Carl Honoré escribió Elogio de la lentitud, el libro que ahora "recupero" para esta columna, en 2004. Han pasado veintidós años y el fenómeno que describe permanece absolutamente vigente, incluso agudizado hasta extremos más delirantes. Probablemente el libro resultará conocido para muchos lectores, pues su condición de best-seller internacional, la conversión de su autor en figura de culto mundial y la propagación de sus tesis, que han dado lugar al llamado movimiento slow, hacen casi imposible haberse sustraído a su influencia. Las ideas de Honoré se han convertido en una especie de manifiesto fundacional, una filosofía alternativa de la vida cuyo lema, la defensa de la lentitud, ha encontrado acogida en muchos países y sectores de la sociedad. El subtítulo, Un movimiento mundial desafía el culto a la velocidad, recoge precisamente esa corriente de opinión cuyas tesis siguen interesándonos.
Porque ese es el mensaje principal del libro: frente a la locura desbocada, la prisa insensata y la fugacidad de las experiencias, frente al supuesto disfrute de un presente aún no nacido y ya consumido en el que transcurren nuestras existencias, Elogio de la lentitud propone una actitud diametralmente opuesta: vivir con mesura, disfrutar de las cosas bien hechas, del ocio fecundo, la conversación demorada, el paseo relajado, el sexo sin apresuramiento, la comida elaborada y degustada con calma, la vida sana, el descanso, el trabajo racional y el deleite de contar un cuento a un niño antes de dormir.
El libro, que cuenta con un copioso aparato teórico, abundantes notas y amplia bibliografía, postula el rechazo de la urgencia, el agobio laboral, la impaciencia en las colas, el ruido ciudadano, el consumo desatado, el frenesí del tráfico, las obligaciones imposibles que imponemos a nuestros hijos y los innumerables propósitos siempre pospuestos, así como de los miles de "tener que" que nos impiden vivir lenta y placenteramente.
Estructurado en una decena de capítulos dedicados a la comida, la ciudad, el sexo, el trabajo, el cuerpo y la mente, la medicina, la educación, el ocio y el deporte, constituye un alegato contra la velocidad y el llamado "turbocapitalismo" que, en 2004 -trasládense al presente, multiplicadas, las realidades de entonces-, nos sometía a necesidades inventadas: conexiones más rápidas a internet, microondas para quienes dicen no tener tiempo para cocinar, liposucciones para eliminar de un plumazo la grasa o cursos de lectura rápida para agotar los best-sellers. Un capitalismo acelerado que constriñe nuestras vidas con exigencias irracionales y, además, daña la naturaleza, perjudica el medio ambiente y amenaza al planeta.
Honoré defiende la desaceleración de la existencia, pero no está contra el progreso. Es un ardiente defensor de la tecnología, de las maravillas de internet; viaja en avión, usa el móvil y las Blackberrys -recuérdese: "es" 2004-, salta de un país a otro y se desenvuelve en varios idiomas como ciudadano cosmopolita del mundo globalizado. Lo que rechaza es esa visión que asocia progreso con rapidez y apresuramiento e identifica la existencia con una carrera permanente hacia no se sabe qué.
Porque esta es la clave del libro, menos sencilla de lo que parece. Detrás de la exhortación a desacelerar hay algo más profundo que la romántica propuesta de convertir el planeta en un lugar de vacaciones mediterráneo, como en esas tópicas recreaciones hollywoodienses de una idílica existencia en la Toscana, entre suaves colinas, almuerzos sencillos, vinos acogedores, sobremesas apacibles, amores intensos y plácidas puestas de sol. El núcleo de Elogio de la lentitud, lo que explica su vigencia, es que nos obliga a plantearnos una pregunta sustancial: ¿quién decide la velocidad a la que vivimos?
Honoré comienza hablando de hábitos personales: comidas ingeridas demasiado deprisa, jornadas interminables, niños sometidos a calendarios sobrecargados, ciudades diseñadas para atravesarlas rápidamente y relaciones afectivas en las que hasta el placer parece sometido al rendimiento. Pero pronto se hace evidente que su verdadero objeto no es tanto la velocidad física como su conversión en criterio moral. No se trata únicamente de hacer las cosas deprisa, sino de considerar que hacerlas deprisa es, por definición, mejor. Ahí reside la intuición más poderosa del libro: la velocidad no es solo una propiedad de los acontecimientos, sino un valor. Ser rápido equivale a ser eficiente; ser eficiente, a ser productivo; ser productivo, a tener éxito.
La cadena parece tan natural que apenas advertimos su carácter ideológico. Quien responde inmediatamente a un correo parece más responsable que quien necesita tiempo para pensar; quien hace varias cosas simultáneamente, más competente que quien concentra su atención en una; quien llena su agenda, más importante que quien deja espacios vacíos. Suponemos que quien acumula experiencias -viajes, vacaciones, comidas, relaciones, parejas- disfruta de una vida más plena que el “fracasado” que se encierra, voluntariamente o por las circunstancias, en sus rutinas; quien lee muchos libros -no dudo en personalizar, en autocrítica despiadada- parece más culto que la iletrada María Pombo; quien consume deprisa cree aprovechar mejor el tiempo que quien se demora en una comida, una conversación, un paseo o una lectura. Honoré intenta desmontar precisamente esa equivalencia.
Su libro puede leerse como una defensa de la lentitud, pero también -y quizá más exactamente- como una crítica del imperio de la velocidad. La diferencia es sutil, pero relevante. No propone sustituir una velocidad excesiva por una lentitud permanente, sino enriquecer nuestra manera de vivir mediante la pausa.
La lentitud de Honoré no es pereza, incompetencia, adanismo, nostalgia preindustrial ni rechazo indiscriminado de la tecnología. Tampoco supone regresar sentimentalmente a un mundo rural en el que se cocinaba despacio, se escribían cartas y se desconocía el móvil. El problema no es que exista la velocidad, sino que haya dejado de ser una elección para convertirse en obligación. Cuando una sociedad exige rapidez incluso allí donde ésta deteriora aquello que se pretende conseguir, la velocidad deja de ser un instrumento y se convierte en dominación, en sometimiento.
Su concepto central no es, por tanto, lo slow como contrario absoluto de lo fast, sino la búsqueda de un ritmo adecuado. Aquí aflora la expresión italiana tempo giusto, frecuente en la música clásica y horizonte de su propuesta: no siempre hay que ir despacio, sino encontrar la velocidad apropiada para cada actividad (El secreto de la vida consiste siempre en buscar el tempo giusto).
Un libro de extraordinaria actualidad, pese a sus más de dos décadas de existencia. Disfruten de su lectura sosegada, demorada y placentera.
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Carl Honoré. Elogio de la lentitud. Editorial RBA. Barcelona 2006. Traducción Jordi Fibla. 336 páginas. 12.30 euros
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