Hubo un tiempo en el que una organización terrorista sembró el pánico en España, especialmente en el País Vasco. Muchas personas lucharon contra esa barbarie, que alcanzó la cifra de 858 personas asesinadas y miles de heridos y provocó un éxodo de cerca de 200.000 personas por el ambiente de miedo y crispación creados por las pistolas y las bombas de ETA. María San Gil Noáin pasó a la primera línea de la política cuando la banda mató en enero de 1995 en su presencia al Presidente del PP en el País Vasco, Gregorio Ordóñez, al que asesoraba, y que de una manera heroica había decidido ser candidato a la alcaldía de San Sebastián.
Tuve oportunidad de entrevistar a esta gran mujer en noviembre de 2002 para mi revista “Salamanca actualidad” aprovechando también la experiencia que vivió en nuestra ciudad, cursando la carrera de Filología Bíblica Trilingüe en la Universidad Pontificia. “Salamanca me cautivó desde el principio y allí viví los mejores años de mi vida” fue el titular central del reportaje de varias páginas que ocupó también el poster. “Me quedé impresionada, tengo unos recuerdos imborrables y me encantaba la marcha de la ciudad”. La entonces Teniente Alcalde del Ayuntamiento de San Sebastián, que después se convertiría en Presidenta del Partido Popular en el País Vasco, se deshacía en elogios con nuestra capital, a la que definió como “la vanguardia cultural”, además el año de la Capitalidad Europea.
Nuestra protagonista ganaba admiración cada día al sumar a su competencia gran dosis de arresto junto a quienes decidieron firmar un compromiso por la libertad en las Vascongadas, que se extendía a otras zonas de España. “Merece la pena dedicarse a la política en Euskadi, sientes que verdaderamente estás haciendo algo por ti misma, por tu familia y por la sociedad”. Y en las antípodas, quienes secundaban a la banda terrorista desde la política y la calle, y la ambigüedad de una parte del clero: “Hay personas que deben estar más cercanas a las víctimas y dejar la indiferencia con la que algunos nos tratan a los que nos sentimos amenazados”, y la amarga experiencia con el infame obispo Monseñor Setién, poco empático con las víctimas y ambiguo con la banda, que también estudió en La Pontificia. “Mi compañera María J. Usandizaga y yo acudimos al obispado –me relataba- y le reprochamos que no celebrara misas por militares asesinados y nos respondió que en qué parte de los Evangelios estaba escrito que Dios debe tratar a sus siervos por igual… Nos quedamos absolutamente desesperanzadas y cuando salimos del obispado rompimos a llorar”.
María San Gil no hubiera presagiado cuando estudiaba, que unos años después dedicaría su tiempo a trabajar sin tregua en algo que nada tendría que ver con su formación universitaria en Salamanca, sino con luchar durante quince años para que la gente en su tierra pudiera pensar libremente y sin exponer su vida por la amenaza de la banda terrorista, y en la actualidad sigue defendiendo los derechos de las víctimas. Tampoco imaginó que tras el camino que ella labró de forma digna y valiente con tanta gente por la paz y para ayudar a aniquilar a ETA, otros lo mancharían blanqueando miserablemente a los verdugos y cediendo al chantaje de sus herederos.
La Universidad Pontificia, orgullosa de su alumna, la ha condecorado con la medalla de oro “en reconocimiento a su trayectoria profesional y humana, a su compromiso con la convivencia democrática y la libertad y a su defensa de la memoria de las víctimas del terrorismo”.
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