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“Una palabra de verdad pesa más que todo el mundo” (Aleksandr Solzhenitsyn)
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“Una palabra de verdad pesa más que todo el mundo” (Aleksandr Solzhenitsyn)

Publicado 22/10/2026 11:31

Nuestra foto de portada es el encuentro que se produce el 12 de junio de 2007 cuando Putin visitó personalmente a Solzhenitsyn en su casa de Troitse-Lykovo (en las afueras de Moscú) para entregarle el Premio Estatal de la Federación de Rusia por sus logros humanitarios.

Vamos a ubicarnos en el momento histórico en el que Aleksandr Solzhenitsyn recibe el Premio Nobel de Literatura en 1970. En primer lugar, no fue a Estocolmo a la ceremonia oficial. ¿Por qué? ¿Es que se lo prohibieron o porque tenía miedo que no le dejaran volver a Rusia?

El motivo principal del Nobel ruso fue el miedo a que las autoridades soviéticas no le permitiesen regresar a la URSS. Era una auténtica trampa, si bien no hubo una prohibición explícita al no haberse emitido de parte de las autoridades soviéticas un decreto formal que le prohibiera tajantemente salir. ¿Cuál fue la encerrona? Le dieron un mensaje de esos implícitos (que hay que deducirlo cuando entiendes quién te lo dice) que en caso que solicitara el visado para viajar a Suecia, se lo concederían, pero le retirarían la ciudadanía o podrían también denegarle el visado de regreso, dejándolo efectivamente varado en el exilio.

Él sabía que corría un riesgo que se repitiera lo que había sucedido ya en 1958 con el Premio Nobel ruso Boris Pasternak, el autor de Doctor Zhivago, quien fue forzado por el régimen a rechazar el Nobel bajo amenazas de expulsión y linchamiento público. Desde ya que Solzhenitsyn quería evitar un destino similar. Pero en realidad, había otra razón de peso (en mi opinión la fundamental), que es la que él se había marcado como su misión personal en la Rusia soviética, prácticamente su razón de vida después de lo que había pasado en el Gulag y era ser testigo clave para que la disidencia interna cobrara fuerza y dinamitara las entrañas del régimen.

De ahí que estaba enteramente entregado en la redacción clandestina y recopilación de testimonios de su gran obra “El archipiélago Gulag”. Sabía que, si quedaba en una especie de exilio forzado en el extranjero, perdería el acceso a sus fuentes y a la cruda realidad soviética que alimentaba su literatura. Así de simple pero no menos dramático.

El intento alternativo y el exilio posterior

Solzhenitsyn le propuso a la Academia Sueca que se le entregara el galardón en la Embajada de Suecia en Moscú. Sin embargo, el embajador sueco de entonces declinó celebrar un acto público allí por temor a deteriorar las relaciones diplomáticas entre Suecia y la URSS. Una vez más la dicotomía entre exceso de prudencia o cobardía. ¿O esto no les suena familiar, habida cuenta del salvajismo con el que se está actuando y destruyendo Europa en el presente?

Casi siempre en silencio la historia va poniendo cada cosa y cada persona en su sitio, ya que, en 1974, solo cuatro años más tarde se produce su verdadero exilio forzoso tras la publicación de “El archipiélago Gulag” en Occidente, circunstancia que provocó la reacción del régimen soviético que finalmente lo arrestó, le despojó de la ciudadanía y lo expulsó del país. Pero como tanto la verdad como la historia nadie las para ni las detiene, fue en diciembre de 1974, cuando Solzhenitsyn pudo viajar a Estocolmo a recoger en persona el Premio Nobel.

Pero como también siempre suele ocurrir cuando se quiere que la verdad aflore (porque antes o después…créanme que termina aflorando), el discurso de aceptación de 1970 terminó distribuyéndose por escrito. Y en él, Solzhenitsyn da un auténtico puñetazo en la mesa con su pensamiento que terminó siendo también con los años, uno de los factores (la poderosa fuerza de la llamada “disidencia soviética) junto a las figuras claves de la época que fueron decisivas para la caída del régimen de Moscú: Juan Pablo II, Lech Walesa, Margaret Thatcher y Ronald Reagan.

Todas estos vectores políticos y religiosos forzaron, como en la física, la tensión de esa calma ficticia que se vivía en el régimen soviético. Sin duda la disidencia interna con el buque insignia que era Solzhenitsyn terminaron con la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la URSS. Su discurso del Nobel se titulaba “Una palabra de verdad pesa más que todo el mundo” que es un manifiesto ético, filosófico y político sobre el papel del arte, la responsabilidad del escritor y la lucha del espíritu humano contra el totalitarismo.

