«No hay paz sin perdón».
DESMOND TUTU
«Incluso en las circunstancias más dolorosas el ser humano conserva la capacidad de elegir la actitud con la que responderá a los acontecimientos»
VIKTOR FRANKL
Hay heridas que nadie ve, pero que siguen doliendo mucho tiempo después de haberse producido. Una traición, una humillación, una palabra dicha en el peor momento o una injusticia pueden dejar una marca difícil de borrar. La vida continúa, cambian las circunstancias, algunas personas desaparecen de nuestro camino y otras llegan. Sin embargo, a veces basta un recuerdo, una conversación o un gesto para que aquel dolor vuelva a nosotros. Entonces surge una pregunta que no siempre resulta fácil responder: ¿qué significa realmente perdonar? ¿Es posible dejar atrás lo sucedido sin olvidar lo que hemos sufrido? ¿Puede el perdón ayudarnos a recuperar una libertad que creíamos perdida?
Vivimos en una sociedad en la que parece que todo el mundo tiene derecho a juzgar a los demás. Señalamos errores, pedimos explicaciones y recordamos las ofensas con una facilidad sorprendente. Nos cuesta más, en cambio, reconocer nuestras propias equivocaciones o aceptar que una persona pueda cambiar. A veces confundimos perdonar con ser débiles, pasar por alto una injusticia o dar la razón a quien nos ha hecho daño. Pero quizá perdonar sea precisamente lo contrario: tener el valor de mirar de frente lo ocurrido y decidir que no queremos seguir viviendo bajo su sombra.
Porque perdonar no es olvidar. Tampoco significa fingir que no ha pasado nada, justificar una conducta injusta o permitir que alguien vuelva a hacernos daño. Hay cosas que duelen, y sería absurdo negarlo. Antes de perdonar necesitamos reconocer lo que nos ha sucedido, aceptar nuestra herida y dejar de buscar excusas para explicar lo inexplicable. No se puede cerrar una herida que ni siquiera nos atrevemos a mirar.
El filósofo Paul Ricoeur habló del «perdón difícil», y no es difícil imaginar por qué. Hay daños que parecen imposibles de superar, palabras que siguen resonando dentro de nosotros y recuerdos que nos cuesta colocar en su sitio. El pasado no puede cambiarse. Lo que ocurrió, ocurrió. Pero quizá sí podamos cambiar, poco a poco, la manera de convivir con ese recuerdo. No se trata de borrar nuestra historia, sino de evitar que una parte dolorosa de ella termine ocupándolo todo.
Cuando alguien nos hace daño, es comprensible que sintamos rabia. Queremos que entienda lo que nos ha hecho, que reconozca su culpa y, a veces, que sufra como nosotros hemos sufrido. Nos decimos que no vamos a olvidar, porque olvidar sería permitir que la injusticia quedara sin respuesta. Y, sin darnos cuenta, podemos pasar demasiado tiempo pensando en aquella persona, repasando una y otra vez lo sucedido, imaginando lo que tendríamos que haber dicho o esperando que algún día las cosas se pongan en su sitio.
Pero hay una pregunta que merece la pena hacernos: ¿cuánto espacio queremos seguir reservando en nuestra vida a quien nos hizo daño?
Max Scheler describió el resentimiento como una «autointoxicación psíquica». La expresión puede parecer dura, pero encierra una verdad que todos podemos reconocer. A veces, el rencor que mantenemos contra otra persona acaba haciéndonos daño también a nosotros. La ofensa fue real, pero su recuerdo empieza a ocupar demasiado espacio. Queremos liberarnos de quien nos hirió y, sin embargo, seguimos atados a él a través de nuestra rabia. La venganza promete alivio, aunque rara vez devuelve la tranquilidad que perdimos.
Perdonar puede ser una manera de romper ese vínculo. No porque el daño deje de importar, sino porque nuestra vida importa también. Perdonar es empezar a recuperar el derecho a vivir sin que todo gire alrededor de lo que nos hicieron. Es poder recordar sin revivir constantemente el sufrimiento, mirar hacia delante sin sentir que estamos traicionando nuestro pasado. La herida quizá permanezca, pero ya no tiene por qué decidir cada uno de nuestros pasos.
