Apunté la dirección. Por ahí pasaba el río Yangtsé, que visto por la ventana parece no cambiar, ni moverse, como otros autores escriben.
De nuevo, como otra ocasión, abordaré la columna con base en una reflexión de mi blog chino. Lo hago motivado por una Convención, un día después de la efeméride nacional del país donde trabajo. La conversación sostenida con una familia en un tren camino a una ciudad de la provincia Jiangsu dejó un poso de consideraciones que ahora, al sentarme al escritorio, con una taza de té, no puedo ignorar. Estas altas horas de la noche, o bajas del día —según se aprecie—, infunden un olvido que permite crear lo que a la postre resultará verdadero.
La lejanía interior, incluso en relación con uno mismo, arroja una perspectiva y una pausa que favorece la toma de conciencia. Propicia lo que aún no he leído en el prefacio de Ramón Andrés a su libro Despacio el mundo. La voluntad juega un papel relevante. Sin ella, no se puede tirar adelante ni siquiera el día a día. Esa voluntad lucha, en el interior de la persona, por hacerse un espacio en el mundo que permita el movimiento y el descanso. Probablemente, algo de esto lo leí en el volumen salmantino dedicado a Francisco Brines, Para quemar la noche. Ese libro lo tuve en las manos como quien admira un presente firmado por su hacedor.
Fueron otros muchos Franciscos Brines los que tuve en las mismas manos que ahora consultan apuntes perdidos, para rescatar algo decente que pueda reflejar en la columna, a la luz de una luna que entra en el olvido. No hablaré por ahora de la estampa del Tostado, que prendí con un clip a una página de un tratado sobre el amor. Tampoco citaré ningún recorte de la prensa sobre el teatro en Haro, La Rioja. Ni mencionaré, por último, una fotopia del Monasterio de Yuso y un milagro sin creer. Tengo un libro de José Ignacio Tellechea Idígoras, que llevaba tiempo sin consultar. Encuentro un folleto de Gotarrendura.
Todos esos papeles bien podrían desaparecer, si alguien más se viera en la penosa situación de vaciar el cajón y poner orden en el escritorio. La suma de su verdad, que un día equivalió a la cantidad de esmero administrado en el viático de unas horas profanas, navega por un mar diferente al de Vigo, con otros anhelos, resignaciones, destellos. Como leí en un artículo de crítica genética, donde se mencionaba una fuente de Luxemburgo, aquí tampoco encontramos ningún león de San Jerónimo. Ninguna mascota custodia el desvelo de este obrero de la palabra hispánico, que a falta de escoba toma la pluma y sacude el polvo de los libros.
Un folio plegado ha caído al suelo. Habla sobre un cuento de Juan José Arreola. Al autor mexicano, más que un literato lo veo como un artista. Me parece verlo recitar otras versiones del Poema del Mio Cid de libro en libro. Me inclino, en cambio, por Ernesto de la Peña, aunque pueda haber echado en falta el genio del primero. En otro folio anotado, que ha caído cerca del anterior, encuentro cómo llegó a convencerse a publicar. En una conferencia colgada en línea, aprecio cómo pronuncia unas palabras en chino.
Antes de publicar esta columna, mi librero mexicano y su cónyuge restauradora de libros me comparten una reflexión de un autor austríaco. Abro el documento compartido por medio de una red social. Lo confronto, inconscientemente, con mi escrito sobre el Día Nacional de China. Veo que no solo yo necesito necesito reflejar la verdad tal cual, como condición para el encuentro con la Musa. Fingen quienes dicen que la ficción contiene en sus adentros la realidad. Mienten quienes aseveran, como pudo haberlo hecho Funes el Memorioso, que el olvido propicia el desarrollo de la imaginación. Con el paso de los años, volcaré todo el cajón del escritorio en esta página que omite la noche de San Agustín de Hipona en el mar.
Mientras tanto, como tal vez lo haya hecho en otras ocasiones, me apoyaré en mi blog para no demeritar la calidad de la columna sostenida en el incierto equilibrio de este instante. Camino a una convención, a bordo de un tren, escuché la conversación de un pasajero mexicano con una familia china. Tanto él como ellos habían pedido la misma bebida, un té. Eso había generado una confusión en la azafata, a la hora de cobrar. Surgió entonces el tema del destino, o lo que ahí escuché que llamaban yuanfen. Ellos le preguntaron cómo conocía la palabra. Les resultaba poco común que él les mencionara su origen histórico en el budismo. La niña junto a su padre había dejado la tableta al lado y había prestado atención a la charla.
Yo llevaba cubrebocas. No resultaba tan notorio que pudiera compartir el origen latinoamericano. El otro pasajero mencionó además que dentro de un mes impartiría una charla sobre la cultura mexica en un café de otra ciudad de la misma provincia. Busqué el establecimiento en Xiaohongshu. Apunté la dirección. Por ahí pasaba el río Yangtsé, que visto por la ventana parece no cambiar, ni moverse, como otros autores escriben. En el teléfono, saltaron notificaciones de la Convención.
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