. Muchas veces vivimos atrapados entre lo que ya pasó y lo que todavía no ha sucedido. Nos lamentamos por decisiones antiguas o esperamos que llegue un momento mejor para empezar a vivir como deseamos. Mientras tanto, los días siguen pasando. No se trata de abandonar nuestros proyectos, sino de no posponer indefinidamente la vida que tenemos delante. Podemos trabajar por el futuro sin dejar de cuidar el presente, y podemos tener metas sin olvidar que el camino también merece la pena.
La finitud nos recuerda, además, que siempre hay cosas que podemos cambiar mientras tengamos tiempo. Podemos acercarnos a alguien de quien nos hemos distanciado, reconocer un error, aprender algo nuevo o comenzar de nuevo después de una etapa difícil. No siempre será posible reparar todo lo que hemos perdido, pero reconocer nuestros límites no tiene por qué conducirnos a la resignación. Al contrario, puede ayudarnos a elegir mejor y a dar importancia a aquello que merece la pena.
Al final, quizá vivir plenamente no consista en hacer muchas cosas, alcanzar todos nuestros objetivos o encontrar respuestas para cada pregunta. Tal vez consista en vivir de una manera más consciente, querer sin dar por descontada la presencia de quienes amamos y encontrar motivos para agradecer incluso en medio de las dificultades. No podemos detener el paso del tiempo ni evitar que todo cambie. Pero podemos decidir, en cierta medida, cómo vivimos mientras estamos aquí.
Saber que la vida es limitada no tiene por qué quitarnos las ganas de vivir. Puede ayudarnos a comprender que ningún día es exactamente igual a otro y que las cosas más valiosas no siempre son las más grandes. Una conversación, una comida compartida, una mano tendida o la tranquilidad de sentirse acompañado pueden dar sentido a una jornada corriente. No hace falta vivir de manera extraordinaria para que nuestra vida tenga valor. Basta, quizá, con no pasar por ella sin detenernos a mirar, sin escuchar a los demás y sin reconocer lo que tenemos.
La muerte seguirá siendo un misterio y nunca podremos acostumbrarnos del todo a la idea de desaparecer. Pero no necesitamos resolver ese misterio para vivir mejor. Podemos aceptar que somos pasajeros y, al mismo tiempo, encontrar razones para amar, esperar y seguir adelante. Nuestro tiempo no es infinito. Precisamente por eso merece la pena preguntarnos cómo queremos emplearlo y qué huella deseamos dejar en quienes comparten el camino con nosotros. La vida no se mide solo por los años que dura, sino también por la manera en que la vivimos y por el bien que somos capaces de hacer mientras estamos aquí.
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