Aquella mañana del 12 de octubre de 1936 se le había conferido el “honor” de representar al jefe del Estado en los solemnes festejos del “Día de la Raza”.
Justo hace 90 años, en el Paraninfo de la Universidad de la ciudad de Salamanca, un vasco de piedra blindada -como salido de un verso de Miguel Hernández- protagonizó el acto intelectual más valiente de toda la guerra civil. Me refiero a otro Miguel, bilbaíno para más señas: Miguel de Unamuno y Jugo. Aquella mañana del 12 de octubre de 1936 se le había conferido el “honor” de representar al jefe del Estado en los solemnes festejos del “Día de la Raza”. No hay explicación más racional para que Franco delegase en don Miguel que un intento por parte del “caudillo” de volver a ganar el afecto hacia la “causa nacional” de un Unamuno horrorizado ante la cruel represión fascista. Tengamos en cuenta que ese 12 de octubre era la primera ocasión de importancia mediática en la que el “generalísimo” hubiera podido exhibirse en con su recién estrenada jefatura del Estado. Pero Franco había recibido pocos días antes al viejo rector en su cuartel general -montado en el palacio episcopal por la genuflexión del obispo Pla y Deniel- y en aquella conversación pudo darse cuenta de que se le iba de las manos la mayor baza intelectual afincada en la España desleal al legítimo gobierno de Madrid. La fama del escritor vasco se esparcía por el orbe, y aunque repudiado por muchos compatriotas y extranjeros por su inicial apoyo al golpe, otros grandes de la literatura como Henry Miller intentaban cartearse con él.
Don Miguel se había dado cuenta del terrible error cometido y fiel a su principio de que la verdad redime -aderezado con que callar es mentir- decidió por fin hablar. Parece que no entró en aquel lugar de sabiduría -convertido en una especie de
cantina cuartelera- con intención de pronunciarse y menos con vehemencia, pero estuvo obligado a escuchar los nefastos discursos que precedieron al suyo, que improvisó tras tomar unas pocas notas escritas en el sobre de una carta enviada por Enriqueta Carbonell, rogándole esta que intercediera en favor de Atilano Coco su esposo y predicador anglicano, detenido por los franquistas.
Se levantó y se hizo el silencio. Arrancó Unamuno su proclama en defensa de vascos y catalanes, insultados momentos antes, condenando la brutal represión de los sublevados y gritando aquello de que vencer no es convencer. No voy a repetir aquí los detalles de su archiconocido incidente con los restos vivientes de Millán Astray.
Hace no mucho escuché en una conferencia a Andrés Trapiello diciendo que no sabemos a ciencia cierta qué pasó en el Paraninfo aquel 12 de octubre. Se trata a todas luces de una aseveración inexacta. El propio Unamuno nos lo explica en sus cartas, expresando que por defender la verdad se armó una buena y los fascistas aullaron. Todos los testigos apuntan en la misma dirección, reconociendo algunos que, de no haber intermediado Carmen Polo -esposa de Franco- se podía haber llegado a agredir físicamente a don Miguel.
Pero, aunque aquella sala hubiese permanecido hermética ante la historia y ni un solo testimonio hubiese salido de ella, son innegables las consecuencias contra don Miguel: abucheado por la tarde en el casino, expulsado del ayuntamiento la jornada siguiente, despojado de su cargo de rector poco tiempo después…
El asunto no quedó ahí. Ocurrieron cosas más graves. Ese mismo 12 de octubre, Francisco Franco en persona, ordenó acudir a su cuartel general al jefe del Servicio de Información Militar (SIM). Lo sabemos tras encontrar un documento que así lo atestigua en el Archivo General Militar de Ávila. Entre otros miles de documentos estaba esta orden hábilmente camuflada en una carpeta que contenía otras cosas, pero es evidente cual fue el suceso que alteró los planes de Franco y porque hizo llamar al coronel Salvador Múgica en tan señalada fecha.
Esa misma tarde don Miguel empezó a ser vigilado. Y también tenemos conocimiento de que su correspondencia era espiada, impidiendo que la destinada al extranjero saliera de España. Finalmente, el 20 de diciembre de 1936, el coronel Múgica envió un informe oficial a Franco sobre Unamuno que suponía -y supuso- una condena a muerte en aquel clima de represión salvaje del primer otoño de la guerra civil. Pero esto es una historia de la que hablaremos en otra ocasión.
Concentrémonos en la idea de que el 12 de octubre comenzó el calvario de un hombre apresado disimuladamente en su propio hogar. Repudiado por casi todos en aquellos momentos, lo que supuso un dolor lacerante, casi físico. Y lo que
resultó más grave: comenzó el secuestro de su Memoria, haciéndole pasar a la historia como un aliado de sus verdugos.
La primera biógrafa en desmontar esa imagen fue Margaret Rudd. Conocemos desde hace años su obra a través de sus seguidores, los que la han estudiado y citado. Me refiero a quienes la han empleado en sus obras de ensayo y no a otros autores de literaturas inciertas. Destaca entre aquellos Carlos Rojas, que en su “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!” trata de divulgar, con la escasa onda expansiva de un libro, la verdad de aquel “Día de la Raza”, repitiendo las tesis de Margaret Rudd en “The Lone Heretic”. Esta inteligente mujer describió la naturaleza del incidente en el capítulo 27: His Day of Destiny: october 12, 1936 y atisbó las consecuencias, dejando claro en otras partes de su obra que Unamuno no era de los franquistas y que entorno a su fallecimiento había elementos muy sospechosos.
El velo franquista que cubría al luchador vasco naturalizado salmantino fue rasgado por un magnífico cineasta: Alejandro Amenábar. Su película Mientras dure la guerra, -donde plasmó con maestría el enfrentamiento de Unamuno con los golpistas-, cambió en el acervo popular la distorsionada imagen de un hombre que, como dijo Margaret Rudd, tuvo el día de su destino el 12 de octubre de 1936, que le condujo hacia su trágico final y que ahora, 90 años después, podemos celebrar en recuerdo del protagonista de aquel acto de valor sin precedentes.
Carlos Sá.