Jueves, 01 de octubre de 2026
Volver Salamanca RTV al Día
Desde la luz
X

DESDE LA CIUDAD DE LA LUZ

Desde la luz

Publicado 30/09/2026 07:53

Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.

Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.

El don de la ebriedad, Claudio Rodríguez

Hay versos que, con el paso del tiempo, no dejan de acompañarnos. Regresan cuando menos lo esperamos y, al volver a ellos, descubrimos que quizá no éramos nosotros quienes los recordábamos, sino que eran ellos los que estaban esperando el momento de volver a encontrarnos.

«Siempre la claridad viene del cielo», escribe Claudio Rodríguez.

Y quizá sea así como deberíamos comenzar a hablar de la luz: no como una cosa, sino como un acontecimiento. Algo que llega, que sucede ante nosotros y que, al llegar, transforma aquello que toca.

La luz no solamente ilumina las cosas. Las hace aparecer.

Antes de la luz están las formas, pero también está su misterio. Una casa, un árbol, una piedra, una ventana pueden permanecer delante de nuestros ojos sin que verdaderamente los veamos. Basta, a veces, un cambio de luz para que aquello que estaba ahí desde siempre aparezca de otra manera. Como si la realidad necesitara de nuestra mirada para revelarse.

Tal vez por eso la luz tiene tanto que ver con la mirada. Mirar no es simplemente dirigir los ojos hacia algo. Mirar es detenerse. Es descubrir una relación entre las cosas. Es encontrar aquello que permanecía oculto en lo cotidiano. Y en ese instante en que algo se nos revela comprendemos que la mirada también puede ser una forma de conocimiento.

Quizá por eso los antiguos relacionaron la claridad con la verdad. Platón hizo de la luz una de las grandes imágenes del conocimiento: salir de la oscuridad de la caverna significaba comenzar a distinguir el mundo con otros ojos. No se trataba solamente de ver más, sino de ver de otra manera.

La fotografía sabe mucho de esto. El fotógrafo persigue la luz, pero en realidad persigue aquello que la luz permite descubrir. Una sombra sobre una pared, una ventana que se abre sobre una plaza, una fachada que durante unos minutos adquiere una tonalidad distinta, el último resplandor de la tarde sobre una piedra antigua. La fotografía no inventa necesariamente la belleza: muchas veces se limita a reconocer el instante en que la belleza decide aparecer. Y reconocerla también es un don.

Hay algo profundamente humilde en esa actitud. El fotógrafo no crea el amanecer, ni ordena al sol que atraviese las nubes, ni decide cómo habrá de caer la luz sobre una ciudad. Solamente permanece atento. Espera. Mira.

Quizá fotografiar consista, en buena medida, en aprender a esperar. La luz nunca está sola. Allí donde aparece, aparece también la sombra. No como su contrario, sino como su inseparable compañera. Sin sombra quizá no comprenderíamos la profundidad de la luz, del mismo modo que no entenderíamos el silencio sin haber conocido el ruido, ni la distancia sin haber sentido alguna vez la cercanía.

La sombra no niega la luz. La hace visible. Por eso hay una belleza particular en esas horas de transición en las que el mundo todavía no ha terminado de decidir si pertenece al día o a la noche. El amanecer y el atardecer poseen esa condición de frontera. Son instantes en los que todo parece estar sucediendo entre dos realidades.

Claudio Rodríguez lo expresa con una sencillez que contiene un mundo:

«Así amanece el día; así la noche / cierra el gran aposento de sus sombras».

El amanecer es una llegada. La primera claridad comienza entonces a separar las formas de la oscuridad. El paisaje recupera sus contornos, las ventanas reciben lentamente el día, las piedras vuelven a mostrar su textura y la ciudad, todavía silenciosa, parece descubrirse a sí misma.

También nosotros amanecemos de alguna manera. Hay luces que llegan desde fuera y otras que necesitamos encontrar dentro. Hay momentos en la vida en los que todo parece cubierto por una sombra y, sin que sepamos muy bien por qué, algo comienza a aclararse. No necesariamente porque hayan cambiado las cosas, sino porque ha cambiado nuestra manera de mirarlas.

Y entonces comprendemos que la luz no pertenece solamente al mundo físico. Hay una luz de la inteligencia, una luz de la memoria, una luz de la imaginación. Una luz que aparece cuando una palabra encuentra su lugar, cuando un poema consigue decir aquello que todavía no sabíamos expresar, cuando una fotografía nos devuelve una emoción que creíamos perdida.

Hay incluso una luz de la vida.

Quizá por eso la claridad puede ser entendida como un don. No porque nos sea concedida para poseerla, sino porque nos permite participar de aquello que existe y descubrir, aunque sea durante un instante, su belleza.

«La luz no se halla entre las cosas sino muy por encima, y las ocupa», escribía hace años.

Hoy volvería a decirlo de otra manera: la luz no solamente está sobre las cosas; está también en la manera en que las contemplamos.

Y quizá ahí se encuentre una de las razones por las que seguimos buscando.

Buscamos la luz en el horizonte, en las fachadas de una ciudad, en el agua del río, en una ventana, en la sombra de una calle al atardecer. La buscamos en una fotografía y en un poema. La buscamos en la memoria y en los rostros que amamos. Pero, sobre todo, la buscamos en nuestra propia mirada.

Porque llega un momento en que mirar deja de ser solamente una forma de ver y se convierte en una forma de habitar el mundo.

Entonces la ciudad cambia. La misma plaza que hemos atravesado cientos de veces puede aparecer de repente como si nunca hubiéramos estado allí. Una pared conocida recibe una luz inesperada. Una sombra dibuja sobre la piedra una geometría que no habíamos descubierto. Una nube transforma durante unos segundos el paisaje.

Nada ha cambiado. Y, sin embargo, todo es distinto.

Tal vez la luz sea precisamente eso: la posibilidad de que el mundo vuelva a aparecer ante nosotros.

Por eso sigo creyendo que mirar es una manera de agradecer. Agradecer la claridad que llega después de la noche. Agradecer la sombra que nos permite reconocerla. Agradecer ese instante irrepetible en el que una determinada luz convierte lo cotidiano en algo extraordinario.

La luz viene del cielo, dice Claudio Rodríguez.

Y quizá también venga de mucho más cerca: de esa mirada que aprende a detenerse, de esa sensibilidad capaz de reconocer lo que estaba delante de nosotros y no habíamos sabido ver.

Al final, quizá la luz no sea solamente aquello que ilumina el mundo.

Quizá sea aquello que nos enseña a mirarlo. Y cuando aprendemos a mirar, la vida —como la ciudad al amanecer— vuelve a aparecer.

La empresa Diario de Salamanca S.L, No nos hacemos responsables de ninguna de las informaciones, opiniones y conceptos que se emitan o publiquen, por los columnistas que en su sección de opinión realizan su intervención, así como de la imagen que los mismos envían.

Serán única y exclusivamente responsable el columnista que haga uso de nuestros servicios y enlaces.

La publicación por SALAMANCARTVALDIA de los artículos de opinión no implica la existencia de relación alguna entre nuestra empresa y columnista, como tampoco la aceptación y aprobación por nuestra parte de los contenidos, siendo su el interviniente el único responsable de los mismos.

En este sentido, si tiene conocimiento efectivo de la ilicitud de las opiniones o imágenes utilizadas por alguno de ellos, agradeceremos que nos lo comunique inmediatamente para que procedamos a deshabilitar el enlace de acceso a la misma.