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Un gato sardónico
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Un gato sardónico

Publicado 09/10/2026 08:09

Con el Día Mundial de los Animales aún reciente, quiero proponerles, como la semana pasada, otro libro espléndido con un animal en su centro, un clásico de la literatura japonesa y universal con más de un siglo de vida: Soy un gato, quizá la obra más conocida de Natsume S?seki.

Soy un gato, aunque todavía no tengo nombre. No sé dónde nací. Lo primero que recuerdo es que estaba en un lugar umbrío y húmedo, donde me pasaba el día maullando sin parar. Fue en ese oscuro lugar donde por primera vez tuve ocasión de poner mis ojos sobre un espécimen de la raza humana. La elocuencia de este comienzo no solo anuncia que el protagonista es un gato, sino que permite inferir sus facultades humanas: habla, piensa, recuerda, juzga y escribe. La singularidad de la novela consistirá en utilizar la mirada de un animal para transformar en extraño aquello que los seres humanos consideran normal y convertir la cotidianidad en objeto de una investigación sobre la modernidad, la cultura, la identidad, el conocimiento y la soledad. Soy un gato no es, pues, tanto una novela sobre un gato como una novela que encuentra en él un instrumento para observar a los seres humanos.

Natsume Kinnosuke -S?seki es un seudónimo- nació en Tokio en 1867 y murió en 1916, en paralelo al reinado del emperador Meiji, Mutsuhito. La era Meiji, entre 1868 y 1912, modernizó Japón, que pasó de un orden casi medieval a un Estado moderno, incorporando instituciones, tecnologías, ciencia y modelos culturales occidentales. Tras abandonar un proyecto de estudiar arquitectura, S?seki se formó en Literatura inglesa; en 1900 viajó a Inglaterra con una beca del Gobierno japonés y permaneció allí hasta 1903. Esta condición “fronteriza” de un escritor situado entre tradiciones, que ni rechazará Occidente ni considerará tampoco que la occidentalización sea un progreso automático, aflora de modo notorio en su libro.

Quiero advertir, por si estas menciones a la historia y la realidad social japonesas pueden inducir a confusión, que el lector no se encontrará una obra cuyo interés dependa de conocer previamente aquella cultura, ni vetusta novela que se recupera ahora con la mera finalidad de acceder a una anacrónica muestra de la literatura nipona de hace un siglo. Por el contrario, Soy un gato es un libro absolutamente vivo en el tiempo y en el espacio; su lectura, su planteamiento, su propuesta literaria y sus ideas, están plenamente vigentes y son extrapolables, comprensibles y disfrutables por un lector español contemporáneo. Se trata de un clásico, una de esas novelas que utilizan una circunstancia histórica muy concreta para hablar de problemas que no han dejado de ser nuestros, entre otros la dificultad de adaptarse a un mundo que cambia demasiado deprisa, la fascinación por lo nuevo, la imitación de modelos extranjeros, la necesidad de aparentar que sabemos más de lo que sabemos, la soledad, el narcisismo, la estupidez de las convenciones sociales, la relación entre inteligencia y vanidad o, en un sentido más amplio, la desconcertante experiencia de vivir en una sociedad que se está convirtiendo en otra; un asunto muy relevante en un escritor que no solo puede ser visto como representativo de esa etapa de modernización japonesa, sino también como uno de sus grandes críticos.

En 1905, el gato sin nombre es adoptado en la casa de Kushami, profesor de inglés de enseñanza media. Desde allí observa a su propietario, su familia, amigos y vecinos de diversos estratos sociales, convirtiendo así el espacio doméstico en espejo de la realidad del país. Kushami, trasunto del autor, es mediocre, irritable, enfermizo, vanidoso y ridículo, aunque entrañable. Las conversaciones con su cohorte de disparatados amigos parten de triviales asuntos cotidianos para desembocar en discusiones sobre literatura, ciencia, filosofía, dinero, educación, arte, Oriente y Occidente, política, moralidad y costumbres sociales. El libro no sigue una trama convencional, sino que se muestra como una sucesión de episodios, una estructura deudora de su publicación originaria por entregas. Es la mirada del gato la que da continuidad a la narración.

Uno de sus grandes aciertos es la creación del gato narrador, un personaje con voz propia, prejuicios, curiosidad, ironía, orgullo y deseos. Es vanidoso, parcial, pretencioso, fatuo y narcisista, se cree superior a los humanos, de los que, para su desgracia, depende. Es perspicaz aunque, a la vez, poco confiable, ambigüedad esencial para la riqueza de la novela. En su relato mezcla lenguaje refinado y pedante, falsa objetividad y atrevido disparate, impregnando de humor al texto. Esa lúcida mirada del gato permite contemplar desde fuera una sociedad que se estaba volviendo extraña para sus habitantes. El gato cuestiona el modo de vivir de los humanos y se pregunta por sus absurdas costumbres. Así, la novela satiriza una sociedad cuyos individuos, sometidos a esos rituales heredados, creen ser razonables mientras resultan ridículos observados desde fuera.

La obsesión con la inteligencia atraviesa el libro. Kushami y sus amigos quieren parecerlo hablando de libros, ciencia, arte y filosofía, pero la mirada gatuna revela su vanidad, ridiculez e incapacidad para comprenderse a sí mismos. S?seki no desprecia la inteligencia ni la cultura, sino su conversión en instrumento de vanidad. De ahí las numerosas referencias a personajes históricos, filósofos, textos clásicos, religión, ciencia, arte y cultura popular, integradas con naturalidad en el texto para satirizar la utilización social del conocimiento sin verdadera comprensión. Y todo ello en un texto con un muy destacado tono conversacional, en el que la acción se sustituye por la palabra. La pedantesca logorrea de los personajes muestra la distancia entre lo que se dice y lo que se hace, permite observar cómo se oculta la inseguridad detrás de una opinión tajante, y cómo se convierte la cultura en una suerte de fatua competición.

Pese a su humor, la novela deja una profunda sensación de melancolía. Percibimos confusión, soledad, ansiedad, angustia y patetismo en unos individuos que ven desmoronarse el mundo antiguo mientras el nuevo, inexplicable, todavía no se ha asentado. Soy un gato refleja magistralmente esas tensiones, con sus personajes a caballo de dos mundos, que, con el filtro irónico de la mirada felina, muestran una etapa decisiva de la historia japonesa. Al mismo tiempo, aborda una experiencia universal, en uno de sus rasgos de mayor relevancia en la actualidad: la dificultad de vivir en un mundo demasiado cambiante y la sensación que nos acomete a quienes lo habitamos de que todo a nuestro alrededor se modifica a una velocidad más acelerada que nuestra capacidad para asimilar esa vertiginosa transformación.

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Natsume S?seki. Soy un gato. Editorial Impedimenta. Madrid, 2010. Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés. 646 páginas. 29,95 euros

Alberto San Segundo - YouTube

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