“Nada se me aparece como intolerable, salvo lo que destruye”. JEAN PAUL SARTRE, La náusea, 1938.
Debo hoy pedir disculpas por la autorreferencia, que no acostumbro a utilizar en la expresión de mis opiniones, pero en este tema se me impone. En asuntos que parecen esenciales solo porque desde hace siglos condicionan en gran medida la vida de mucha gente (la religión, Dios y los dioses, las guerras religiosas, identidades excluyentes por la creencia, identidades excluidas, injusticias, marginaciones y guetos por la diferencia de credos), una de las libertades más difíciles de mantener frente al agobio de la trascendencia y la asfixia de los dioses, consiste precisamente en descubrir nuestra capacidad de renuncia, en no estar.
En una reunión celebrada recientemente con algunas personas hasta entonces desconocidas para mí, relacionadas con temas de tipo artístico, me presentaron como filósofo (condición que ni ostento ni pretendo, pero asociada por algunos a mi formación académica). Inmediatamente, algunos de los reunidos formularon (me formularon) una pregunta que parece estar automáticamente asociada, como si después de nombrar la Filosofía hubiese que añadirla inevitablemente: “¿Y tú crees en Dios?”. La naturalidad y la inmediatez de la pregunta dio lugar enseguida a un debate sobre el tema, convirtiéndose el grupo en una pequeña asamblea de creyentes, ateos, agnósticos, espirituales sin religión y demás habitantes de ese territorio en el que Dios, incluso cuando se le niega, continúa ocupando un lugar preferente.
Existe una paradoja en la manera occidental de enfrentarnos a la ‘divinidad’ que es, en lenguaje popular y lamento que taurino, “entrar al trapo”, es decir, que en el debate sobre Dios, la divinidad, la religiosidad o las creencias de trascendencia, hasta el ateísmo declarado es una forma de mantener a Dios en el centro dialéctico del debate, ya que negar su existencia es seguir hablando de ella. La Teología y otras “ciencias” sobre lo imaginario, ha creado a lo largo de los siglos todo un corpus de obras, santos, gurús y contenidos doctrinarios que pretenden, lógicamente en vano, una justificación ontológica. El poder, y la cultura del poder, ha salpicado durante siglos sus privilegios y dictaduras en lo que esa teología inventa. Pero no es este el lugar para debates tan sesudos como improductivos. Así que retomemos “el trapo”. El creyente dice “Dios existe” y el ateo responde “Dios no existe”, mientras el agnóstico afirma que no nos es posible saberlo, o la mentalidad espiritual busca una presencia que no sabe nombrar. Cambian las respuestas, pero la pregunta permanece intacta, majestuosa, casi tiránica, presente en mitad, ya no de una simple reunión de artistas como la nuestra, sino en el centro mismo de la voluntad humana de nombrar y en la percepción colectiva -también humana- de la realidad.
No necesito declarar que Dios existe, ni que no existe, ni que resulta imposible saberlo o debatir las formas que Dios tiene en el pensamiento o en las acciones de la realidad, porque todas esas afirmaciones, debates o discusiones, conceden de entrada a la idea de Dios una importancia que no estoy dispuesto a concederle. No se trata de negar a Dios, sino de no necesitarlo, y mucho menos reconocerlo como problema. No se trata de una batalla ni una forma de anti-cruzada contra la divinidad, porque esa batalla convertiría en protagonista el Sí o el No, exactamente el triunfo dialéctico que persigue. Tampoco se trata de la indiferencia sino de algo más sencillo y radical: Dios no forma parte de las preguntas desde las que organizo mi existencia.
Esta postura, que no es una extravagancia (¿filosófica?), tiene consecuencias profundamente humanas, porque si Dios deja de ser el centro del pensamiento y de la conversación, ese centro queda disponible nada menos que para nosotros, para la vida de vivir, para luchar contra el sufrimiento que sí es real, para batallar contra la injusticia sin cielos ni infiernos, sin espadas ni banderas ni escudos espirituales, sino para ejercer sin trabas ni ñoñerías celestiales la solidaridad humana, el amor al prójimo que no necesita, ni busca, recompensa divina.
No necesito saber qué piensa Dios del mundo para preguntarme qué estamos haciendo nosotros con ese, este, mundo. No necesito imaginar divinidad alguna, ni tampoco negarla, para preocuparme por mis semejantes, con los que comparto esta casa que es la Tierra. En eso reside mi verdadero alejamiento de la vieja discusión: no en haber elegido un bando, sino en haberme ido de la disputa o, mejor, no haber entrado en ella. Mis contertulios siguieron en su acalorada, aunque amigable diatriba, y mientras discutían si Dios está o no está, existe, decide o calla, decidí seguir mirando la vida que sí está, que existe y grita, y que además se nos está acabando rápidamente. La cuestión tal vez no sea demostrar que Dios existe o demostrar que no existe (ambas ‘demostraciones’ serían puro humo), sino preguntarnos por qué seguimos necesitando una pregunta sobre Dios: ¿para sentir, tal vez, que nos preocupamos de grandes cosas o victimizarnos constantemente por nuestra pequeñez?. A veces la libertad no consiste en encontrar una respuesta, sino en ser capaces de no formular (se) la pregunta.
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