Las líneas maestras pasaban por la reflexión que hace Solzhenitsyn sobre el origen del arte y la literatura, considerando al arte como una auténtica vía hacia la verdad.

¿Cuál es su valor como pensamiento político y filosófico? Que cuando una ideología política o la construcción de dogmas filosóficos y/o económicos pueden ser manipulados, disfrazados o falsificados, la verdadera obra de arte posee una certidumbre interna innegable. El arte no engaña; convence por su propia existencia y belleza. Pero le sigue otra no menos poderosa reflexión (que a todos nos sonará como lógica, aunque la olvidamos con demasiada frecuencia), que es la “preservación de la memoria”, ya que tanto el arte como la literatura tienen la capacidad única de transmitir la experiencia colectiva que va pasando de una generación a otra, logrando evitar que la humanidad entre en una especie de "amnesia sociológica" provocada por la censura o que se pretenda reescribir la historia de manera fraudulenta. ¿No les suena esto también bastante familiar?

¿Podríamos llamarlo actualmente “manipulación o distorsión de la historia”? ¡Pues claro que sí! La historia no se inventa ni es un cuento fantástico. Es lo que sucedió, se convierte en nuestro ADN que subyace desde las primeras escrituras cuneiformes hasta la poderosa tecnología actual de comunicación: pero ni los sumerios, ni los babilónicos, ni Trump, ni Putin, podrán finalmente torcer la historia que ya está marcada a fuego por nuestra civilización. Lo que sucede, es que de vez en cuando, a lo largo de los tiempos, surge el Solzhenitsyn de turno, que siempre es molesto, que es denostado, pero que finalmente, ocupa el espacio que le corresponde en la cadena de sucesos históricos, porque como él muy bien señalara en el discurso que no leyó en Estocolmo, “Una palabra de verdad pesa más que todo el mundo”.

La literatura como memoria universal y puente entre naciones

Solzhenitsyn destaca que el mundo del siglo XX se ha vuelto interconectado, pero sigue profundamente fragmentado en sus escalas de valores. ¿No es también lo que estamos viviendo en este primer cuarto del siglo XXI? Pareciera ser que sí. Es obvio que en cada nación su literatura representa el corazón de esa sociedad. Simultáneamente, en la literatura mundial que se ve obligada a convivir en una suerte de equilibrio de bloques geopolíticos y violencia global, son las artes y las letras las que asumen el rol de ser un “único lenguaje común” con la capacidad de transmitir el sufrimiento ajeno, haciendo que cualquier sociedad comprenda el dolor de otras antes de que sea demasiado tarde. Este es un claro desafío de liderazgo para los líderes mundiales que en breve vayan tomando el relevo.

Y la carga de profundidad de su discurso de aceptación del Nobel pasa por sostener que la “violencia no vive ni puede vivir sola: está indisolublemente unida a la mentira. La violencia no tiene con qué cubrirse salvo con la mentira, y la mentira no puede sostenerse salvo con la violencia”. Un camino de doble dirección que se retroalimenta.

Al mismo tiempo hace una dura crítica a esa especial parsimonia al que denomina “conformismo occidental” en cuanto a la actitud tímida de la opinión pública internacional y de los intelectuales de países libres que relativizan la represión en los países comunistas o se muestran indiferentes ante la opresión por comodidad o pragmatismo político. El callar o el silencio cobarde también mata.

Finalmente, para Solzhenitsyn existe una responsabilidad moral del escritor por encima de cualquier otra consideración, ya que no puede quedarse como un mero testigo pasivo o decorador de la realidad, sino que es un testigo obligado de la verdad. De ahí la responsabilidad moral y también la fuerza de los intelectuales a lo largo de historia. Tienen que ser la voz de los que se han quedado sin ella (porque se la han quitado (los prisioneros de los campos de trabajo, los reprimidos, los silenciados) y el atalaya desde el cual se profese a los cuatro vientos el valor frente a la mentira. Por ello, Solzhenitsyn afirma en ese discurso que “el primer paso para destruir un sistema tiránico no es necesariamente tomar las armas, sino negarse a participar individualmente en la mentira institucionalizada”.

Hoy más que nunca la sociedad europea necesita la verdad como único baluarte que nos saque del atolladero. La intelectualidad no puede quedar indiferente.

“Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista... Cuando vinieron a buscar a los judíos, no protesté, porque yo no era judío. Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar” pertenece a Martin Niemöller (1892–1984) que fue un pastor luterano alemán y antinazi, y la pronunció en un sermón durante la Semana Santa de 1946.

Conviene que la recordemos.

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