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Los tesoros ocultos cerca de Salamanca: Santibáñez del Río, una joya románica ante el olvido
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Patrimonio

Los tesoros ocultos cerca de Salamanca: Santibáñez del Río, una joya románica ante el olvido

Publicado 05/10/2026 19:13

La pequeña pedanía de Doñinos guarda un tesoro románico en la Lista Roja de Patrimonio

A la vera del río que le da nombre, cerca de esa fábrica de papel que muchos no recordábamos que existía y que nos saluda con su perro de propaganda, su promesa de suavidades, este rincón perdido recibe al viajero curioso con la luz de su piedra arenisca y la decadente ruina de las casas de los trabajadores que guarda el resto quemado de su lar de lumbre.

Santibáñez del Río, a cinco kilómetros apenas de Salamanca, es un rincón perdido de iglesia románica “San Juan ante Portam Latinaman”, un bien cultural del patrimonio histórico reconocido en 1983 y vencido al abandono. Fruto del repoblamiento de los reyes de León, la primitiva localidad levantó entre finales del XI y principios del XII esta iglesita de nave única, con su sillería arenisca y su arquivolta de medio punto que nos regala un friso de rosetas, una solitaria cabeza humana, una gran serpiente ¿O es un elefante símbolo de la fortaleza necesaria para vivir? y en el centro, dos garzas bebiendo de la misma copa, elemento que viene de Oriente y que representa la eucaristía o la búsqueda de la vida eterna. Pero para el observador que se acerca, la sorpresa está en las dovelas de la portada, que lucen dos inscripciones en latín que resisten al paso del tiempo y de la intemperie como un aviso a navegantes.

¿Las leemos aunque sea con dificultades? Al oeste el mensaje nos recuerda el camino evangélico “Quien quiera que ame a Cristo no estima este mundo, sino que hacia él dirige su amor” pero es al este donde esbozamos una sonrisa recordando a los dueños tecnológicos del mundo, a Donald Trump y a los fondos buitre que amontonan riquezas que no serán capaces de gastar: “Oh rico, rico, no vivirás para siempre, haz el bien si tras la muerte deseas vivir”.

Ahora desacralizada, la pequeña iglesia guarda sus misterios, ¿se llamaba de San Juan o de San Justo? Ha sufrido diversas reformas, pero sus detalles y el abandono la hacen muy atractiva. El arco que se conserva luce un friso de rosetas de ocho pétalos y botón, sobre él, una moldura con otro friso, esta vez de máscaras de felino que parecen vomitar hojas de árbol, un motivo que se repite en otras portadas de pueblos cercanos y que se puede identificar con la regeneración de la tierra. Más familiar nos resulta el motivo del tonel, por la importancia del vino en la Edad Media, incluso la cabecita o las dos garzas unidas bebiendo de la vida eterna… pero el misterio, aparte de las curiosas inscripciones, está en el monstruo con cuerpo de cuadrúpedo, escamas y cuello y cabeza reptiliano que no se halla en otras representaciones románicas de la provincia, pudiéndose asimilar a la idea de un ser perteneciente bestiario híbrido o a uno de esos elefantes que tallan los canteros medievales que jamás habían visto uno, pero que identificaban con la fuerza.

Las inscripciones que han sorprendido al viajero tienen caracteres del XIII y están relacionadas con los cenobios o eremitas que buscaban abrigo en la zona. No solo se remiten a la fábula del rico y del pobre Lázaro, sino a la concepción neoplatónica de elevarse de lo material. Y lo material en esta iglesia son las sucesivas tallas que nos muestran animales, cabezas de personas de ambos sexos, una de las cuales se aferra a un barril y que nos remiten a la iglesia salmantina de Santo Tomás de Canterbury o la de San Cristóbal. Símbolos y trabajo de cantero de flores de lis o ajedrezados que resisten ante la intemperie, el abandono y que el visitante inmortaliza incrédulo ante su capacidad de sobrevivir. Como el pequeño campanario de ladrillo desprovisto de campana, el templo chiquito y sus singulares regalos se deja mecer por el tiempo y los elementos. Está a la espera de las miradas sorprendidas, y también, del momento en el que se borre su huella. Una pequeña joya escondida para defender y admirar.

Fotografías: Fernando Sánchez Gómez.