Jueves, 22 de octubre de 2026
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¡LE "ÇA IRA"!: Movimientos sociales y avidez por el poder
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¡LE "ÇA IRA"!: Movimientos sociales y avidez por el poder

Publicado 22/10/2026 14:53

Escuchando este emblemático himno que arengó los fatigados cuerpos de los revolucionarios franceses, en la voz de Édith Piaf, viene a mi mente la escena con la cual comienza Napoléon (2023) de Ridley Scott: un joven oficial de artillería observa como el invento del doctor Joseph Guillotine pone fin a la existencia de María Antonieta. Deslindándonos de versiones cinematográficas, en los documentales queda plasmado el aporte de esta monarca, apodada “madame déficit” por las ingentes deudas de juego, peinados excéntricos y demás gastos banales, al cénit del descontento. Si bien la opulencia de la corte versallesca fue “la guinda del pastel”, aderezando otros factores como el crecimiento demográfico en Francia, la inflación, el alto coste de harina o el endeudamiento derivado por la participación en la Guerra de Independencia Americana de Luis XVI; aunque pusilánime, este rey contribuyó al verdadero génesis del concepto de Nación, cristalizado en el surgimiento de Estados Unidos.

Pero retornando al joven y prometedor oficial de Córcega (en aquel momento la isla pertenecía a Italia), Ridley Scott (no sé si premeditadamente) nos enmarca en aquella escena inicial, el punto de partida junto al culmen de la Revolución Francesa; ya que no es una fecha, 1789, sino un proceso que concluye con la coronación de Napoleón Bonaparte: Traicionada la Revolución.

Las revoluciones (o los movimientos sociales, que mentaré más avanzado el texto) son instrumento necesario para lograr un equilibrio histórico pero asimétrico en un lapso concreto. Esta asimetría, entendida como brecha entre unos y otros constituye la manifiesta imposibilidad de aquel “status naturae”; el estado de la naturaleza según lo recogido por Francisco Tomás y Valiente en su Manual de Historia del Derecho Español, fruto del pensamiento trazado por diversos autores (entre los cuales está el jurista medieval Bartolo): “[…] en el “status naturae” los hombres se regían entre sí por la equidad natural, no existía poder político ni Derecho Positivo y los hombres disfrutaban de modo libre y directo de todas las cosas […]”.

Mientras se desarrollan, las insurrecciones (diremos legítimas en tanto que combaten la opresión), poseen la certera unidad para deponer a la cúspide “de turno”: las fisuras surgen en el desenlace, porque alguien debe dirigir. Adalides como Lenin tenían claro que una voz ha de guiar al pueblo, por ello Vladimir en el marco del segundo congreso (1903) de su partido redujo el número de dirigentes a tres; años después, las revoluciones de 1917 darían como fruto el liderazgo supremo de este acomodado e intelectual exiliado.

Como señalaba unos párrafos atrás, el sentimiento revolucionario también puede sufrir felonías a manos de sus próceres y, cambiando de paradigma, así ocurrió en Cuba con Fidel Castro: en recientes testimonios gráficos se muestra al Fidel de Sierra Maestra, desvinculándose del comunismo y prometiendo elecciones cuando derrocaran a Batista. Obtenido el poder, incluso se “libró” del Che Guevara, porque los firmes ideales o extremismo (habida cuenta de la dualidad con que es recordado por unos u otros) de este, le generaban incomodidad; él deseaba regodearse en los grandes lujos deparados por la Revolución mientras que Ernesto pretendía extender el logro nacional a una escala más amplia. Estas “cribas” en la cúpula se antojan semejantes o calcadas a las de sus homólogos soviéticos; es más, ante la posible envidia de Castro hacia Guevara, podría aludirse la relación de Stalin con Trotski. Otra Revolución Traicionada (sobre esta idea, recomiendo la película “Plantadas” del año 2023).

Esta lacónica revisión de aspectos históricos responde a dos motivaciones. Pero, antes de proseguir, debo aclarar sobre los modelos ilustrativos, que parecen cebarse con la izquierda, el socialismo o el pseudo comunismo: no parece, arremeten contra sus manifestaciones corrompidas; de igual manera recalco y es constatable, la dureza extendida con la cual he abordado, en artículos jurídicos o críticas de cine, las tiranías de “derechas”.

Entonces, las dos razones que aprecio implícitas en las líneas anteriores y en un contexto internacional donde la tendencia política podría calificarse grosso modo de oscilante hacia los gobiernos “derechizados”. Es de suma importancia lo que suceda en Brasil en el desenlace del proceso electoral, así como las revueltas que están teniendo lugar en Francia e Italia; en el caso italiano, la dirigente Meloni está adoptando medidas drásticas a “golpe de decreto”, entre ellas, las variaciones en torno a la responsabilidad criminal de los menores.

