Sábado, 6 de junio de 2020
Las Arribes al día

Este año no se celebra la Virgen del Amparo en Mieza  

Desde su fundación en 1679 y, por tanto, después de 341 años, por primera vez en la historia la cofradía, la Hermandad de Nuestra Señora del Amparo no honrará públicamente a su patrona

Desde su fundación, en 1679 y, por tanto, después de 341 años, por primera vez en la historia la cofradía de la Hermandad de Nuestra Señora del Amparo no honrará públicamente a su patrona. La celebración tendría lugar el domingo 7 de junio, pero, y como otros muchos actos (civiles y religiosos) se ha tenido que suspender por la pandemia del “dichoso” COVID-19. En el momento de la decisión de la suspensión se desconocía cómo sería el que se está denominando “desescalamiento” de las actividades en común y, por tanto, del nivel de distanciamiento social que tendremos que llevar los ciudadanos, pero, dado que buen número de cofrades tienen edades ya avanzadas, la postura más lógica ha sido la de suspender todos los actos relacionados con la celebración de la fiesta. Es, del todo inédito y resultará muy extraño, porque a lo largo de los casi tres siglos y medio de vida de la cofradía, ni en los años más difíciles de hambres, pestes y guerras (y ha habido unas cuantas durante todo este tiempo) se ha dejado de celebrar la fiesta. Además, las gentes de Mieza -no sólo los cofrades- atesoramos una fuerte devoción a esta Virgen, que junto a la del “Arbol” (8 de septiembre) y “San Sebastián” (20 de enero), componen la trilogía de fiestas tradicionales de nuestro pueblo.

Para los que no conozcan las entrañas de esta celebración, les voy a ilustrar con algo de historia. Allá por el año 1665 dos campesinos que labraban sus olivares encontraron en el “Remanso del Cachón” de Mieza, a la orilla del Duero, la imagen de madera de una Virgen María amamantando al niño Jesús. Cuenta la tradición que estos labradores subieron con la imagen hasta el pueblo un poco asustados e inmediatamente comunicaron lo sucedido al Párroco de la Iglesia; quién, atormentado en un principio, depositó la imagen en un saco y la guardó en la Sacristía. Posteriormente, comunicó lo sucedido al Obispado y éste al Papa de Roma, que después de analizar los escritos y peticiones de la Parroquia y del Obispado y siendo Papa Inocencio XI, decidió otorgarle una Bula Papal que autorizaba la constitución de la cofradía, en 1679, que constaba de unos estatutos con 21 ordenanzas y estaría compuesta por un máximo de 51 cofrades; sólo la compondrían hombres, se ostentaría de por vida y al morir el cofrade trasmitiría “la vela” a uno de los herederos (siempre hombres).

De todos los cofrades, uno de ellos, cada año, sería el mayordomo, que no sólo será el encargado de presidir los actos religiosos, festivos y de ofrecer el convite el día de la celebración, sino desde que asume la mayordomía -al finalizar los actos religiosos del año anterior-, junto a sus familiares, se encargaría también de la limpieza de la Iglesia y de mantenerle durante todo el año flores frescas a la Virgen en su pedestal. Según las ordenanzas, la celebración de la festividad de la Virgen será anualmente coincidiendo con el “Dominica Trinitatis”, es decir, el domingo de la Trinidad, que es el inmediatamente anterior al jueves de Corpus Christi.

En el presente año 2020 y a propuesta de un buen número de cofrades, en una de las reuniones (denominadas cabildos) que tiene previsto realizar la cofradía, se someterá a votación una reforma de las ordenanzas que permita incluir a las mujeres como cofrades. 

El lugar donde apareció la talla de la Virgen (el remanso del Cachón) es uno de los enclaves más maravillosos de Las Arribes del Duero. Antes de la construcción del salto de Saucelle (cuyas obras se iniciaron en 1950, inaugurándose el 29 de septiembre de 1956), ubicado a pocos kilómetros hacia el sur (después de su transcurso por los términos de Mieza y Vilvestre y ya en el de Saucelle), en el Cachón había una cascada de dimensiones considerables que provocaba un ruido ensordecedor al descender las aguas del entonces “bravo Duero” y a pocos metros de allí existía un pequeño remanso en el que se depositaban materiales y sobre todo troncos y palos de madera que iban arrancando las aguas del río a lo largo de su curso. Ahora el agua se encuentra allí embalsada y los peñascos de la cascada, “la Cachonera” inundados. Se cuenta que en ese lugar, originariamente, era donde José Orbegozo, responsable de la empresa “Saltos del Duero” –que posteriormente se fusionó con la denominada Hidroeléctrica Ibérica, denominándose a partir de entones (1944) Iberduero- quería que se edificara lo que finalmente sería la presa hidroeléctrica construida varios años más tarde en el término de Aldeadávila muy cerca del de Mieza. Por otro lado, el sendero que comunica el casco urbano de Mieza con el “remanso del Cachón” (de unos 3 kilómetros de longitud, serpenteado y pendiente) es un itinerario de espectacular belleza paisajística y el camino más corto entre el pueblo y el río.

¿Será un lugar sagrado? No lo sé, mi mente humana no llega tan lejos, pero lo que sí puedo asegurar al lector es que, junto a la Code, es uno de mis rincones preferidos y el sendero (de los muchos y hermosos que tiene Mieza) que más veces he recorrido. El remanso de paz y el silencio que allí se disfruta (sólo roto por el ruido del agua, no del río, sino de un arroyo que allí desemboca y del trinar de los pájaros y de la suave brisa del viento) es una inyección de entusiasmo que alimenta el espíritu y relaja de las tensiones cotidianas.

Julio Fernández