Prácticamente todos los domingos del año, haga frío o calor, decenas de familias -la inmensa mayoría de etnia gitana- montan sus puestos para ofrecer productos de todo tipo en lo que popularmente conocemos como El Rastro, ubicado normalmente en el recinto ferial de la Aldehuela y ocasionalmente en la Avenida Carmen Martín Gaite.
Acudo pronto, sorteo la zona de ropa y calzado y voy directo al espacio donde se concentran quienes venden antigüedades u objetos vintage. En ese lugar nos conocemos todos, vendedores y clientes. Uno tiene la sensación de estar aquejado por un ligero síndrome de Diógenes, con el lamentable consuelo de saber que hay algún afectado más entre los presentes con los que te cruzas.
El rastrillo dominical viene a ser una especie de río donde podemos pescar algunos objetos o libros interesantes en diversos estados de conservación a un precio razonable. Siguiendo la analogía, las tiendas de antigüedades y librerías anticuarias cumplen la función de las pescaderías, donde las piezas son más lustrosas y han sido arregladas para la venta. El precio sube al igual que la calidad.
Antonio, con sus más de 70 años -lleva casi desde niño en el oficio- suele ser el primero en mostrarme algo. En alguna ocasión suena la flauta y tiene algo que puede parecerme interesante. Su excelente sentido del humor y repertorio de anécdotas amenizan el encuentro. También es obligado visitar a Ramón y a sus hijos, especialmente a Aquilino, que junto con Tamara -su esposa- siempre tienen alguna curiosidad sobre la mesa. Lo mismo ocurre con Oscar y familia. Hay más vendedores reseñables, como los hermanos Juan y Ramón, pero no quiero extenderme con la lista, en la que se deben incluir también nuevos y esforzados comerciantes de origen norteafricano.
Es inexorable que cualquier escritor, bueno o malo, premio nobel o autor de novela detectivesca de segunda fila, acabe tarde o temprano con sus obras aquí. Procuro buscar primeras ediciones de autores del 98 y del 27. También revistas y periódicos de los años 20,30 y 40 del siglo XX. Concentrarse en la lectura de un diario antiguo -desde la primera a la última página- es la forma más sencilla de viajar en el tiempo. Hagan la prueba si tienen oportunidad.
Los libros del rastro suelen tener marcas de los anteriores propietarios. Marcas que a veces descubren a un ilustre dueño por medio de un Ex libris o una sencilla firma.
No hace mucho compre los viejos recibos de un comercio, fechados entre 1936 y 1939, agrupados en cuadernillos, en cuya inmaculada parte trasera un adolescente escribió su diario durante la guerra civil, mezclando su admiración por las chicas con los acontecimientos históricos. Su ingenuidad queda reflejada cuando relata que escuchó desde la calle Perez Pujol (actual Concejo) el discurso que pronunció en la plaza Mayor <>. Desgraciadamente me llegaron incompletos, pero no dejan de ser interesantes para calibrar como afectó el conflicto en la vida cotidiana de los salmantinos. Como también lo es un almanaque, con las cuentas de un hogar durante aquel periodo, adquirido en otro momento.
Facturas de establecimientos desaparecidos o elementos de publicidad de estos, son otros elementos de interés para comprender el pasado comercial de la capital charra.
Las fotografías que podemos encontrar son más explícitas, y mirando por encima de los personajes retratados, pueden apreciarse en ocasiones rincones de una Salamanca desaparecida.
Muchas ciudades tienen su mercado semanal de antigüedades. El de Salamanca contribuye magníficamente a la recuperación de ciertos fragmentos de su memoria histórica que los archivos no alcanzan a custodiar. Por eso acudo cada domingo, sin encontrar motivo para dejar de hacerlo.
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