Miércoles, 07 de octubre de 2026
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Lluviame
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Lluviame

Publicado 07/10/2026 08:49

Empieza a llover. Al principio son unas pocas gotas que me salpican la cara, como queriendo empezar a jugar, creando en mí una sensación muy agradable. Miro el cielo encapotado y oscuro que me avecina que eso irá a más en breve y así es. La lluvia, fina y suave al principio, se va tornando en chaparrón de los buenos. La melodía de la madre naturaleza sigue su partitura, y ahora las gotas se agolpan sin orden, mucho más grandes y constantes. Miro a mi alrededor y la gente ya va corriendo buscando un refugio, pero yo dudo. No sé si quedarme bajo esa maravillosa sinfonía, con el riego del catarro posterior o entrar rápido a cualquier sitio para contemplarla más resguardado, a través de un cristal que me dé seguridad. A veces, es bueno mirar con cierta distancia, pero otras, hay que ponerse debajo del agua y calarse.

Ciertamente, nuestro cerebro está programado para evitar los peligros porque tiene que ayudarnos a la supervivencia. Pero también esta protección a veces nos evita la posibilidad de experimentar por nosotros mismos un acontecimiento, y nos conformamos con lo que otros y otras nos cuentan. Solemos ir muy bien pertrechados con paraguas, máscaras y cremas solares. Todo es poco para sentirnos protegidos. Pero, ¿a qué o a quién tenemos miedo? La lluvia es una metáfora preciosa y precisa de cómo nos situamos los seres humanos ante este fenómeno natural.

Sí, nos cuesta mucho mojarnos en general. Preferimos no expresar, no decir, no hablar, no opinar por evitar conflictos, que casi siempre solemos tener en nuestra cabeza. Mejor no mojarse y estar en el medio. Porque si me mojo, puede que unos se molesten y si digo lo contrario, lo harán otros. Hay gente especialista en tratar de mantener el equilibrio siempre, el medio, la justa medida y expresar lo que otros y otras quieren oir. Eso no es mojarse, eso es miedo al conflicto, a la confrontación. Miedo a mojarse.

Pero necesitamos soltar lastre de nuestras pesadas cadenas de estar tan pendientes de los que piensan o dicen los demás. Es una esclavitud terrible, con la que aprendemos a vivir, aunque sea a duras penas. Necesitamos mojarnos, aunque nos equivoquemos, aunque vayamos contra corriente, aunque hagamos algo no esperado. Mojarnos hasta empaparnos y calarnos. Estos miedos nuestros los conocen muy bien quienes nos gobiernan, quienes influyen, quienes dictan las modas, la música que tienes que escuchar y lo que tienes que comer. Porque saben nuestra tendencia a ser parte de un rebaño y a ejercer de corderito ejemplar que nunca abre la boca y que se conforma con todo. Bobos y bobas dormidos, adoctrinadas, que no se quejan mientras tengan en la boca el pan y el circo. Si algo nos hace humanos es la capacidad de ser críticos, de tener opinión propia, de ser diferentes al resto.

Somos una sociedad aborregada, con el estómago satisfecho de migajas, y que se conforma con sobrevivir a base de chutes de redes, móviles y fútbol sopero. Mejor no hacerse preguntas, no sea que las respuestas tambaleen mi mundo, pero es un universo tan frágil, que a la menor frustración ya estoy llorando por cada esquina, quejándome de lo injusto que es el mundo conmigo.

Mojarse. Empaparse. Involucrarse. Buscar sin conformarse. Ser tú mismo. Tener tus criterios. Seguir mojándose. Porque hay que tomar partido por los asuntos, por los problemas del mundo, por las cuestiones que hacen sufrir a las personas. Si no, no nos diferenciamos mucho de los gorilas, cacatúas y buitres.

Así que esta vez saldo de la cafetería en la que busqué refugio y me pongo debajo de la lluvia, mirando hacia el cielo. La lluvia me empapa enseguida, pero estoy experimentando una sensación maravillosa. La gente me mira extrañada a través de las ventanas, pero me da lo mismo, porque soy yo el que está viviendo esta experiencia, por mí mismo. Lo malo será mañana cuando me levante con fiebre y mocos…

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