Martes, 27 de octubre de 2026
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Un tiempo sin abrazos, la escritura para conjurar el olvido y recordar lo que nos hizo mejores
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Un tiempo sin abrazos, la escritura para conjurar el olvido y recordar lo que nos hizo mejores

Publicado 27/10/2026 08:54

Las escritoras salmantinas Asunción Escribano y Charo Alonso recuerdan los tiempos de la pandemia en un libro publicado por el Ayuntamiento de Salamanca con prólogo de José Luis Puerto

Dice el poeta nuestro José Luis Puerto que la escritura es memoria, y lo hace para prologar un libro que nos recuerda el tiempo feroz de una pandemia que hemos olvidado o tratado de olvidar. Un tiempo en el que la cultura, el periodismo y la solidaridad trataron de sostenernos al abrigo de nuestra casa, expuestos a la incertidumbre.

Nos confinaron en aquel año extraño del 2020 y la cultura fue nuestra forma de vida. Una vida detenida. Una vida que se mantuvo palpitante en el trabajo de nuestros sanitarios, nuestras gentes del alimento, nuestros sectores del cuidado… y del periodismo. Periodismo que nos acompañó y entró aún más en nuestras casas. Casas en las que sobrellevamos el encierro y el miedo. ¿Y qué hicimos desde el territorio de la escritura? Asunción Escribano, docente, poeta, investigadora, atenta y rigurosa observadora de la realidad inició un diario. El Diario de la cuarentena. Su entrega cotidiana, constante, nos llenó de su mirada personal, íntima, plena de quietud, de espiritualidad, de sosiego, de amor fraterno. De lectura detenida, de humanismo cristiano. La leíamos con la sensación de entrar con ella de la mano en las estancias de la cultura, de la cita, de la palabra sabia. La leíamos como se lee un libro de oración, con recogimiento. Cuarenta días, como la cuaresma, como la Semana Santa sentida y humilde, en la casa sin procesión, porque la devoción iba por dentro.

Textos de una infinita belleza, de emoción contenida, de factura exquisita. Leyéndolos, yo me preguntaba cómo podía mantener esta hermosa calma mi amiga la poeta. Cómo podía recrear en la luz, el pájaro libre, el gato atento, ese magnífico instante de plenitud. Porque era una epifanía pese al dolor, un estado de gracia. Un manojo de belleza apretado en cuarenta días evangélicos, ingrávidos pese al peso del dolor.

¿Y qué hacía yo entre tanto, también como periodista, también desde las páginas digitales de SALAMANCArtv AL DÍA? Los primeros días mis crónicas fueron diarias y peripatéticas. Los equipos directivos tuvimos el mandato de ir a los centros escolares y mis pasos recorrían en los textos, brevemente, la dolorosa experiencia de la ciudad vacía, de las gentes que encontraba, de las mesas sin alumnos, con un libro abierto, un cuaderno olvidado. Todo parecía sostenido en la incredulidad. Después, el encierro. Y los escritos se alargaron, como si quisiera hablar con el lector aún más, no dejarle de la mano. Crónicas de lo externo porque yo SÍ SALÍA. Salía a cuidar a diario y le explicaba una y otra vez a mi padre cómo llevar la mascarilla puesta y a mi madre, enferma, las razones por las que no podía ir al pueblo un día, una semana, un mes…

