Enternecido por las madres ajenas. La nobleza de las ancianas sayaguesas que doblaron el lomo con la siega y con los hijos, que ahorraron y escondieron los billetes en las paredes de adobe, todo para sus hijos. Sin caprichos, ni necesidades superfluas. A Misa los domingos y sin vacaciones, verbenas en los pueblos y sin arrimarse mucho.
La felicidad en sus hijos, en el marido rudo, cuidando a los suyos y sin necesidad de lifting. En las residencias las veo, las siento, me dan un beso en la mano como los niños de Marruecos, sonríen con los recuerdos, con la vida entregada, con las costuras y las pilas lavanderas. Bailan en los recuerdos de su folklore, de sus pasodobles y su música celestial.
Mejoraron las leyes, las madres modernas trabajan en la ciudad, tienen seis meses de maternidad y lactancia, también los padres. Pero se agobian, muchas tienen ansiedad. Se comparten más las tareas pero para atender a sus hijos necesitan salud mental. Cambiamos los confesionarios por los psicólogos y nos quedamos sin la promesa del más allá. Cambiaron los miedos del más allá por los del más acá.
Las madres sayaguesas, pudieron tener miedo a sus maridos. Pero no a sus hijos.
Nuestros alumnos preferidos, no son los primeros, si no los últimos. Los que adoran a sus madres y padres maltratadores que los abandonaron. Mientras tanto los primeros desprecian a sus padres consentidores y compradores.
Las buenas notas pueden convivir con abusadores y discriminadores, con aires de superioridad. Mientras las malas se pierden en un mar de dudas y desesperación por el amor inconsciente a una madre ficticia.
Mientras los políticos son viudos plañideros de muertes provocadas, por indultos a la indecente avaricia de poderes escondidos a cualquier precio.
Ahí, en ese oleaje nadamos contracorriente para rescatarnos con los puros de corazón. Visualizando por amor la belleza de la arruga, del que quiere aprender, del frágil de verdad. El que no sabe cuidarse y quiere cuidar a los suyos.
Las emocionantes asambleas de los que se inmolan por un beso. No es la droga del gimnasio, de la perfección externa, es la droga de la evasión del dolor por los demás.
Los mil caminos de la ciencia del contacto, del abrazo, del compromiso más allá del convenio colectivo. La ciencia que supera el lenguaje binario de las evidencias científicas de la fría universidad. La educación en la calle de la vida que parece no fijarse en la historia. El reto está en el sentido de la vida, es más importante la fe que la salud. La intelectualidad de las caricias que aclaran el mapa y orientan los destinos de los niños más vulnerados en la soledad con los ancianos y en la eternidad del sueño.
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