El templo se llenaba de público para vivir esta llamativa función promovida por la Diputación de Salamanca
Hay viajes que se hacen para conocer el mundo y otros que se hacen para encontrar un lugar en él. Las Carmelitas que viven en el convento de Peñaranda conocen bien esta segunda forma de viaje. Muchas de ellas llegaron desde otros países, dejaron atrás familias, costumbres y paisajes conocidos y encontraron entre los muros de este convento una nueva casa.
Quizá por eso la llegada de Juan, el espíritu del amor a la monumental iglesia del Convento de las Madres Carmelitas permitió establecer una conexión que va mucho más allá de la historia de San Juan de la Cruz.
Promovida por el Área de Cultura de la Diputación de Salamanca e invitada por el Ayuntamiento de Peñaranda de Bracamonte, la representación puso sobre el escenario una historia protagonizada, en el fondo, por personas que buscan algo: una verdad, una luz, una respuesta, un lugar donde sentirse comprendidas.
Magdalena llega a la obra precisamente desde esa sensación de desorientación. Es una joven que no encuentra su sitio, que necesita que alguien la escuche y que busca una referencia capaz de ayudarla a distinguir el bien del mal. Sor Amma se convierte poco a poco en esa persona que la acompaña. No le ofrece una solución mágica, sino algo mucho más sencillo y más difícil: atención, cariño, confianza y esperanza.
El libreto de Denis Rafter hace que la historia de San Juan de la Cruz no sea solamente la biografía de un santo. Sor Amma explica que Juan buscó una vida contemplativa cuando entró en los Carmelitas, pero también recuerda que aquella vida estaba unida al trabajo y al esfuerzo. En el personaje de Juan aparecen así dos movimientos que podrían parecer contradictorios y que, sin embargo, se necesitan: mirar hacia dentro para poder comprender mejor lo que ocurre fuera.
En el convento de Peñaranda, esa idea tenía una resonancia especial. Allí viven mujeres procedentes de lugares diferentes que comparten una misma comunidad y una misma forma de vida. Cada una llegó con su propia historia, pero todas forman ahora parte de la historia de este lugar.
Hay algo profundamente humano en esa transformación. Una persona puede cambiar de país y conservar su memoria, su acento, sus costumbres y sus recuerdos, pero poco a poco empieza a construir nuevos vínculos. Una casa deja de ser solamente un edificio cuando alguien comienza a sentirse parte de ella.
Y eso mismo ocurre, de alguna manera, con la cultura. La compañía llega a Peñaranda con una obra nacida en otro lugar, con unos personajes, unos textos y unas músicas que después entran en contacto con el público de la localidad. Durante una hora, aquello que pertenecía a los actores pasa a formar parte también de quienes lo escuchan.
San Juan de la Cruz sabía algo de ese viaje interior. Su vida estuvo marcada por desplazamientos, cambios, dificultades y momentos de profunda soledad. Pero también estuvo marcada por los encuentros. Santa Teresa fue uno de ellos. Y de algunos de aquellos encuentros surgieron caminos que terminarían cambiando la historia del Carmelo.
Sor Amma, en la obra, continúa siendo una mujer de caminos. Cuando al final Juan le pregunta qué está haciendo en el siglo XXI, ella responde que tiene mucho trabajo: limpiar y llevar su poesía por todas partes. Es casi una definición de su personaje y, al mismo tiempo, una hermosa metáfora del propio espectáculo.
Porque eso es lo que hace el teatro cuando viaja: lleva historias de un lugar a otro y permite que personas que no se conocen compartan durante unas horas algo esencial. En Peñaranda, la historia de un hombre que vivió hace cuatro siglos se encontró con una comunidad de mujeres que, llegadas muchas de ellas desde otros países, ha hecho de esta ciudad su hogar.
La iglesia del convento volvió a abrirse al encuentro. Dentro permanecieron el silencio, la oración y la memoria de las Carmelitas. Fuera seguía el mundo al que Sor Amma insiste en llevar la poesía de Juan.
Y quizá ahí esté la verdadera belleza de aquella representación: que no fue necesario elegir entre estar dentro o estar fuera. Durante una hora, ambos mundos se encontraron en el mismo lugar.
San Juan de la Cruz llegó a Peñaranda para hablar de amor, de esperanza y de búsqueda. Y encontró una casa habitada por mujeres que también saben que, a veces, para encontrar un lugar en el mundo hay que ser capaz de emprender un largo viaje.