Viernes, 09 de octubre de 2026
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El lenguaje de la Madre Tierra
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El lenguaje de la Madre Tierra

Publicado 09/10/2026 08:05

El color azul del cielo de pronto presta su espacio a un gris plomizo que lo cubre, y va convirtiéndose en una tromba de agua, de un tono tirando a terroso, que parece una cortina que impide ver el horizonte, lo lejano, casi como las mentes cuando se obcecan y prefieren permanecer ocultas bajo ese manto que no deja contemplar la verdad delante de los ojos.

A la lluvia y su trepidante sonido se une el aire revuelto que, mientras silba, lanza el agua en cualquier dirección.

El olor a tierra mojada impregna la tarde.

Pero hay algo intranquilo en la atmósfera.

Una desazón latente.

Un colorido inusual.

Inesperadamente, lo que se inicia como un ritmo acompasado, que podía ser una melodía de fondo a ese triste firmamento del que caen perlas heladas como lágrimas, se transforma en algo que parece un ataque a la calma, al sosiego, incluso a la tranquilidad. Porque la tormenta añade, al color terroso, el alocado aire, la fuerte lluvia, el sonido ensordecedor, incluso granizo como pelotas de golf que golpean enojadamente sobre las barandillas y los suelos, haciendo un ruido infernal, mientras las bolas de hielo se abalanzan sobre las ventanas como si fueran piedras lanzadas con rabia y a gran velocidad.

Nunca había visto algo así.

Sobrecoge la posibilidad de que los frágiles cristales se rompan.

La cabeza agolpa, mientras tanto, imágenes que quedaron archivadas de bombas, de guerra, de inseguridad, de miedo y muerte, y reflexiona sobre cómo puede soportarse día tras día guerra tras guerra, cómo se defiende el alma ante la devastación y la incertidumbre.

Pero esto es otra cosa. Esto tiene fin cuando la tormenta amaina. Terrazas vacías, sillas mojadas y sucias, paraguas agujereados, ramas rotas, mantos de hojas arrancadas por el insistente golpeo del granizo y arrojadas en su viaje por el viento hasta aterrizar en su mullido colchón, coches abollados, lunas y faros destrozados… Capas de bolas de hielo cubriendo el suelo, como grava blanquecina, comenzando a derretirse lentamente...

Es el quejido de la Madre Tierra.

Es su llanto helado.

Es la forma que tiene de contar, con sus mudas palabras, todos sus lamentos.

Necesita cuidados, porque sabe que ella es nuestro legado. Nuestro único sustento. Nuestro pulmón. Nuestra alba y nuestro aliento.

No quiere que, por descuido, robemos las nubes esponjosas, el sol de atardecer, amaneceres rosas, lluvia cadenciosa, aire con olor a pino y hojarasca, hierba recién cortada.

No quiere que nos falten calma y sosiego, rumor de ríos claros, inspiración de poetas y versos, descansos veraniegos.

Quiere darnos cosechas abundantes, caricias fraternales, amor de primavera, inviernos con abrazos…

La Tierra sólo quiere tener nuestro cariño y mecernos en sus brazos.

Lograrlo, en gran parte, está en nuestras manos.

Mercedes Sánchez

La fotografía es gentileza de José Amador Martín, a quien se la agradezco

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