Las protestas de los jóvenes europeos estas últimas semanas, en las calles de cientos de ciudades de Europa, son únicas desde varias perspectivas: primero porque es la primera vez que coinciden, al mismo tiempo, en varias naciones europeas, sobre todo en el sur del continente; segundo porque estas luchas se dan frente a Gobiernos, que por un motivo u otro de tipo político, están en una fase de gran inestabilidad y por lo tanto de debilidad. Y en tercer lugar, este movimiento de miles de jóvenes europeos está siendo contemplado desde los medios de comunicación con gran timidez y escasez de información; al menos en la prensa y televisiones de nuestro país.
Algunos lectores diréis que no es el caso de España en el que se da poca información sobre todos los movimientos actuales de protesta juvenil: tanto las reacciones colectivas frente al grave problema de la vivienda, como la frustrada población de educadores, profesores, que componen toda la educación, llenan los telediarios y la prensa. Pero lo significativo de este momento de España, es que la atención está tan pendiente de los numerosos acontecimientos que se están produciendo ( anuncio de Elecciones generales el mes próximo, el complejo suceso de la “invasión” de Ceuta hace casi tres meses, el estallido de protesta contra la falta de viviendas públicas y los altos precios de alquileres y compras, a raíz del desahucio de una anciana inquilina, Mari Carmen, convertida en símbolo de la lucha contra la especulación inmobiliaria) que no parece haber más lugar o interés para la información de lo que está ocurriendo con la revuelta de jóvenes franceses, belgas, portugueses e italianos.
La impresión de esta casi ausencia de noticias de nuestros jóvenes vecinos europeos es que, hipotética y soterradamente,, hay un temor en el aire de que sigan formándose graves problemas políticos ( nacionales e internacionales) en el conjunto de la Unión Europea. Y quizás, también, el miedo a la influencia de la inestabilidad de los países vecinos sobre problemas que conciernen a todos, como las políticas de inmigración y, por supuesto, el conflicto bélico ruso-ucraniano.
La única información que nos llega es la magnitud de problemas de orden público, sobre todo en Francia, causados por las numerosas manifestaciones, número de detenidos, heridos, pero sin una mínima precisión sobre los problemas económicos, sociales o académicos que plantean los grupos de estudiantes, a los que en Francia se han unido muchos grupos pertenecientes a los “Chalecos amarillos”.
Si a estos países europeos citados, añadimos Albania y Alemania , con una parte de la población joven muy implicada actualmente en diversos problemas políticos importantes, aparece ante nosotros un panorama de grave y diversa inestabilidad política en la que la población estudiantil está teniendo un papel primordial.
Este fenómeno se traduce en que, en una proporción muy alta, los jóvenes europeos no se sienten bien representados o gobernados por los actuales líderes; como consecuencia, una parte significativa de esta población se desplaza políticamente hacia planteamientos radicales, bien sea de extrema derecha, y, en menor amplitud, de extrema izquierda.
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