Lunes, 21 de septiembre de 2026
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Nerón y el incendio de Ceuta
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Nerón y el incendio de Ceuta

Mucho se ha escrito sobre el famoso incendio de Roma en el siglo I d.C. Historiadores y filósofos de la época no se ponen de acuerdo sobre el origen; unos dicen que fue fortuito mientras otros ven al emperador Nerón como responsable indirecto. Lo que sí está claro es que durante su mandato hubo asesinatos y conspiraciones en los que estaban implicados tanto los gobernantes como el pueblo. De igual modo, sin excesivas explicaciones, ordenó bruscos vaivenes cuando su popularidad estaba en entredicho y veía en peligro su continuidad. En esos momentos, antes de admitir la propia responsabilidad, arremetía contra quien hubiera osado criticarle. Así comenzó su despiadada persecución a un colectivo que no vacilaba a la hora de acusarle de los excesos de los que era su verdadero responsable: los cristianos. De entrada, aprovechó parte de la superficie que resultó arrasada por el incendio para construir su famoso palacio Domus Aurea, custodiado por el gigantesco Coloso, donde hoy se levanta el Coliseo. Con su política de perseguir a los poderosos, y aunque parezca mentira -como sucede con Sánchez- también tenía sus partidarios. Como era de esperar, había estirado tanto la cuerda de su tiranía que acabó suicidándose.

Llegados aquí, parece obligado establecer el paralelismo entre el emperador romano y el sultán español. El imperio de Sánchez ha discurrido por una vereda llena de verdades que son mentira, de promesas incumplidas y de reparto de responsabilidades sobre los que no están de acuerdo con sus métodos. Como Nerón, ha tomado decisiones sin contar con el Congreso y abusado de los Decretos Ley para intercalar temas espinosos cuya aprobación no pasaría el filtro de muchas votaciones. No es necesario repetir detalladamente cada una de esas situaciones. Están en la mente de todos (excepción hecha de sus ciegos seguidores). Ahora resulta que, del caos y peligrosa situación que se vive en Ceuta, para no cambiar la táctica, echa la culpa el presidente Vivas, que también es cristiano.

El último incendio de proporciones aún sin medir que se inició en Ceuta hace más de 50 días, para cualquier país gobernado por quien cumpla con la ineludible obligación de ser guardián de su dignidad, y defender la soberanía e integridad de su territorio y sus habitantes, sería un tema de tal gravedad que su solución debería ser asunto prioritario. Desde ese momento, hemos asistido una vez más a una guerra de declaraciones basadas en datos falsos, negando lo que todo el mundo ha podido ver en los medios de información, tanto nacionales como extranjeros -cuando digo todos, lo hago porque la evidencia hace hablar hasta los mudos, y medios afines al gobierno han tenido que admitir que no está diciendo la verdad.

No estoy de acuerdo con quienes aseguran que Sánchez está acabado políticamente. Se olvidan –puede que conscientemente- de los pasos que sigue dando a diario. Ha conseguido colonizar buena parte de organismos y partidos que pueden inclinar a su favor la balanza de la última palabra; a base de pingües subvenciones disfruta del apoyo de la mayoría de medios de comunicación -por cierto, está a punto de inaugurar La Séptima y, últimamente, a pesar de los menús que cocina Tezanos, Sánchez conoce perfectamente la sangría de votos que le ocasionan sus abusos y atropellos a la legalidad. Sabe que, en estos momentos, unas elecciones generales podían llevarle a batir por abajo el récord de los 84 escaños que cosechó en 2016.

Es decir, el Nerón español debe patentar la fórmula que le salve de todas las situaciones desfavorables. Para un verdadero demócrata que estuviera en su puesto sería material y moralmente imposible. Nuestro emperador lleva años preparando su particular receta. Es muy simple: el votante español -sobre todo el de izquierda- es muy reacio a cambiar su voto; de otra forma no se explica que, después de tantas alcaldadas, Sánchez pueda permanecer en La Moncloa. Como los votos propios no son suficientes para obtener mayoría en el Congreso, se le abren dos caminos para conseguirlo: uno, formar gobierno con partidos de izquierda recabando los apoyos de partidos independentistas -con desmedido coste económico y moral- y dos, aumentar el censo electoral a base de conceder la nacionalidad española a todo inmigrante que se ponga a tiro, por la vía legal – descendientes de los represaliados por la guerra civil- o sacándose de la manga descendientes de españoles marchados voluntariamente a países menos acuciados que el nuestro -no importa el momento ni el destino- que no conocen nada de España y que serán integrados en el censo de poblaciones que ni les suenan.

En los últimos 10 años -bajo la batuta de Sánchez- más de dos millones de inmigrantes han adquirido la nacionalidad española. De los 65.000 nacionalizados en 2017, hemos pasado a 300.000 en 2025. El mayor porcentaje es el de marroquíes, seguido de los sudamericanos. Preguntas inocentes: ¿Por qué gritan ¡Viva Sánchez! los que acaban de invadir Ceuta? ¿A quién votaría Vd. si llega a una nación cuyo presidente le soluciona sus carencias desde el primer día y recibe asistencia sanitaria gratis, además de estipendios en metálico suficientes para subsistir, tenga o no trabajo?

Desde que entró en vigor la llamada Ley de los Nietos, más de medio millón han ingresado en el censo electoral. Es cierto que la “jugada” ha sido revisada por el “var” del Supremo y paralizado el proceso. A juzgar por la reacción de todo el banco azul, maldiciendo a CNI, jueces, periodistas y quien se interponga en su camino, da la sensación que se les ha estropeado la jugada. Conociendo los antecedentes, no resultará tan fácil que suelte esa presa.

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