Crónicas que fueron desescalando, poco a poco… crónicas que incluso llegaron al tiempo de verano, con su extrañeza, su distancia, su vuelta a las aulas con todo el cuidado. Y la pérdida aún más grave de la memoria del tiempo: ¿A qué día dices que estamos? Preguntaba mi madre una y otra vez, en la órbita del desconsuelo, de la falta, de los amigos que morían. Un tiempo dolorido que también tuvo y tenía su envés de risa, de imaginación, de ternura, de gracia. Mis sobrinos jugaban en el suelo, debajo de las sillas, mi hija salía a hacer la fotosíntesis al patio, el perrito del pueblo hacía las delicias de mi amigo en los paseos custodiados, mi padre aprendía a perpetrar la compra protestando por la falta de bares y periódicos de papel… y hasta los intensos, en su vuelta a clase, estaban llenos de humor y de ocurrencia feliz. Jugaban con una botella de plástico al fútbol porque no les dejábamos los balones, se hacían heridas que requerían cura y no había distancia, se volvían pupitas constantemente porque habían vivido el horror del confinamiento en pisos compartidos, en cuartos diminutos, en lugares apretados de gente sin trabajo, de esperanzas contra el muro que ahora derribaban a patadas, sin seguir la norma.

No podía parar de escribir sobre ellos y nuestras cuitas. No podía dejar de sentir que, en cierto modo, dándoles clases, les abrazábamos. Y mientras, la vida que poco a poco recuperaba el pulso, se sueltaba la mordaza, se liberaba. Y olvidaba. Olvidar el dolor, la entrega generosa, la médica que murió sola tras contagiarse, el trabajo de los limpiadores, de las gentes de las residencias, los que estuvieron al pie del cañón en el transporte, el supermercado, el empresario que se arruinó con el cierre, el que perdió su negocio recién abierto… Olvidamos, dice Asunción Escribano, porque no nos queda más remedio, olvidamos, pero no del todo, porque creíamos que tras aquello, seríamos mejores. Mejores.

Algunos años después recorro el pasillo de los pasos perdidos del hospital nuevo de Salamanca. Ese que mira al río para consolarnos de la pérdida. Y en los muros, las impresionantes, las bellísimas imágenes de la pandemia de la fotógrafa vallisoletana Solete Casado. Las miro una y otra vez cuando voy a visitar a mi padre. Evito la imagen final que nos recuerda que estamos vivos porque sé que mis pasos no tienen retorno. Y entonces pienso en el diario de la cuarentena de Asunción Escribano, en su resignación amable frente a la pérdida de su padre, en su entereza que es belleza y la belleza, escritura cierta. Y venzo todos mis escrúpulos y la llamo para recuperar esos textos benditos de la pandemia.

Una pandemia que Carmen Borrego convirtió en grabado. Alumna de José Fuentes, su discurso tuvo textura y color, dolor y abrazo. Ella es así, sabe entregarse. Cuando me enseñó la obra supe que era la mejor definición de los tiempos de la pandemia. El azul de los guantes de metileno que aparecían tirados por todas partes, la sangre, el abrazo, la mordaza salvadora que no se ve, pero se intuye. Y las espaldas anchas para aguantar todo lo que se nos viene encima, que no sabemos lo fuertes que somos hasta que no nos ponen a prueba. Y ella, generosa, como siempre, se prestó a la entrega. Ya lo teníamos todo. No había hecho falta más que un sí de las tres y suturar lo roto, completar el abrazo. Y como somos profundamente salmantinas, esta propuesta nacida del periódico y con vocación de libro se le planteó al Ayuntamiento, cuyo sí nos hizo felices. Son ellos ahora los que tienden la mano, los que recuerdan con esta publicación un tiempo que sí, que nos hizo mejores. Mejores porque Asunción Escribano acaba su cuarentena con la palabra “gracias” y “esperanza” es la que cierra las crónicas exteriores de mi paseo por un tiempo sin abrazos. Un tiempo que merece el recuerdo y el recogimiento. Un tiempo para seguir aplaudiendo a los que nos enseñaron a servir sin miedo, a entregarse con denuedo. Un tiempo que sale del periódico para ser libro, para convertirse en materia memorable. Materia del corazón para un tiempo que nos hizo más conscientes, más enteros, más atentos. Un tiempo en el que abrazarse de otra manera, las manos abiertas, entregadas, como ahora las nuestras, en página y recuerdo convertidas.

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Charo Alonso.