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La Luz que se puede abrazar
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DESDE LA CIUDAD DE LA LUZ

La Luz que se puede abrazar

Publicado 14/10/2026 07:51

Durante muchos años he buscado la luz.

La he buscado en las primeras claridades del amanecer, cuando el mundo parece regresar lentamente de las sombras; en las piedras doradas de Salamanca, que guardan entre sus siglos una memoria de soles antiguos; en las aguas del Tormes, donde la ciudad se contempla a sí misma; en los rostros, en las ventanas, en los silencios y en esos instantes irrepetibles que la fotografía intenta rescatar del tiempo

He dedicado buena parte de mi vida a mirar la luz, a perseguir sus formas, a descubrir su geometría y a comprender ese misterio por el cual las cosas, al ser iluminadas, parecen revelarnos algo de su verdadera naturaleza.

Siempre he creído que la luz es mucho más que un fenómeno físico.

La luz transforma nuestra manera de mirar. Nos enseña que la belleza no está solamente en las cosas, sino también en la emoción de quien las contempla

Pero hay descubrimientos que no llegan a través del pensamiento. Llegan de pronto, silenciosamente, cuando la vida nos ofrece una experiencia que modifica todo cuanto creíamos haber comprendido.

Hace unos días, mientras escribía una carta a mi nieta, descubrí algo que quizá llevaba muchos años esperando encontrar.

Mi nieta se llama Lucía.

Y Lucía significa luz.

Es una niña alegre, luminosa, llena de vida. Cuando sonríe, cuando juega, cuando se desliza sobre sus patines o cuando se acerca para regalarme un abrazo, siento que hay una forma de claridad que no procede del cielo ni necesita atravesar las ventanas.

Una luz que nace del cariño.

Mientras escribía aquella carta comprendí que durante muchos años había buscado la luz en los paisajes, en las ciudades, en las piedras y en los amaneceres, sin advertir que una de sus manifestaciones más hermosas estaba mucho más cerca de mí.

Entonces apareció una idea que me conmovió profundamente:

La luz también se puede abrazar.

No era una metáfora buscada ni una imagen literaria construida deliberadamente. Era el reconocimiento de una emoción verdadera.

Porque hay personas cuya presencia ilumina nuestra existencia. Personas que llegan a nuestra vida y la transforman sin proponérselo, que nos enseñan una manera diferente de comprender la belleza y que hacen que el mundo resulte más habitable.

A veces son los hijos. Otras veces, los nietos. También puede ser la persona amada, un amigo, alguien cuya bondad nos acompaña en los momentos difíciles.

Son esas luces que no proyectan sombras sobre las paredes, pero que consiguen disipar algunas de las sombras que llevamos dentro.

Y quizá sea esta una de las dimensiones más profundas de la belleza: su capacidad para convertirse en amor.

He pensado muchas veces que fotografiar consiste en aprender a esperar. Esperar el instante en que la luz descubre una forma, transforma un paisaje o convierte lo cotidiano en algo extraordinario. Pero ahora comprendo que existe otra forma de espera: la de los afectos, la de las vidas que llegan a la nuestra, la de los encuentros que nos transforman y nos enseñan a mirar de nuevo.

Hay una geometría de la luz que podemos descubrir con los ojos. Está en las líneas de los edificios, en las proporciones de la arquitectura, en las sombras que dibujan las columnas o en el equilibrio secreto de los paisajes. Y existe también una geometría invisible, la que construyen los sentimientos y los vínculos humanos.

No puede medirse con instrumentos ni encerrarse en una fotografía. Pero quizá sea la que da sentido a todas las demás.

Pienso ahora que la luz más importante no es siempre aquella que ilumina las cosas, sino la que nos permite reconocer aquello que verdaderamente importa.

La que nos enseña a querer.

La que permanece en la memoria cuando los días se han ido.

La que sigue iluminándonos incluso cuando cerramos los ojos.

Todos tenemos una luz que se puede abrazar. Y quizá la verdadera felicidad consista en reconocerla mientras todavía podemos hacerlo.

Mi nieta Lucía me ha enseñado, sin saberlo, una nueva manera de comprender la luz.

Y mientras continúo buscándola en las calles de Salamanca, en sus piedras, en sus amaneceres y en los reflejos del río, sé que hay una claridad que no necesito perseguir con mi cámara.

Me basta con abrir los brazos.

Porque después de tantos años intentando fotografiar la luz, he descubierto que una de sus formas más hermosas no necesita ser fotografiada.

Solamente necesita ser abrazada.

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