, 18 de octubre de 2026
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Vergüenza
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Vergüenza

“Sobre la pena de muerte, se registraron al menos 2.707 ejecuciones en 17 países durante el último año completo evaluado (2025), lo que representa un aumento del 78 % respecto a 2024 y la cifra más alta registrada por la organización desde 1981.Este total no incluye los miles de ejecuciones que se estima que llevó a cabo China (cuyos datos son considerados secreto de Estado), ni las de países como Vietnam o Corea del Norte”. Amnistía Internacional, informe 2025.

¿Qué clase de superioridad moral le queda a una sociedad cuando repite con marchamo legal, con impune soberbia, con documentos oficiales, con asistencia médica y testigos acreditados, aquello mismo que castiga en sus leyes: el asesinato? ¿Qué razón, qué argumento, qué explicación tenemos, como verdugos, aplicando una sentencia, la pena de muerte, aberración de tal calibre que es difícil no sentir el espanto al conocerla?

Hay una pregunta que los partidarios de la pena de muerte no se atreven a formular porque la respuesta les resultaría intolerable: ¿qué diferencia nos separa, como seres humanos, del condenado al que ejecutamos? El argumento de la Justicia, tras una horca, una silla eléctrica o una inyección letal, se disuelve con solo pronunciarlo; la razón del escarmiento es tan pueril, inútil y vacía que ni nos atrevemos a utilizarla… Cuando el Estado mata con tiempo para pensar en qué está haciendo, con la anuencia de parlamentos, el aplauso de instituciones, el regocijo de togas, el silencio de partidos, la complicidad de iglesias, el orgullo de ejércitos y los plácemes de cofradías, todos ellos de parte de la ley, ya no hay ceremonia ni argumento, ni explicación, ni justificación y mucho menos razón, ni experiencia, ventaja o beneficio que purifique ese helado, improductivo y podrido acto de “justicia” que es la pena de muerte.

En Tennessee, Estados Unidos, el intento fallido de ejecutar a Christa Pike, que sobrevivió a dos dosis de pentobarbital, no ha hecho más que poner un espejo cruel, esperpéntico y hasta chabacano delante de todos, un espejo que ya avergonzaba aunque el método hubiese funcionado, porque si algo nos podría distinguir como sociedad de nuestros peores miembros, es usar el pensamiento y la inteligencia para no responder al mal con el mal, al golpe con el golpe, al ojo por ojo, porque abandonar esa capacidad es reconocer nuestra propia cobardía. ¿Tan seguros estamos de nuestra “verdad” que vamos a ser capaces de “matarla” otra vez? ¿Tan inmunes a la crueldad? ¿Tan ciegos para no ver el espejo deformado de nuestras fauces sobre la condenada?

De poco vale decir que es cuestión interna de un país, de otra mentalidad o de otras leyes. La pena de muerte, en cualquier lugar del mundo, es una responsabilidad del género humano, de todos nosotros, y es nuestra culpa la que en esa inhumana salvajada se pronuncia. Cada ejecución de una pena de muerte, en cualquier lugar del mundo, es una cláusula que borra la palabra ‘nunca’ del lenguaje de la justicia, y sin ese ‘nunca’, que debiera ser una forma de ser diferentes y sabernos mejores, lo que nos queda es la mezquina imagen de la venganza disfrazada de ley.

España abolió la pena capital en 1978 y, diecisiete años después, la abolió también en tiempos de guerra. En más de 130 Estados en todo el mundo la han suprimido de derecho o de hecho, y en todos ellos hemos descubierto que renunciar a matar a delincuentes no debilita la Justicia sino que la dignifica, la pone en la dimensión humana, la hace cosa nuestra y, con su anulación tendemos a la dignidad, a la limpieza moral.

Las fronteras, esas rayas, esos trazos caprichosos que hemos hecho en los mapas, no significan nada cuando nos enfrentamos al cuidado de nuestra dignidad. Ojalá un día nos dé vergüenza cada ejecución en cualquier parte del mundo, una vergüenza que nos despierte gritando tras cada inyección letal, nos abochorne tras cada fusilamiento, nos humille tras cada descarga eléctrica o cada cuerpo pendiendo de una horca. Avergonzarnos será la fuerza que impida la parálisis moral que nos sume en el estupor tras cada ejecución. El día en que en esta Tierra que nos acoge nadie mate en nuestro nombre, habremos recuperado el derecho a no avergonzarnos.

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