“¡Ojos que a la luz se abrieron / un día para, después, / ciegos tornar a la tierra, / hartos de mirar sin ver!”. ANTONIO MACHADO.
Hay una forma de ceguera que consiste en mirar sin ver, contemplar el incendio desde la ventana y convencerse de que está demasiado lejos, mientras oímos el estruendo de un mundo que se deshace y creemos que, mientras la amenaza no tenga nuestro nombre, no nos concierne. Todo eso se llama indiferencia: una distancia que no es prudencia, ni responsabilidad ni cautela, sino miedo, cansancio y, peor, renuncia.
Llegar a final de mes, conservar el empleo, pagar la vivienda, cuidar a los nuestros ocupa toda nuestra atención y no debería ser así, porque el péndulo del tiempo avanza con grandes transformaciones vitales: el clima avanza en un incendio imparable que nos asfixiará; la riqueza, y las normas de nuestra pobreza, se concentran en pocas manos; los derechos, hasta los más humanos, retroceden; la verdad, incluso La Verdad, se vuelve mercancía y la inteligencia artificial ocupa espacios del pensamiento y a la decisión humanos. Observar todo eso, mirar la vida como si su inmensa tragedia actual fuese un asunto reservado a expertos, gobiernos o poderosas corporaciones, nos hace, a todos y cada uno de nosotros, cómplices directos, responsables y no solo actores, sino autores del drama.
No se trata, claro, de culparnos, como víctimas, de nuestro mal, sino de luchar contra la indiferencia. La nuestra. Se trata de salir, aunque solo sea con el pensamiento, del pequeño universo del barrio dulzón, del pueblecín castrante, de la ciudad debilitante, del país disfrazado de mundo, y proyectarse, mirar, implicarse, tratar de entender e influir en el mundo real en el que la globalización, los intereses cruzados y la codicia nos recuerdan la realidad de un efecto mariposa diario, asfixiante, injusto… pero nuestro.
La alianza entre tecnoligarcas y fanáticos religiosos ha renunciado a la idea de un porvenir común. Vivimos la emergencia de un nuevo tipo de fascismo, que no es una repetición exacta de la pesadilla que devastó Europa en el siglo XX, pero reconoce sus huellas: el desprecio por la democracia, la exaltación de la fuerza, la fabricación de enemigos, la persecución de las diferencias y la sustitución de la verdad por la propaganda. Los monstruos de entonces engañaban a las masas con la promesa de un futuro purificado, rico y estable. Los de ahora aceleran sin frenos hacia la catástrofe mientras proclaman que cada cual debe salvarse por su cuenta o, mejor dicho, que se salve quien tenga dinero.
El fascismo aparece siempre en épocas de crisis agudas. Así sucedió con Mussolini y Hitler. Crece cuando la desesperación necesita respuestas simples, cuando el miedo busca un rostro al que señalar y cuando la ciudadanía, agotada, empieza a creer que nada puede hacer. La ultraderecha extiende sus redes, aprovecha el malestar, recoge la inseguridad, convierte la angustia en resentimiento y ofrece culpables fáciles: los migrantes, los pobres, las minorías, las mujeres que reclaman igualdad, quienes piensan distinto. Pero detrás de sus gritos de orden solo hay obediencia, castigo y una desigualdad brutal presentada como destino inevitable sobre el que nada podemos hacer.
Pero podemos hacer. Podemos informarnos, discutir, escuchar, razonar con quienes conocemos, desmontar las mentiras antes de que se conviertan en certezas, explicar, con firmeza, que el fascismo siempre llega disfrazado de solución, de seguridad, de orgullo herido. Es preciso, pues, implicarse, abandonar la comodidad de la indiferencia y recuperar la palabra como una forma de resistencia. Cada conversación cuenta; cada mentira desmentida cuenta; cada gesto de solidaridad cuenta… Y cada lucha, cada grito, cada rebelión cuenta. Cuando el silencio es aprovechado por los enemigos de la libertad, el silencio toma partido y callar no nos deja al margen, nos hace cómplices. Por eso este es el tiempo de mirar de frente, de hablar, de pensar y decir antes de que sea demasiado tarde.
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