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“La leyenda de Huerta Otea” (y II)
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“La leyenda de Huerta Otea” (y II)

Publicado 25/09/2026 08:04

En uno de mis relatos de la Leyenda de Huerta Otea, pongo en boca de mi personaje literario, Raúl Rojas, cómo dibuja esta zona: "Un mundo asombroso, enigmático, ficticio o real, surge en las llanuras y sotos de la Huerta Otea. A veces, increíblemente, lo que yo había pensado o sospechado iba poco a poco sucediendo tal cual…”

Por ejemplo, lo que cuenta una noticia de la prensa local de Salamanca, El Adelanto y La Gaceta, 27 junio de 1997: "Víctima propiciatoria de un extraño ritual”. Cerca del antiguo barrio del Castigo, en las proximidades del puente de la Salud, el joven D.G. apareció desnudo con cortes en todo el cuerpo y un signo cabalístico tatuado en la espalda.

La policía mantuvo y aún mantiene, hasta este momento, un inusitado mutismo sobre el caso. Y la única hipótesis que se barajaba -el que se hubiera autolesionado-, ha sido rechazada definitivamente. La policía llevó sus investigaciones, después, hacia las sectas satánicas y otro tipo de organizaciones secretas que celebran rituales con víctimas humanas.

También, de la prensa salmantina, en 1971, destacamos otra noticia: la muerte de un piragüista del Tormes. Nadie lo vio embarcar en aquella lluviosa y fría mañana de comienzos de junio. Nadie oyó su kayak deslizarse por el río Tormes, sumiéndose en el fango mágico de sus aguas, frente la presa El Marín. Era la fiesta tejareña de los botijeros en la romería de la Virgen de la Salud. Una música lejana y chillona, el bullicioso griterío de los vendedores ambulantes y el murmullo de las aguas del río fueron los últimos testigos de su desesperado esfuerzo. Por el puente de La Salud, muy cerca de barrio del Castigo, Carreño, Heraclio Carreño el jovencísimo piragüista, besó por última vez la madera de su canoa de bambú. Mareado, ebrio de las aguas tormesinas, sucumbió al sueño, en el lecho de la leyenda de Huerta Otea.

Junto a unas rocas próximas a las tapias del cementerio, apareció este anónimo poema-epitafio con las fotos de personas desaparecidas o asesinadas en estos lugares: "Leyenda de Huerta Otea, -bañada de amor y muerte- por las aguas del rio Tormes, -escondes tragedia y suerte. Arcano soto de la platina, -que a la muerte reclamas y dominas, -añade, hoy, varias víctimas más -a tu inagotable nómina. Descansen en paz en el tálamo de la leyenda de Huerta Otea”.

Aunque, es verdad, existen muchos sucesos intrigantes, reales o imaginados, en torno a Huerta Otea: suicidios inducidos, asesinatos pasionales, ahorcados, desaparecidos, también abundan los relatos mágicos y divertidos.

Casos reales como el de la “Pañuelos”, la portuguesa de cabaret, asesinada por dos “camellos” arrojándola al rio desde el puente de la Salud.

¿O el asesinato de una joven M.G. por su ex-novio o amigo, M.A.M. en la Chopera? Y, éste, cuando salió de la cárcel, por permiso, murió en extrañas circunstancias. El padre de la chica, exguardia civil, fue puesto en libertad sin cargos, aunque el Fiscal je de la Audiencia tenía sus claras sospechas sobre él. La Audiencia Provincial archivó el crimen de la Chopera. (ver prensa, El País, EL Adelanto, La Gaceta, 20 enero 1987)

Y mi personaje de ficción, R. Rojas, continúa: “…Conducía mi motocicleta por la Avda. de la Salud camino de la urbanización La Atalaya (parte norte junto al cementerio actual). …Me estremeció la vista de la ciudad desde La Atalaya. En Salamanca, en otoño, el último sol de la tarde pinta sobre las piedras de sus monumentos el color del oro y del fuego. Llegué hasta el cauce del Tormes enfrente del antiguo embarcadero “Pedro el Calderas…”

Y yo actualmente, desde allí, he divisado la ciudad de Salamanca: A lo lejos, era como un espejismo azulado y trémulo en el filo de la llanura ribeteada con múltiples amapolas rojas, azules, turquesa y cereales amarillo oro como manto de pleitesía a las torres de las catedrales y Clerecía. Los altos edificios del Clínico y Ambulatorio se arrodillan también rindiendo respetuoso homenaje a su majestuosidad.

Mi infancia y juventud transcurrieron cerca de aquí, en el Paseo San Vicente. De joven practicaba atletismo, en las pistas del Gimnasio del Botánico (hoy facultad de Geografía e Historia). Y solía entrenar campo a través, cros, por estos andurriales, por la antigua vía del tren a Portugal hacia la Finca El Marín y el puente de la Salud.

Pero aquí, en Huerta Otea, también existen aspectos divertidos y lúdicos. Recuerdo también nuestras correrías infantiles por los arrabales y entre los terraplenes de la tradicional floristería Sabadell y los prados que daban al Regato del Anís (ahora Edificaciones Procasa). Íbamos en busca de sapos, ranas, lagartijas, gusanos y saltamontes, que luego vendíamos a los paisanos que pescaban en el Tormes.

También solía acompañar a Jalisco, otro héroe de mi infancia (real) a coger setas, las de cardo, las de chopo y aquellas que Jalisco solo sabía dónde se daban, las Coprinus Comatus. Como él me decía: "Rubiales, estas setas son manjar de dioses, de restaurante de cinco tenedores". Y las vendíamos en los aguaduchos (chiringuitos) de la Chopera y del barrio del Castigo. Siempre me daba una buena propina por ayudarle.

Me entusiasmaban las fiestas del Lunes de Aguas en la fuente de la Zagalona merendando el tradicional hornazo. Los domingos, sobre todo, los enamorados paseaban hasta los riscos y matorrales en la antigua vía del tren cerca del puente de La Salud para ocultar sus ´besuqueos´. A veces estas parejas era lo más preferido por criadas y soldados alquilaban barcas en el embarcadero de Pedro el Calderas y se alejaban para sus escarceos amorosos hasta la otra orilla hacia la pesquera cerca de la antigua Casa de la Mancebía. Y acababan ya al anochecer bailando ´agarraos´ al son del organillo en la vega de la Chopera en las riberas del Tormes. Los mayores se entretenían con los juegos tradicionales de la rana y la petanca en los aguaduchos del embarcadero.

Allí comían pajaritos y ancas de rana, bebiendo a porrón, clara y sangría bien frescas. Los niños, después de jugar y montar en los columpios, nos bañábamos junto a la Chopera (que entonces sí se podía “chapuzar” en aguas más cristalinas y limpias del Tormes).

Aunque estos escritos sean de ficción, muchos sucedieron de verdad, ya lo he dicho varias veces "no es cuestión de mentira o realidad, sino de intensidad del sentimiento, de identificación con los personajes, el entorno y el contexto. No quiero que, con el abandono de sus habitantes y sus casas, se pierda el relato de lo que fuimos.

Hice el pregón -y lo pregoné- en las fiestas del barrio en 2019, recordando algunos de estos temas.

Así que, aún reivindico un rincón aquí, en Huerta Otea. Mi rincón, aunque sea literario, de ficción, (el de Raúl Rojas y Jalisco), aunque sea solo en vuestros corazones y en vuestras retinas, con mis recuerdos de infancia y juventud de vuestro actual barrio. Reivindico ser miembro de Huerta Otea, un "huertaotense" más.

Siento que ya vivo en Huerta Otea.

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