“Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada”.
JOSÉ HIERRO, ‘Vida’, en Cuaderno de Nueva York, 1998
Una reciente orden ejecutiva firmada por Donald Trump, obliga al gobierno federal estadounidense a desterrar el término "Inteligencia Artificial" (IA) para sustituirlo por el de "Súper Inteligencia" (SI). Con el pretexto de que la palabra "artificial" suena fingida, la realidad detrás de este rebautizo es estrictamente propagandística: busca proyectar dominio geopolítico frente a competidores internacionales y blindar al sector tecnológico contra cualquier intento de regulación, exagerando las capacidades reales de la tecnología actual. Al alterar el nombre, se pretende alterar la percepción pública (la orden está firmada también por los oligarcas tecnológicos dueños de los más potentes modelos de I.A.) y sirve para disfrazar un negocio corporativo de una especie de hito mesiánico.
No es más que un ejemplo, más allá de la inmensa estupidez de Trump y quienes lo corean, de la brutal manipulación lingüística que, ya de antiguo, ha utilizado la política, la economía y los nichos de poder en todo el mundo. Con la aparición y ascenso de dirigentes políticos reaccionarios (fruto precisamente de ese mesianismo intoxicador), la evolución de los algoritmos en los modelos de Inteligencia Artificial están reconvirtiendo el lenguaje, y su uso, en un constructo vacío, utilitarista y, lo que es peor, ambiguo. Cuando las palabras no contienen lo que dicen, es posible decir cualquier cosa con cualquier palabra, y eso es una derrota del lenguaje y, por tanto, de sus creadores: todos nosotros.
Una de las pensadoras más lúcidas de la historia, que reflexionó sobre la perversión del lenguaje, fue la filósofa política Hannah Arendt. En sus brillantes análisis sobre el totalitarismo y las dinámicas del poder, Arendt advirtió que la dominación ideológica total, el sometimiento de los pueblos y la bota dictatorial que los oprime, no comienza con la violencia física ni con la imposición forzosa de comportamientos, sino con el aislamiento de la realidad a través de la falsificación del lenguaje.
Cuando la propaganda política (o el interés económico y la codicia, como es el caso de Trump, sus corifeos y la mayor parte de la derecha reaccionaria europea, (entre la que la española destaca por su servilismo bovino a las plusvalías fascistas) intenta que las palabras pierdan su anclaje en la realidad, los ciudadanos se desorientan y pierden la capacidad de pensar críticamente y de juzgar. El peligro de ese lenguaje vacío, ambiguo e inconsistente, que gran parte de la prensa y los medios de comunicación españoles utiliza con fruición, no es solo que la gente se crea las mentiras, sino que se destruya el tejido mismo de la verdad, donde ya nada tiene valor real ni sentido fidedigno.
En su obra 1984, George Orwell acuñó el concepto ‘neolengua’, un lenguaje diseñado no para ampliar el pensamiento ni comprender la realidad, sino para disminuir el alcance de la mente humana, eliminando, inventando, falsificando y renombrando las palabras, para que ciertos crímenes políticos, actos deleznables del poder, corrupciones, robos institucionalizados o la intoxicación del pensamiento, resultaran imposibles de, precisamente, pensar. Hoy la neolengua ha saltado desde las páginas de la ficción para, en boca y pluma de charlatanes entrenados, colonizar los consejos de administración, los mítines electorales, los debates políticos, los periódicos, las televisiones, radios y páginas digitales así como las sesiones parlamentarias, mediante los repetidos eructos de una neolengua ruin, escasa e insultante, que persigue la ni siquiera disimulada pretensión de argumentar algo más que su propia verborrea.
A partir de esta “neolengua”, hoy no sufrimos recortes sanitarios, sino “reordenación de los recursos asistenciales”; las empresas no despiden en masa a sus trabajadores, sino que ejecutan una “optimización de las estructuras de capital humano”; los ciudadanos no son sistemática y crecientemente empobrecidos, sino que se les cataloga como personas “desfavorecidas” en “situación de resiliencia económica”. Esta neolengua busca confundir deliberadamente modificando el sentido de los términos, diluyendo y ocultando las responsabilidades mediante la anestesia de la indignación, convirtiendo la injusticia y la desigualdad en una abstracción estadística.
No podemos seguir asistiendo impasibles a este desahucio de la verdad. La pureza y la honestidad del lenguaje, su uso cabal (también su enseñanza y la práctica de su comprensión) no son una obsesión de filólogos nostálgicos ni de articulistas insistentes, y mucho menos un capricho de intelectuales ni de exquisitos, sino la primera línea de defensa de la libertad. Sí, es preciso seguir leyendo a Frege, a Russell, a Wittgenstein, a Kripke o a Chomsky, brillantes teóricos de la filosofía de la lengua, aunque no sean imprescindibles para entender, para volver a entender que es preciso luchar contra el idioma manipulado, esa neolengua de los laboratorios de marketing político y devolvérselo a la realidad. Nombrar las cosas por su nombre es el primer paso indispensable para recuperar el control de nuestras sociedades, desenmascarar a quienes nos gobiernan desde la sombra de los eufemismos y las mentiras, y recordar que el significado, el sentido y el contenido de las palabras, nos pertenece.
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