El pasado 21 de septiembre se conmemoró el Día Mundial del Alzheimer. Quiero sumarme a la efeméride recomendándoles un libro sobre esa cruel enfermedad y la lenta muerte que conlleva: una novela bellísima, emocionante y, a la vez, una celebración de la vida. Les hablo de Las gratitudes, de la francesa Delphine de Vigan, publicado en nuestro país en 2021 y que desde entonces suma ya más de veinte ediciones.
La literatura de De Vigan se desenvuelve en un universo de intensidad emocional, en el que rastrea con lucidez y sensibilidad las fracturas íntimas, la identidad, la fragilidad psicológica y los mecanismos sociales de exclusión. Estos rasgos generales de su obra -delicadeza, lirismo, sobriedad y economía estilísticas, tratamiento de los vínculos afectivos, reflexión ética, atención a quienes se sitúan en los márgenes sociales, indagación en los profundos recovecos de la intimidad emocional, exposición de la fragilidad y la vulnerabilidad humanas, importancia del lenguaje, aproximación a algunos grandes temas universales: la identidad, la pérdida, la muerte- están presentes también en esta soberbia novela.
La protagonista, Michka Seld, nacida en 1935, es una mujer independiente, culta y solitaria, cuyo deterioro cognitivo se manifiesta como una afasia progresiva que desorganiza su relación con las palabras. Ante el avance de la enfermedad debe abandonar el apartamento en que vivía sola e ingresar en una residencia geriátrica. Allí la atiende Jérôme, joven logopeda. Cercana está Marie, su antigua vecina, a la que Michka acogió y educó como a una hija cuando era niña. La novela alterna capítulos narrados por Marie y otros en los que habla Jérôme, quien construye vínculos de afecto y se convierte en confidente. Este rasgo de la estructura del libro -dos voces que cuentan la historia de otra- es fundamental en su planteamiento, pues las dos miradas externas permiten reconstruir lo que el personaje central va perdiendo.
La “trama” avanza mediante las incidencias cotidianas de la residencia y los cada vez más enrevesados pensamientos y manifestaciones de la anciana. De Vigan muestra sus esfuerzos por recuperar las palabras que deforma, confunde o mezcla, su ansiedad y frustración, la progresiva aceptación de la imposibilidad y la conciencia de la pérdida. Michka mantiene ironía, carácter y resistencia. Consciente de su degradación, desea agradecer a una pareja que la protegió durante la Segunda Guerra Mundial. Urgida por el miedo a perder las palabras, implica a Marie y Jérôme en una búsqueda para encontrar a quienes arriesgaron su vida por ella. El lector asiste a la gradual “derrota” de Michka, a su combate entre la voluntad de decir y la imposibilidad de hacerlo y a la reconstrucción de aquella experiencia.
Son muchos los aspectos de interés de una novela emotiva y deliciosa pese a la dureza de su tema. Destaca la presentación de los claroscuros de la vejez, con mayor peso de lo sombrío: degradación, deterioro físico y cognitivo, soledad, desvalimiento y conciencia de la muerte; pero también lucidez, autonomía, dignidad, recuerdos, humor y libertad para expresarse más allá de las convenciones sociales. Michka “percibe” la intimidad de Jérôme y Marie e indaga sobre sus conflictos con naturalidad. De Vigan no convierte la senectud en tragedia ni la idealiza; bajo su fragilidad y dependencia hay un ser humano pleno, que piensa, siente, sufre, ríe y se emociona como cualquiera, y que rechaza el trato eufemístico de la “tercera edad”.
La novela reflexiona también sobre la ética de los cuidados, en sus vertientes profesional y afectiva, aunque ambas confluyen. Frente a una residencia que, en aras de la eficiencia, reduce la vida a rutinas, Jérôme reconoce la dimensión humana de la mujer con empatía, compromiso, acercamiento afectivo e implicación emocional. En Marie vemos afecto, entrega, paciencia, culpa, frustración y desgaste. Lo más hermoso es que ambos cuidadores acaban transformados por su entrega; el cuidado transforma también a quien lo ejerce, en un refrendo de la tesis, profundamente cristiana, del “dad y se os dará”. Aparece también la cuestión de las relaciones intergeneracionales, interesante en estos días de supuesto conflicto entre boomers y mileniales.
Sin embargo, los tres ejes temáticos principales son otros. El primero, evidente desde el título, es la gratitud, que entronca con los cuidados. Michka quiere dar las gracias a quienes la ocultaron durante la guerra y evitaron su deportación. De Vigan no convierte el episodio en documento histórico ni en una aproximación melodramática al Holocausto; solo hay una insinuación de unos hechos que marcaron su existencia. La afasia acentúa la urgencia por encontrar a esas personas o a sus descendientes para decir lo pospuesto durante décadas, con Marie y Jérôme como mediadores. El mensaje “antes de morir, hay que decir gracias” podría sonar a lema de autoayuda, pero no lo es. La paradoja central del libro es que Michka solo podrá expresar la gratitud cuando ha perdido casi totalmente el habla. Los jóvenes aprenderán de ella a expresar su agradecimiento. En un mundo acelerado y medicalizado, agradecer es casi un acto contracultural que devuelve humanidad al final de la vida y rescata historias del olvido.
Las palabras y el lenguaje constituyen el segundo tema sustancial. A medida que avanza la novela progresa inexorablemente la enfermedad, y Vigan es magistral en la graduación de esa pérdida. Primero ligeras confusiones, letras trastocadas y palabras confundidas; después anacolutos, inconsecuencias y construcciones disparatadas, que contrastan con la lúcida conciencia de Michka. Hay que subrayar la espléndida labor de Pablo Martín Sánchez como traductor, al trasladar el juego entre el caos verbal y la claridad necesaria para el lector. La fragilidad del lenguaje, el derrumbe de la identidad, las palabras como prisión y el deterioro verbal como metáfora de la fragilidad humana completan este tema.
La soberbia traslación literaria de la afasia, tercer frente destacable, combina la fidelidad a sus rasgos clínicos -de Vigan se documentó profundamente para la escritura del libro-, con la legibilidad del texto, pese a las incongruencias en el habla de la mujer, y un sensible tono poético. Entre los elementos estilísticos destacan el lenguaje claro, sobrio y contenido, sin sentimentalidad; la estructura dual; el humor sutil de las expresiones disparatadas y las réplicas vivísimas de la anciana, recogidas con ternura, delicadeza y triste ironía; y la evocación, el silencio, las elipsis y los pasajes oníricos, acordes con la neblinosa limitación de Michka.
Una novela triste, bella y conmovedora.
--
Delphine de Vigan. Las gratitudes. Editorial Anagrama. Barcelona, 2021. Traducción de Pablo Martín Sánchez. 176 páginas. 19.90 euros.
La empresa Diario de Salamanca S.L, No nos hacemos responsables de ninguna de las informaciones, opiniones y conceptos que se emitan o publiquen, por los columnistas que en su sección de opinión realizan su intervención, así como de la imagen que los mismos envían.
Serán única y exclusivamente responsable el columnista que haga uso de nuestros servicios y enlaces.
La publicación por SALAMANCARTVALDIA de los artículos de opinión no implica la existencia de relación alguna entre nuestra empresa y columnista, como tampoco la aceptación y aprobación por nuestra parte de los contenidos, siendo su el interviniente el único responsable de los mismos.
En este sentido, si tiene conocimiento efectivo de la ilicitud de las opiniones o imágenes utilizadas por alguno de ellos, agradeceremos que nos lo comunique inmediatamente para que procedamos a deshabilitar el enlace de acceso a la misma.