Jueves, 15 de octubre de 2026
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Desamortizaciones
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Desamortizaciones

Foto del autor Carlos Sá Mayoral
Carlos Sá Mayoral
Publicado 15/10/2026 09:44

Me ha parecido muy interesante la iniciativa de la Consejería de Cultura que, junto con el Museo de Salamanca, el Archivo Histórico Provincial y la Biblioteca Pública del Estado «Casa de las Conchas», ha organizado una exposición y un ciclo de conferencias sobre las denominadas desamortizaciones y cómo afectaron a Salamanca y su provincia.

España sufrió, desde finales del siglo XVIII hasta principios del XX, varios de estos procesos jurídico-económicos auspiciados desde la política de Estado, con distintas sensibilidades y consecuencias. Las más conocidas son la de Mendizábal (1836) y la posterior de Madoz (1855). Los fines confesos fueron sanear las arcas de Hacienda, optimizar el uso de la tierra y financiar las obras públicas.

Pero los menos confesables fueron sostener a los ejércitos liberales en su guerra contra los carlistas y favorecer a las nuevas clases adineradas para convertirlas a la causa liberal.

En el acervo popular, la de Mendizábal se percibe en nuestros días como positiva, pues arrebató las tierras al clero regular, que poco había hecho para merecerlas. Aquí se podría abrir el debate de cuál es el momento en el que un espacio libre puede acabar siendo privado legítimamente. En este sentido, me gusta la frase «La tierra, para quien la trabaja». Efectivamente, la Iglesia no lo hacía (trabajarla), pero dejaba hacer. En «sus» tierras vivieron generaciones de campesinos de forma estable y con unas rentas bajas. Las cosas cambiaron drásticamente para todas estas familias cuando llegaron los nuevos propietarios adinerados, tras las expropiaciones y las subastas subsiguientes de enormes lotes de terreno, que solo los ricos podían pagar.

Más perniciosa para el campesinado fue la desamortización perpetrada por Madoz, conocido por su Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar, obra que resultó de realizar un exhaustivo inventario de cada palmo del territorio español. Su desamortización no solo acabó con algunas propiedades eclesiásticas que habían quedado sin tocar por Mendizábal, sino que también arrampló con las tierras comunales de los municipios, muchas de ellas complemento económico de los vecinos y, en bastantes ocasiones, sustento del campesinado más pobre. Madoz consiguió que unos pocos privilegiados se quedaran con el suelo de decenas de miles de personas más vulnerables, expresado en términos actuales.

Si bien es cierto que las arcas públicas se beneficiaron y se acometieron algunas de esas obras públicas mencionadas, incluidos los comienzos de la red ferroviaria, el balance, desde el punto de vista social, no parece especialmente positivo, sobre todo si tenemos en cuenta que la tierra no se repartió con equidad, los latifundios aumentaron y las masas campesinas perdieron sus fuentes de sustento y tuvieron que aceptar salarios de hambre como jornaleros para los nuevos amos. Al parecer, hay quien encuentra positivo el sufrimiento de estas poblaciones, ya que, gracias a las penurias provocadas por quedarse sin tierra, acabaron convirtiéndose en la clase proletaria urbana que haría posibles los inicios de la industrialización de España.

A todos estos males hay que sumar los daños causados al patrimonio. Las nutridas bibliotecas de los monasterios sufrieron pérdidas importantes. Los libros se concentraron en depósitos provinciales y buena parte de ellos acabaron en bibliotecas públicas del Estado, pero otros muchos se destruyeron involuntariamente por la humedad, los roedores, etc. Finalmente, están los que fueron expoliados, terminando en manos de coleccionistas privados. Ocurrió otro tanto con las obras de arte. Las más grandes y valiosas fueron a museos, pero una gran cantidad de las pequeñas fueron robadas. Con la creación de la Comisión Científica y Artística (1837) y más tarde, la con la aparición de las Comisiones de Monumentos Históricos y Artísticos (1844) se trató de poner fin a los desmanes descritos anteriormente.

Por último, el patrimonio arquitectónico se vio claramente comprometido por la falta de mantenimiento de muchos de los edificios incautados, que quedaron abandonados. Primero se derrumbaron las techumbres y, posteriormente, acabó arruinándose el resto de la construcción.

Por poner un solo ejemplo visual de las consecuencias mencionadas anteriormente, invito a contemplar los colosales restos del Convento de Nuestra Señora de la Casa Baja de El Maíllo, cerca de La Alberca.

Finalizo comentando que Monasterios y conventos sufren hoy en día un nuevo abandono similar al producido por las desamortizaciones, pero en este caso por causas naturales. La falta de vocaciones religiosas los deja sin inquilinos eclesiásticos y esos espacios de silencio en medio de las ciudades -estoy pensando en el Convento de las Úrsulas de Salamanca- transformarán inevitablemente su uso, pero con la ventaja de que las instituciones culturales y una mayor conciencia ciudadana no permitirán ni su saqueo ni su ruina.

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