Se atribuye a Mario Benedetti la frase: “Pesimista es el optimista bien informado”. No seré yo quien presuma de estar siempre bien informado, lo que sí afirmo es que veo, leo y escucho lo que sucede a mi alrededor para poder tener mi propia opinión, sin pretender que sea la única cierta. Con una reiteración rayando en la machaconería, vengo repitiendo desde estas páginas que nuestros políticos liberal-conservadores, por un exceso de ingenuidad, siempre se ven sorprendidos por las iniciativas que se toman desde el lado opuesto. Tampoco soy amigo de “al enemigo, ni agua”, pero, sobre todo en política, hay que admitir que no se practica siempre el buenismo. Los partidos llevan en su esencia alcanzar el poder para intentar poner en práctica su credo político. Una vez alcanzado, suelen caer en la tentación de anteponer la permanencia en el poder a la observancia de que ese programa ha dado resultados beneficiosos para todos los ciudadanos. Cuando se olvida esa obligación, y se acude a toda clase de procedimientos, cumplan o no las más elementales formas de legalidad y honestidad, ese partido, o ese político concreto, no son dignos de seguir en el poder. En democracia, la solución sólo es una: atenerse a lo que prefiere la mayoría, sin por ello olvidarse de quien piense de distinta forma.
A pesar del exagerado egocentrismo de Sánchez, y su constante manía de pregonar una falsa mejoría de nuestra situación, lo único cierto es que España va muy mal. Las verdaderas estadísticas que importan al ciudadano de a pie son las que influyen en su situación a final de mes y, en esas, el algodón no engaña. Por mucho que el gobierno se empeñe en colocarnos como un país próspero, sin graves problemas, donde todas las instituciones contribuyen al bienestar social a base de ir solucionando las complicaciones que se presentan en cada momento, una gran mayoría de españoles, sin excluir a ningún partido político, opina todo lo contrario.
Optando por la costumbre de mentir continuamente, incumpliendo lo prometido y propiciando la formación de bandos opuestos que llegan a odiarse, Sánchez está llevando a España a un callejón sin salida. La economía, fatal; la política exterior, un desastre; la paz y tranquilidad internas brillan por su ausencia y, como las desgracias nunca vienen solas, a la mala racha de tragedias y siniestros hay que añadir el rosario de casos de corrupción que afectan a miembros del gobierno, del partido y de la familia de Sánchez. El surtido es tan variado e importante que, a pesar de intentar taparlo, la manta ya no es suficiente, asoma por todos los lados. La magnitud ha hecho que el caso sea conocido en todo el mundo y los países de nuestro entorno ya comienzan a taparse la nariz. Ya no se fían del dandy del Falcon, ni gente que le ha votado ni partidos que le han apoyado.
En medio de tan negro panorama, dos fuertes mazazos han venido a complicarle la situación: la invasión teledirigida de Ceuta – muy mal gestionada, peor explicada y no solucionada- y la derrota de los dos decretos destinados a solucionar ¿? el problema de la vivienda. El revolcón del Congreso ha sido la guinda que ha obligado a Sánchez a convocar elecciones para el 29 N. Se ha visto entre la espada, representada por los partidos que le han negado el voto, y la pared, reflejada en el desplome que anuncian todas las encuestas -incluida alguna de la casa. No ha tenido otra salida posible. Ahora bien, como dice el irreverente refrán popular, a los tontos y a los pastores se les aparece la Virgen. A Sánchez se le apareció una anciana desahuciada por el dictamen de un juez que creyó tener motivos para condenar su conducta, un tanto distraída. El infortunio ha querido que Maricarmen falleciera en el hospital por todos los sobresaltos de última hora. El Gobierno, sus palmeros y el Sindicato de La Tienda de Campaña, aprovecharon ese clavo ardiendo para intentar clavárselo a la oposición. Manifestaciones, acampadas y algaradas consentidas y apoyadas desde Ferraz llenaron las calles de media España. Altares con flores, pancartas nada espontáneas y caras muy conocidas encabezando las protestas, han sido, y seguirán siéndolo, la noticia diaria de apertura. Pues bien, ni una sola de estas personas tan compungidas y agraviadas se ha dignado asistir al funeral de Maricarmen. No me vale la excusa de que la familia buscaba la intimidad. En demasiadas ocasiones se pasa por encima de esa intimidad y ni se piden disculpas. Curiosamente, el pasado mes de septiembre, se suicidó una mujer de 54 años, en Hospitalet de Llobregat, tras ser desahuciada por el dictamen de otro juez. Tenía dos hijas, una de ellas menor de edad, pero ¿dónde estaban las plañideras del gobierno y de la Puerta del Sol? Claro, entonces era tirarse piedras a su propio tejado y, en esta ocasión, se podía descargar la responsabilidad sobre las espaldas de la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid ¿Qué hizo el Gobierno para evitar el desahucio? ¿Dónde están los ciento de miles de viviendas que se “hacen” en cada mitin de Sánchez? ¿De dónde pretende sacar los 10.000 millones de € que van a solucionar el problema de la vivienda? Si ahora es posible, y no tenemos Presupuestos aprobados ¿por qué no se ha hecho antes? ¿Cuándo va a llamar al mago de turno para que haga aparecer los millones necesarios para cumplir lo prometido tras el volcán de La Palma, la riada de Valencia, el accidente de Adamuz y la peligrosísima situación de Ceuta?
Ahora bien, a pesar de todos los pesares, Sánchez ha vuelto a sorprender a la oposición. Con porvenir tan fatídico, ningún gobernante convocaría elecciones. Sánchez sí lo ha hecho. Una vez más, la oposición ha caído en la trampa. Ya contaba con el revés del Congreso porque sólo a él se le había ocurrido el recurso de la Comisión Permanente. Si no es suficiente, le queda la baza del Tribunal Constitucional. De esta forma, la izquierda muñidora del ataque a los propietarios de viviendas, y los independentistas que exigen la amnistía de sus compañeros, quedan complacidos. Sólo falta que el parón de la Ley de los Nietos quede sin efecto para que el resultado de las elecciones no sea tan claro como se supone. Cien ojos serán pocos para asegurarse que no haya otro as en su manga.
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