Hannah Arendt encontró en el perdón la posibilidad de comenzar de nuevo. Hay algo profundamente humano en esa idea. Todos hacemos cosas cuyas consecuencias no podemos deshacer. Una palabra cruel no puede retirarse, una traición no puede convertirse en algo que nunca ocurrió y algunas pérdidas no tienen reparación. Sin embargo, nuestra vida no tiene por qué quedar detenida para siempre en aquel momento. A veces, perdonar abre una puerta que creíamos cerrada y nos permite imaginar un futuro distinto.
Eso sí, no conviene convertir el perdón en una obligación ni exigirlo a quien todavía está sufriendo. Cada persona tiene sus tiempos. Hay heridas que necesitan meses, años o mucho más para empezar a sanar. A veces, el primer paso no es perdonar, sino dejar de alimentar el deseo de venganza. Otras veces consiste, sencillamente, en reconocer que estamos cansados de sufrir por lo mismo. No hay que avergonzarse por necesitar tiempo. El dolor no desaparece porque alguien nos diga que ya deberíamos haberlo superado.
También es importante distinguir entre perdonar y reconciliarse. Podemos perdonar a una persona y decidir que no queremos volver a tenerla cerca. Podemos dejar de alimentar el rencor y, al mismo tiempo, mantener nuestros límites. La confianza no se recupera automáticamente, y hay relaciones que no deben restablecerse. Perdonar tampoco significa renunciar a la justicia. Quien ha sufrido una injusticia merece que se reconozca el daño y que, cuando sea posible, se repare. No habría verdadera reconciliación si para conseguirla tuviéramos que silenciar a las víctimas o fingir que nada ocurrió.
Y hay otro perdón del que hablamos menos: el que necesitamos concedernos a nosotros mismos. Todos recordamos alguna decisión equivocada, una palabra que nunca debimos pronunciar o una ocasión en la que no estuvimos a la altura. Reconocer nuestros errores es necesario, pero castigarnos durante toda la vida no los corrige. Podemos asumir nuestra responsabilidad, intentar reparar el daño y aprender de lo ocurrido sin convertir nuestros fallos en una condena definitiva. También nosotros somos más que nuestros peores momentos.
¿Puede, entonces, el perdón transformar el dolor en libertad? Creo que sí, aunque no de golpe ni de una manera milagrosa. Hay recuerdos que no desaparecen y cicatrices que nos acompañan siempre. Pero llega un momento en que podemos mirarlas sin sentir que volvemos a estar en el mismo lugar. Lo sucedido sigue formando parte de nuestra historia, pero ya no ocupa todo nuestro presente. Incluso el sufrimiento puede enseñarnos algo sobre nuestra fragilidad, sobre la de los demás y sobre la necesidad de tratarnos con un poco más de cuidado.
Quizá perdonar consista, al final, en aceptar que nos han hecho daño sin permitir que ese daño diga la última palabra sobre nuestra vida. No elegimos todas las heridas que recibimos, pero podemos intentar decidir qué hacemos con ellas. Y aunque no siempre consigamos perdonar por completo, podemos empezar a caminar en esa dirección.
Porque la libertad no consiste en vivir sin haber sufrido. Consiste, quizá, en descubrir que todavía podemos querer, confiar, disfrutar de lo que nos rodea y empezar de nuevo. El pasado seguirá ahí, pero no tiene por qué acompañarnos como una cadena. La herida forma parte de nuestra historia, pero no tiene por qué convertirse en nuestro destino.
La empresa Diario de Salamanca S.L, No nos hacemos responsables de ninguna de las informaciones, opiniones y conceptos que se emitan o publiquen, por los columnistas que en su sección de opinión realizan su intervención, así como de la imagen que los mismos envían.
Serán única y exclusivamente responsable el columnista que haga uso de nuestros servicios y enlaces.
La publicación por SALAMANCARTVALDIA de los artículos de opinión no implica la existencia de relación alguna entre nuestra empresa y columnista, como tampoco la aceptación y aprobación por nuestra parte de los contenidos, siendo su el interviniente el único responsable de los mismos.
En este sentido, si tiene conocimiento efectivo de la ilicitud de las opiniones o imágenes utilizadas por alguno de ellos, agradeceremos que nos lo comunique inmediatamente para que procedamos a deshabilitar el enlace de acceso a la misma.