Aquel caracol estaba acostumbrado a su huerto, con decenas de variadas plantas y hortalizas creciendo en los surcos, frutales llenos de hojas y redondos ejemplares que crecían, el suelo húmedo guardando las huellas de las pisadas de su propietario, que dedicaba horas a su cuidado.
Él, mientras tanto, iba de berza en berza, de col en col aprovechando el alimento, buscando cobijo ante los fuertes rayos del sol, la lluvia o las heladas, mientras pensaba en un mundo que no conocía y con el que soñaba: el de los humanos.
Había leído, en la biblioteca de los caracoles, que los humanos eran especiales. Que su inteligencia les llevaba a ser organizados, a establecer importantes acuerdos, a adquirir cultura, a hacer leyes que regulaban la convivencia… Aquel caracol, que era inteligente, quería que su especie evolucionara lo más rápidamente para ser igual de avanzada que la de los humanos a los que tanto admiraba al leer lo que contaban los libros escritos por otros caracoles.
Un día, por pura casualidad, estaba posado en un sitio que, de repente, empezó a dar vueltas y vueltas. Muy asustado intentó pegarse con su baba como pudo para no resbalarse y caer. Se dio cuenta de que iba en un camión que se dirigía a un lugar lejano: la ciudad.
Al llegar allí, cuando ya aquella rueda en la que giraba por fin se paró, hizo un gran esfuerzo por alcanzar el suelo, y siguió caminando y caminando hasta llegar a un parque en el que pudo comer unas hojas verdes y descansar. Mientras tanto, llegaron a sentarse en el banco próximo un chico y una chica. Miraban unos papeles y les oía decir que era imposible irse a un piso juntos porque, aunque sumaran los sueldos de ambos, no podrían afrontar la hipoteca que necesitaban. Su tono de voz era triste y preocupado, porque llevaban muchísimo tiempo buscando y no lograban su objetivo.
Al día siguiente escuchó una conversación de tres chicos que estaban estudiando en la universidad e iban hablando de que no sabían cómo resolver el problema de la subida, pues se les acababa el contrato del alquiler de la vivienda que compartían y de repente les pedían el doble.
Una mañana se sentaron en el banco dos amigas de cierta edad. Una le contaba a la otra que iba a separarse de su marido, pero no se podía ir a vivir ni siquiera de alquiler por los altos costes que suponía, totalmente inabordable para sus ingresos.
El caracol no comprendía nada de todo aquello. Había leído en la biblioteca de los caracoles que en unos acuerdos importantísimos de los humanos se decía que todos los ciudadanos tenían derecho a una vivienda y se preguntaba por qué, para aquellas personas, no era posible. Tampoco entendió lo que leyó en un periódico abandonado que encontró años atrás en el que ponía que había humanos que se metían en casas de otros y sus dueños no podían entrar, incluso había quienes no pagaban el dinero acordado, pero tampoco se iban y seguían viviendo allí. En cambio, se echaba de sus casas a personas que sí pagaban por usarlas. Para la inteligencia de un caracol todas esas contradicciones no se podían comprender. Él pensaba que la forma de organizarse de los humanos era nítida, y que todos los gobiernos que había desde hacía tantos años tenían todas estas variables en cuenta para decidir lo mejor para los demás humanos.
Entre unas cosas y otras, no acababa de llegar a ninguna conclusión clara de por qué pasaba todo aquello, pues no veía una única razón para explicar tanta confusión, sino el fruto de muchos factores a los que durante años y años y años no se les había puesto remedio.
En aquel momento los humanos no le parecieron tan evolucionados como él había pensado, y dejó de tener interés por ser como ellos.
Al fin y al cabo, en el reino de los caracoles cada individuo tenía su propia casa y nadie se la podía quitar, ni ocupar, ni poner precios abusivos para usarla.
Mercedes Sánchez
La fotografía es gentileza de José Amador Martín, a quien se la agradezco.
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