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Una vida en observación
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Una vida en observación

Publicado 02/10/2026 07:55

El próximo día 4 se celebrará el Día Mundial de los Animales que, en la proximidad de la festividad de su patrón, Francisco de Asís, pretende recordar la presencia e importancia de los animales en nuestras vidas. Con esta inusual excusa quiero recomendarles La liebre y yo, aparecido en el Reino Unido en 2024 y publicado en nuestro país en 2026, una obra de difícil catalogación -biografía, ensayo, nature writing- escrita por Chloe Dalton, muy bien acogida por la crítica y reconocida con diferentes premios.

Antes de dedicarse a escribir, Dalton trabajó durante años en el Parlamento del Reino Unido y en el Ministerio de Asuntos Exteriores y de la Commonwealth, como asesora política, especialista en relaciones internacionales y redactora de discursos. Su vida estuvo dominada por desplazamientos, reuniones y negociaciones, en un trabajo apasionante pero absorbente, lindando, en su exigencia, con la adicción laboral. Durante la pandemia, obligada a ralentizar ese ritmo frenético, se instaló en una antigua casa rural inglesa. Allí encontró una diminuta liebre recién nacida, aparentemente abandonada, inmóvil, indefensa y desnutrida. Tras comprobar la ausencia de la madre, decidió recogerla, alimentarla y cuidarla. Ese encuentro cambiaría su vida, introduciéndola en la paciencia, la observación silenciosa, la introspección y los ritmos lentos de la naturaleza, exactamente lo contrario de la aceleración que había caracterizado su trayectoria vital.

Desde el primer momento Dalton establece algunas premisas irrenunciables. Rechaza poner nombre al animal, pues nombrar a su “pequeñaja” significaría incorporarla al universo humano y desplazar el relato hacia un enfoque antropocéntrico; prescindir del nombre implica, por el contrario, reconocer que pertenece a otro orden de existencia. Igualmente rechaza convertirla en mascota: respeta su “animalidad”, evita imponerle rutinas humanas, mantiene abiertas las puertas para que entre y salga libremente, adapta sus propios hábitos y renuncia a “civilizarla”. El éxito de su experiencia dependerá de aceptar que nunca podrá poseer ni conformar a su antojo aquello que cuida.

Vive así una contradicción esencial, ya que para salvar al animal debe intervenir en su vida, pero a la vez debe limitar esa intervención, oponerse a la domesticación y respetar la independencia del “otro”. Esta paradoja introduce una tensión narrativa apreciable. Del mismo modo, su inicial ignorancia resulta asimismo decisiva, ya que no podrá adoptar la posición de la especialista que transmite conocimientos, de modo que el lector asiste a la vez al crecimiento del animal y a la educación intelectual de quien intenta comprenderlo.

A partir del encuentro inicial, descrito con extraordinaria sobriedad y delicadeza, el libro recoge unos tres años de convivencia y, aunque repleto de vicisitudes, carece de un argumento como tal. Es, a la vez, el relato de esa vida en común y del proceso de crecimiento del animal, cuaderno de campo, ensayo naturalista, alegato ecológico y diario personal en el que la autora indaga en los efectos de la experiencia sobre su vida, sus valores y su manera de contemplar la existencia.

El primer elemento llamativo es la presentación de la liebre como personaje literario sin antropomorfismo, idealización ni simbolismo fácil. No habla, no piensa como un humano, no representa las ideas de la autora; es una liebre y actúa como tal. Dalton la observa con minuciosidad, mientras el conocimiento va surgiendo lentamente, teñido de asombro e incertidumbre ante la “alteridad animal”. Aunque conoce las representaciones culturales de las liebres, asociadas a velocidad, fertilidad o renacimiento estacional, y da cuenta de ellas en su libro, plagado de referencias literarias y culturales, evita convertir al animal en metáfora, pues la liebre no “representa” nada, es, meramente, una liebre.

El paisaje adquiere también condición de personaje, presentado desde la posible e intuida “visión” de la liebre y desde la perspectiva humana de Dalton, que muestra la campiña británica sin idealizaciones románticas, sometida a la agricultura industrializada, los pesticidas, la fragmentación de los hábitats y otras amenazas.

Igualmente esencial es el tratamiento del tiempo. Frente a la existencia profesional dominada por plazos y decisiones urgentes, el cuidado de la liebre introduce una temporalidad incompatible con la lógica de la eficacia y la productividad. Dalton entrega su tiempo a la observación, a la naturaleza y a unos ritmos biológicos ajenos a cualquier planificación. Sin idealizar el campo, plantea así una reflexión sobre la atención, la paciencia y la lentitud, y sobre nuestra atosigada forma de “habitar el tiempo”, que vincula el relato con las preocupaciones que nos asaltan en nuestros días.

De ahí deriva otra idea central, la de la libertad como problema moral, resumida en el lema “cuidar sin poseer”. ¿Cómo cuidar de un ser vivo sin convertir ese cuidado en una forma de dominación? La convivencia genera vínculos, pero Dalton intenta distinguir afecto y posesión, protección y control, proximidad y apropiación. La liebre conserva una lógica propia que la autora se niega a traducir a categorías humanas. El mensaje implícito, claramente extrapolable a nuestro ámbito humano, sostiene que amar no consiste en borrar las diferencias, sino en aprender a vivir con ellas; que la libertad del otro es condición del afecto y que una relación verdaderamente libre existe allí donde la otra parte conserva intacta la posibilidad de alejarse.

La liebre y yo puede leerse asimismo como una autobiografía, aunque no explícita, ya que los datos de la vida de la autora aparecen únicamente cuando sirven para describir y explicar su relación con la liebre. Su voz sostiene el relato, pero renuncia a ocupar el primer plano, permitiendo así que sea la propia observación del mundo exterior la que vaya impregnando y modificando lentamente su manera de comprenderse a sí misma. La evolución de la liebre corre paralela a la transformación de la autora, en una suerte de singular educación sentimental.

Por último, destaca una escritura cuya calidad reside en la precisión de las descripciones, la sencillez, la claridad y una economía expresiva que no excluye la belleza. Nada parece sobrante, pero tampoco resulta seco. La emoción nace precisamente de esa contención. Especialmente notable es el ritmo narrativo, que alterna escenas breves con pasajes reflexivos y reproduce el de la propia naturaleza, lento, reiterativo, hecho de variaciones casi imperceptibles. Sencillez, naturalidad, fluidez y serenidad definen así una propuesta que transforma una historia trivial en una obra de considerable altura gracias a su mezcla equilibrada de emoción y conocimiento, belleza y rigor de la observación, experiencia personal y reflexión universal.

No se la pierdan.

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Chloe Dalton. La liebre y yo. Editorial Libros del Asteroide. Traducción de Celia Filipetto. Barcelona, 2026. 264 páginas. 21,95 euros

Alberto San Segundo - YouTube

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