Como pueden apreciar es bastante sencillo explayarse cuando discurrimos, con mayor o menor acierto, sobre cuestiones políticas; para centrar, de una vez, las conclusiones: debo situarme en la izquierda española. Soy votante del PSOE que, según el parecer de algunos sectores, ya no es izquierda: mejor, habida cuenta de lo revelado por los grupos políticos que la conforman; y al ser votante del PSOE, mis críticas o loas, deberían dirigirse en primer lugar frente al receptor de mi voto (también he plasmado en escritos anteriores, el tortuoso bagaje de nuestro actual presidente en estas dos legislaturas).

Aquí va, “por fin”, la primera motivación: los líderes de izquierdas y su avidez de poder. Suprimiendo el elemento sanguinario al que hacía referencia con las cribas dentro de las cúpulas, actualmente el panorama poco ha mutado en las ansias por figurar. No existe una voluntad real de frenar al “fascismo” (término empleado en estos tiempos y en no pocas ocasiones, con una laxitud sorprendente), porque de ser así, el Frente Amplio abarcaría todas las formaciones a la izquierda del PSOE.

Siendo claro, si hubiera una posibilidad real de que el PP gobernara en solitario, les daría mi voto; ello debido a la necesaria alternancia en el poder y a la incomprensible desidia por parte del PSOE en renovar su cúspide. Sin embargo, hay ciertos indicios sobrecogedores en los socios del Partido Popular, con los cuales comparten gobierno en varias Comunidades Autónomas; el último de estos indicadores: la pretensión de reformar la Constitución. De igual manera, hallé criticable los deseos por parte de la izquierda más castiza en torno a la Corona, y cerraré este inciso para evitar remontarme a la monarquía constitucional de Cádiz (1812): el constitucionalismo decimonónico español es destacable.

No se trata de voto útil, más bien de coherencia en brindar apoyo a una u otra candidatura, cómo podríamos votar a un Frente Amplio que adolece de uniformidad ya que el convenio alcanzado para concurrir en armonía a las elecciones generales ha sido fruto de interminables debates. Menos viable aun, otorgar el voto a un partido que se aferra a la pervivencia de sus dirigentes y cuya trayectoria ha rebasado altas tasas de hipocresía; esta apreciación halla su fundamento en la ausencia de representación en diez Comunidades Autónomas.

Un partido surgido en las calles, cuyas premisas iniciales y románticas lograron gran aceptación. El mismo descontento que hoy moviliza a ciertas capas de la sociedad y, he aquí la segunda razón de estos apuntes, es pertinente. Sin embargo, la cristalización de esta justificable indignación se encuentra en un impás porque: el drama de la vivienda evidentemente prosigue sin panacea mas su potencia ha mermado en la conciencia mediática a tenor de las revelaciones en torno a la ex portavoz del PSOE (su pareja posee 30 inmuebles). En la izquierda, aquella hipocresía antes reseñada, debe o es penalizada en mayor grado.

Pérdida de fuerza, así como de rédito para la campaña del actual presidente, cuyas posibilidades se incrementaron con el leitmotiv de la crisis inmobiliaria y el desahucio de la recientemente fallecida señora Maricarmen; sin disminuir un ápice lo luctuoso de cualquier fenecimiento, la elección de un “símbolo” para esta loable causa, resultó errónea si nos ceñimos a los datos (prescindiendo también de acusaciones sobre sus aficiones, destinadas a mas a descalificar que a presentar una imagen ajustada). Datos que, de manera diáfana, permiten conocer las posibilidades de acceder a otra vivienda durante los años precedentes; a esto ha de sumarse la inexistencia de un título de propiedad, una cuestión que bien daría para un excurso: la “romantización” del domicilio, donde podría incluso argüir líneas a favor de esta concepción fallida aludiendo a la doctrina del Tribunal Constitucional.

Un símbolo genuino pertenece a la sinonimia del término compacto, la gran mayoría de la población “cierra filas” alrededor de un Ideal, lo que en este suceso no ha ocurrido (de hecho, ha incrementado el cisma). Por tanto, la génesis de este nuevo movimiento adolece de una contundencia inapelable. Asimismo, cuenta con otros factores en contra: el sesgo desmesurado y las pautas sociales imperantes. Los portavoces de esta movilización sean gente formada o no, exhiben un discurso marcado por soluciones radicales y, por tanto, inviables, que omiten a los demás agentes “en juego”; también difuminan el espectro de culpabilidad hasta convertirlo en insostenible e interpretan los preceptos constitucionales “legulellamente” (esta práctica no pertenece exclusivamente a la izquierda, en los acontecimientos de Ferraz en 2023 se pudo apreciar este uso “relajado” de nuestra norma jurídica suprema).

Cerrando la reflexión con el partido al que en esto años he profesado mi apoyo (en determinadas circunstancias de manera más sentimental que lógica), mientras resuenan los violines (seguramente entiendan la referencia cinematográfica): torna hacia el amor. Levando las anclas del citado en los párrafos precedentes movimiento para depositar confianza en que cierta franja del electorado votará conmovido por la pasión y el inexorable apoyo conyugal hacia la primera dama; una maniobra abrupta y manida (en tanto que repite lo hecho por los Kirchner y los Obama).

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