Sábado, 24 de octubre de 2026
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Censurando
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Censurando

La Junta de Castilla y León, pionera, dicho sea de paso, en suscribir pactos de gobierno con la derecha más extrema y reaccionaria, acaba de publicar sus exigencias para conceder, de fondos públicos, es decir de todos, subvenciones a proyectos culturales, no solo cinematográficos, que versan sobre la vigilancia y censura de dichos proyectos, su “desideologización” y, en definitiva, repartir los fondos de nuestros impuestos entre quienes se adapten a las exigencias fascistoides y franquistas de quienes ocupan las poltronas castellanoleonesas que llaman culturales. Para ello, dicen, crearán un “Comité de funcionarios” que evaluará las peticiones e informará a los gerifaltes de quién merece o no merece la graciosa dádiva.

Hay algo profundamente melancólico, y no solo grotesco, en la imagen de un funcionario sentado ante una pila de guiones con la misión administrativa de decidir si un proyecto implica «adoctrinamiento ideológico», que es la fórmula escogida por la Consejería de Cultura de Castilla y León en la convocatoria de ayudas a la creación audiovisual, que no precisa qué criterios determinarían semejante cosa, ni incluye ese concepto en los baremos de valoración, y ahí está precisamente su veneno. Una censura que se añade a los mil y un retrocesos, efectivos o anunciados, con que la impresentable derecha española pretende sumir a este país en lo más oscuro de su pasado.

La claridad es la primera vacuna contra la manipulación, y no sobrará decir que lo que pretende la Junta de Castilla y León, que es idéntico a lo que hacen en las consejerías de Cultura manoseadas por la reacción, es enseñar a todos dónde está la raya, que cada creador sepa que habrá unos ojos, no ya juzgando su talento sino sopesando su ideología, y decirle que le conviene no insistir demasiado, ni periodística ni artísticamente, en ese documental sobre la memoria, ese libro que habla de la diáspora, aquella ficción incómoda, esa serie que mira de frente nuestro pasado, esta conferencia feminista, aquél congreso sobre derechos humanos, eso que dice de sus crímenes, aquello que grita nuestro derecho a la justicia.

No es un caso aislado ni una excentricidad regional (estos politiquillos de aquí no son sino mediocres copiadores de lo que ven por ahí), sino una cadena reaccionaria de retroceso que ya abraza al planeta. La reacción ya no se disimula ni se disfraza de comité de expertos: Donald Trump firmó en marzo de 2025 una orden ejecutiva para desmantelar la agencia que alberga a Voice of America, la emisora fundada para contrarrestar la propaganda nazi; Javier Milei cerró en 2024 Télam, la agencia de noticias fundada en 1945 y una de las mayores en lengua española; Daniel Ortega ha convertido Nicaragua en un desierto informativo; en Venezuela, Conatel ordenó en 2025 el cierre de emisoras como Radio Mundial, que llevaba 70 años en el aire… Y miles de prohibiciones, censuras, obstaculizaciones y supresiones de publicaciones, representaciones, subvenciones, exposiciones… Cierres de emisoras, expulsión de periodistas, cantantes vetados, cómicos procesados, películas examinadas por su “trascendencia ideológica”: no son hechos equiparables las censuras artísticas o periodísticas, creativas o informativas, de difusión o de expresión, pero obligan a vigilar una misma tentación: que el poder confunda interesadamente administrar recursos con administrar conciencias, y manosear la desconfianza de fondo hacia los ciudadanos, a los que se considera incapaces de distinguir por sí mismos entre el arte y el sermón, entre la sátira y la calumnia, entre la idea ajena y el contagio.

Contra todo esto no hay más remedio que reivindicar la libertad creativa como derecho y como necesidad, porque una sociedad solo crece, solo se hace inteligente, crítica y viva, allí donde sus artistas y sus periodistas, sus creadores y sus críticos pueden equivocarse, exagerar, molestar y ofender sin que un comité de funcionarios, un juez malinterpretando la ley o un alcalde les quite el pan, el escenario o la señal. Las sociedades que silencian a sus creadores no se vuelven más ordenadas sino más pobres, más dóciles y más tristes, páramos de mediocridad, inmovilismo creativo y sumisión de la demanda cultural, como ya lo son las que colonizan los populistas de la ignorancia y la boca abierta, estos inútiles con coche oficial que quieren que nos parezcamos a ellos. La libertad de crear y de conocer la creación de los pueblos, no es un lujo de bohemios ni una concesión graciable de los gobiernos: es el termómetro de la salud de un pueblo y la condición misma de su crecimiento cultural.

Cuando alguien quiera saber qué país habita, bastará con que mire quién decide qué películas merecen imaginarse, qué canciones pueden cantarse, qué chistes pueden contarse y qué noticias pueden difundirse. Mientras la respuesta siga siendo “los creadores y los ciudadanos”, estaremos a tiempo de respirar con dignidad y llevar alta la mirada. Cuando la respuesta sea “el poder, según la obediencia que encuentre en la obra”, habrá que hacer lo que se ha hecho siempre que la censura se atrevió a ponerse uniforme: no bajar la cabeza ni la mirada, reírse de la censura, denunciarla, rechazarla, combatirla, recurrirla ante los tribunales y, sobre todo, seguir creando en libertad, seguir imaginando, aventurando, pensando…Seguir alimentando esos bosques de la cabeza, prístinos u oscuros, pero libres, donde la censura y sus mamporreros no podrán nunca entrar.

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